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Contaminación

Colillas, grafitis y orina: cómo afecta el vandalismo al medio ambiente

El microbiólogo Dimas Martínez imparte una charla sobre la ciencia que se encuentra detrás de los actos incívicos y sus perjuicios en la biodiversidad de la ciudad y su entorno

El microbiólogo Dimas Martínez, junto a los grafitis del Paseo Marítimo.

Colillas, grafitis, deposiciones de animales, basura, orina. Las calles son nuestro mejor patrimonio como ciudadanos, pero, a veces, las que las habitan no están del todo a la altura. Los actos vandálicos están a la orden del día incluso en una ciudad tranquila como A Coruña, que no escapa a los comportamientos incívicos de algunos de sus vecinos o visitantes. El microbiólogo y divulgador Dimas Martínez abrirá los ojos este lunes a quienes piensan que el producto de sus diversiones pasajeras no tiene consecuencias a largo plazo, con su ponencia La ciencia detrás del vandalismo urbano, que imparte a las 19.00 horas en el Fórum Metropolitano. “Cuanta más población hay en una ciudad, más vandalismo hay. Todo lo que es de todos se va estropeando, a veces por el tiempo, otras por este tipo de actos que no deberían ocurrir. Las cosas que uno decide hacer, a veces por la edad, a veces por la gracia, tienen consecuencias”, explica Martínez.

En su charla, enmarcada en el programa Para Saber+, promovido por la Asociación Oza Gaiteira os Castros e investigadores de la Universidade da Coruña, Martínez desgrana los prejuicios sobre la biodiversidad y el entorno de actividades como el botellón, sobre todo cuando se desarrollan en entornos sensibles o protegidos. “Hay que concienciar de que muchas cosas que no asociamos con el vandalismo, en realidad lo son, y tienen consecuencias que la ciencia puede explicar”, advierte.

En el caso del botellón, cita como ejemplo las grandes aglomeraciones de antaño en uno de los centros neurálgicos de reunión en la ciudad, los Jardines de Méndez Núñez, y los daños que ocasionaba al entorno la elección de ese espacio para beber y divertirse por las noches de forma masiva. “Los Jardines de Méndez Núñez están considerados un parque botánico. Hay plantas importantes. Todos hemos hecho botellón allí. ¿Qué ocurre? Que, a las 02.00 de la mañana, cuando quieres ir al baño, te vas a detrás de un árbol. Tú y otras 200 personas”, ejemplifica. La acumulación de orina, sábado sí y sábado también, en las mismas zonas, unida a la acumulación de otros residuos como colillas, acaban degradando la vegetación y las especies que allí habitan.

“Las colillas, cuando llueve y se mojan, sueltan compuestos que son perjudiciales para las plantas. El nitrógeno está en la atmósfera y tiene que llegar a nosotros, que no somos capaces de asimilarlo, tenemos que cogerlo por otra vía: las plantas. Las plantas se ayudan de las bacterias del suelo, que son microorganismos sensibles a todas esas cosas: las heces, la orina, la basura. Si uno orina allí, las bacterias se acaban regenerando. Si lo hacen 300, no”, explica. El microbiólogo, datos en mano, demuestra que el devenir de los acontecimientos le ha dado la razón: desde la prohibición del botellón en el parque en 2019, la biodiversidad de la zona se ha regenerado, a nivel paisajístico y ecológico. Por este mismo motivo, Martínez anima a pensar en las consecuencias de no recoger las heces de los animales más allá de su impacto estético en los parques. “En las heces hay bacterias como la campylobacter. Es un organismo patógeno con el que se tiene cuidado en el control de alimentos. Si tú llevas a un niño a un parque como Vioño y gatea, y hay gente que no recoge la caca de los perros, el niño se está llevando todo eso”, ilustra.

Martínez se muestra inclemente, también, con otro de los males endémicos de la ciudad, los grafitis y las pintadas, que tienen consecuencias más allá de su impacto visual en el paisaje, sobre todo a la hora de eliminarlos de las zonas en las que no deberían estar. “Los grafitis bien hechos se quedan ahí. El problema es cuando hay que borrarlos. Para eliminar un grafiti hay que usar unos componentes químicos muy contaminantes. Si se hacen en piedra, borrarlos implica usar disolventes agresivos. Si se usa agua a presión, todo eso se va al suelo, y se va a drenar. En la Cúpula del Orzán, por ejemplo, está todo a tierra vista, allí no crece nada. Intentar borrar eso, por ejemplo, conllevaría una contaminación ecológica importante”, ejemplifica.

Por último, y a riesgo, admite, “de meterse en un jardín”, Dimas Martínez hablará, en su ponencia, de los evidentes perjuicios para la fauna y la flora de la ciudad que acarrea la celebración de una de las fiestas patrias coruñesas, la noche de San Juan. Una conclusión a la que no es difícil llegar observando las imágenes de los arenales al día siguiente, y que, de nuevo, tienen consecuencias más allá de las estéticas. En este caso, el problema lo ocasionan los temidos microplásticos. “La playa se desaloja a la mañana siguiente porque si todo eso se lo lleva el mar, no se recupera en la vida. El plástico sufre la erosión del mar, se desgasta, se rompe en microplásticos y acaba en las redes tróficas. Los pequeños organismos se los comen, los más grandes a estos, y finalmente, las personas nos comemos el pescado. Al final, todo tiene un retorno perjudicial para nosotros”, advierte.

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