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IGNACIO GÓMEZ DE LIAÑO | ESCRITOR, PUBLICA 'DALÍ DESCIFRADO'

“La Fundación Gala-Dalí ha hecho del genio un simple negocio”

“En casa del pintor se comía una buenísima cocina ampurdanesa con toques surrealistas”

Ignacio Gómez de Liaño David Castro

Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946) ha dedicado este tiempo de reclusión y restricciones por la pandemia del covid-19 a rememorar desde la soledad más absoluta las reflexiones y cábalas que entretenían sus largas estancia en Figueres y Portlligat con su gran y admirado amigo Salvador Dalí. “Estaría absolutamente decepcionado con la Fundación Gala-Dalí”, asegura este escritor prolífico, filósofo e intelectual que acaba de publicar 'Dalí descifrado' (Ediciones Asimétricas) para revelar, entre otras cuestiones personales del genio, su deuda pictórica con el Nobel Santiago Ramón y Cajal.

–¿En qué medida fue Dalí uno de los artistas de la modernidad y al mismo tiempo uno de los más firmes defensores de la tradición?

–Dalí siempre quiso casar dos vertientes aparentemente irreconciliables del arte y de la cultura contemporánea: vanguardia y tradición. Apostó por esa tradición desde su entrada en la Residencia de Estudiantes y la mantuvo durante toda su vida. La tradición que él invocaba conciliaba además concepciones científicas, y de ahí su interés por Freud, Ramón y Cajal o por Heisenberg. Veía que ciertas tradiciones eran mucho más innovadoras que los códigos de las vanguardias. Así, decía, cumplía con su nombre al ser “el salvador del arte del siglo XX”.

–¿Cómo se manifiesta esa apuesta por la conciliación en su obra?

–Incluso en sus obras más terrenales de tipo religioso se ve un tratamiento muy novedoso. 'El Cristo de San Juan de la Cruz' era una versión muy moderna de la crucifixión, lo mismo sucede en 'La última cena' o en el caso de 'La Virgen', con ese Niño y la ventana que se abre en el torso de la Virgen.

–¿Aplicaba el mismo patrón a su vida personal?

–Hizo un arte de la representación de varios papeles de Salvador Dalí y eso fue una innovación, pero de puertas para dentro era una persona muy sencilla. Dalí no era puro teatro en las distancias cortas. Siempre procuraba aprender de la gente. Se hizo un hombre espectáculo por su pasión por el arte y por conseguir notoriedad para poder vivir del él.

–¿Fue su propia vida una gran aportación al arte?

–Dalí entendía la vida como un juego estético, era un artista de la vida, pero si hubiese hecho solo de su vida un espectáculo teatral no tendríamos toda la obra pictórica, escultórica y literaria que nos dejó desde su adolescencia. Era un hombre muy trabajador.

–Que ha llegado a convertirse en una marca, un fenómeno de masas y una mina turística de ingresos. ¿Se sentiría Dalí cómodo con el uso mercantil que se hace de su obra?

–Creo que más bien estaría muy decepcionado, sobre todo, con la Fundación Gala-Salvador Dalí. Lo que han hecho no es un objeto de conocimiento y de aprecio estético y cultural del artista, sino un simple negocio. Además, con un tipo de tendencia ideológica y política que está en los antípodas de Dalí, un hombre antinacionalista, españolista y antisocialista.

–¿Qué significan esas máscaras que Dalí creó para sí mismo?

–Él iba cambiando las máscaras en un intento de llamar la atención. En la última a la que yo asistí, se presentaba como 'Populus alba', como si fuese un sumo pontífice de la vanguardia tradicionalista contemporánea.

–¿Y su relación con la comida?

–En la obra de Dalí están siempre presentes lo comestible y lo convertible. En su casa se comía muy bien, era un tipo de cocina ampurdanesa con toques surrealistas dalinianos. Su primer deseo infantil fue ser cocinero. El alimento es un tema muy importante en la pintura de Dalí, y ahí están el huevo frito, el pan, la leche, el queso o los crustáceos con sus simbolismos.

–¿Como veía Dalí los objetos, que lo mismo los echaba a una cazuela que los llevaba a un cuadro?

–Él defendía que los objetos son lo que son y son otra cosa al mismo tiempo. La naturaleza doble de los objetos que pueden manifestar una realidad distinta a la que aparentemente muestran. Ahí están, por ejemplo, un reloj que es un queso de Camembert, un caballo que es un cuerpo de mujer o una roca que es un automóvil. La realidad es, en conclusión, surrealidad, y la visión es, en el fondo, la realidad resultante del juego de la percepción. Lo comestible es para Dalí la olla donde cuece su arte, y lo convertible es el condimento con el que lo sazona. Y todo conectado con su método paranoico-crítico.

–¿Ha tenido tanta influencia en su pintura el genio de Ramón y Cajal, según apunta usted en su libro?

–Una de las aportaciones fundamentales de Dalí al Surrealismo son las formas blandas y el uso de filamentos de tipo neurológico. Todo esto lo comenzó a desarrollar desde 1927, cuando llegó a la Residencia de Estudiantes, donde había un importante laboratorio creado por Ramón y Cajal. Dalí conoció a los discípulos del científico, que además de ser el fundador de la neurociencia fue un gran escritor y un maravilloso pintor que dejó miles de dibujos neurológicos que están en la base de la gran revolución que hizo Dalí presurrealista y que mantuvo a lo largo de su vida.

–¿Le manifestó a usted Dalí su admiración por Ramón y Cajal?

–Nunca hablamos de él porque creo que era una deuda estéticamente demasiado importante la que había contraído con Ramón y Cajal cuando este había hecho declaraciones muy duras contra el arte de vanguardia. Cajal no se dio cuenta de que con esos dibujos que él hacía estaba siendo también un vanguardista.

–Usted, que conoció bien al artista, ¿ sabe cómo afrontaba Dalí la enfermedad y, sobre todo, la muerte?

–Él se sobrevivió a sí mismo durante bastantes años, cosa que no ocurrió con Gala, que se conservaba muy bien y murió prácticamente de un día para otro. La muerte de Gala fue tan terrible para él que a pesar de estar enfermo se trasladó al castillo de Púbol, al que solo iba si Gala lo reclamaba por invitación impresa. Pocas veces fue Dalí a ese castillo en el que Gala hacía su vida. Es donde ella está enterrada y donde quería enterrarse él.

–¿Por qué está entonces enterrado en el teatro-museo de Figueres?

–No sé si cambió de opinión, pero me sorprende mucho que él no quisiese estar enterrado donde está Gala cuando vivieron en una conjunción extraordinaria.

–¿Cómo fue el desmoronamiento del pintor, al que usted asistió?

–Él dejó de pintar en 1982 y aún vivió seis años más. Yo lo vi pintar su último gran cuadro, 'Llegaremos más tarde, hacia las cinco'. Me impresionó mucho cuando lo llevaron a las habitaciones que se tenían preparadas en el teatro-museo Dalí.

–¿Qué le impresionó?

–Eran unas habitaciones de un aire muy burgués. Nada que ver con ese aspecto medievalizante o renacentista del castillo de Púbol, ni con las líneas delirantes de su casa de Portlligat. Desde 1982 se acentuó su desmoronamiento. Desapareció como pintor, pero se sobrevivió a sí mismo. Tuvo una agonía de casi siete años.

–¿Ha logrado descifrar la relación tan especial que tuvo con Gala?

–Dalí era la fantasía, mientras que Gala aportaba la realidad. Dalí siempre vivió sin saber lo que era el dinero, Gala, sí, y le vino muy bien a Dalí que ella cuidara de sus negocios y de su economía.

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