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Tragedia en Melilla

La vida tras la valla, el terror de saltar

Jóvenes migrantes residentes en A Coruña que llegaron al país cruzando Melilla relatan sus experiencias y piden que se trate con humanidad a quienes huyen de hambre y conflictos

Dani Moukoko, en Azteca Box. CASTELEIRO

“Cuando llegas a la valla, te das cuenta de que la cosa no es como te habían contado. Quien tiene suerte, cruza. Quien no, muere. Pero hay que intentarlo. Todos lo intentamos”. En el caso de Julio, residente en A Coruña desde hace ocho años, fueron diez los intentos de cruzar la valla de Melilla antes de abandonarse a la deriva en una patera. Fue rescatado, pero sabe que pocos son los que corrieron su misma suerte. En su trayecto desde Camerún vio morir a amigos, recibió palizas y fue encarcelado. Hoy ofrece su testimonio para poner el contrapunto humano a los números fríos que se acumulan frente a una valla convertida en cementerio.

Detrás de cada una de las personas que el fin de semana pasado perdieron la vida en el asalto a la frontera divisoria de Melilla había un ser humano con sus vivencias y motivos. Son 23 muertos según cifras oficiales, 37 según el conteo de las ONG y demasiados a todos los efectos. Algunos al caer de la valla, otros en la estampida o por asfixia, otros como resultado de la acción de los agentes de las fronteras. Es el remanente de un hecho aún por esclarecer y que deja al descubierto la catástrofe humanitaria que se sucede diariamente a las puertas de Europa. Unos 1.500 llegaron a la valla el viernes. Solo 133 lograron cruzar. Detrás de cada ser humano, además de una mochila llena de porqués y una situación límite, se encuentra una travesía a la que pocos sobreviven. El viaje de Julio comienza en Camerún y termina en A Coruña. Por el camino, asistió a la peor versión del ser humano. Lo hizo más de una vez.

Concentración en A Coruña por las muertes de migrantes en la valla de Melilla. VÍCTOR ECHAVE

Hoy, sentado en un banco del tranquilo barrio del Agra del Orzán, mira los vídeos que le envían sus amigos y conocidos desde el otro lado de la valla y se le revuelven los recuerdos. Su whatsapp echa humo desde hace unos días, cuando empezaron a correr como la pólvora las imágenes del asalto a la valla convertido en masacre. El que más le impacta, asegura, no es el que muestra a un grupo de agentes fronterizos golpeando a los migrantes tendidos sobre el suelo. Es el del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, elogiando la actuación de las autoridades marroquíes. “Bien resuelto”, valora Sánchez, para retractarse días después alegando no haber visto las imágenes.

Para Julio, esta valoración solo esconde una verdad. “Esto pasa todos los días allí. Nos importa cuando se hace viral y la gente protesta. La realidad es que parece que, cuando eres inmigrante, la gente piensa que tiene derecho a quitarte la vida”, censura Julio, que hoy cuenta 40 años y que sabe perfectamente que él podría haber sido un número más de esa cifra. La visión de la valla, a su llegada a Marruecos, solo supuso el primer golpe de realidad. En el limbo fronterizo entre los dos países dejó cuatro años de su vida, malviviendo en la calle y esperando la oportunidad para cruzar hacia una vida mejor. “El día que llegamos, estuvimos escondidos en una especie de alcantarillas grandes hasta las cinco de la mañana, hasta que pasó el helicóptero y nos vio. Cuando levanté la cabeza, estaba allí la policía marroquí, dándonos golpes con palos”, relata Julio. Él y el grupo que le acompañaba son llevados, a continuación, a la frontera de Marruecos con Argelia, donde son abandonados por los guardias a merced de los disparos de las autoridades argelinas. Ahí se quedan los primeros abatidos. “Yo me tiré al suelo y esperé horas, tal y como me habían aconsejado. Cuando se calma el ambiente, busqué a donde ir. La clave es estudiar las luces”, revela. En la más absoluta oscuridad, cualquier signo de movimiento sirve de guía. Quien lo ha intentado muchas veces tiene claro hacia dónde debe ir: luces claras, Argelia. Luces oscuras, Marruecos, y, por consiguiente, Melilla. Y vuelta a intentarlo. La prisa es cuestión de vida o muerte. “Tienes que volver antes de las 5.00 de la mañana, porque hacen patrullas, y si te cogen...”. Julio no termina la frase. No hace falta.

Así pasó tres o cuatro años, entre Tánger y Nador, con el reloj y el calendario desdibujados, en una situación de indefensión absoluta y a merced de todo tipo de violencias. “Dormía en agujeros de jabalíes, comía de la basura del mercado. Nunca sabías lo que te podía pasar. A veces, ibas a pedir agua a una casa y te sacaban un cuchillo”, relata. Julio vivió trances que algo le han enseñado de relaciones diplomáticas. “Lo intentamos un día desde Tánger, porque un guardia nos dijo que había vía libre para pasar porque España no había dado dinero. Si España no paga, cruzamos”, asegura. En uno de los intentos, vio morir a un amigo de una hemorragia interna tras una golpiza propinada por los agentes de frontera. Dejó atrás a una mujer embarazada que nunca supo de su destino. “Sus últimas palabras fueron: No he hecho nada. Yo solo quería llegar a España”, recuerda su amigo.

Finalmente, cuando casi estaba a punto de desistir de su empeño, un conocido le propuso embarcarse en su patera, una misión casi suicida en la que compartió espacio a la deriva con más de 20 personas, entre ellas tres niños pequeños. “Yo no tenía dinero para pagarlo, pero el que me lo propuso me dijo que necesitaban gente, porque sino la patera se hundía”, cuenta. Fueron rescatados en alta mar por efectivos de Salvamento cuando casi habían perdido las fuerzas para seguir remando. Una activista española afincada en Tánger, con la que contactaron como último recurso, les salvó la vida con una llamada. Y de ahí, a la prisión de Ceuta. “Estuve preso. Lo que más me molestó fue que me pusieron con los que habían cometido delitos, con traficantes. Yo no había hecho nada. Solo quería llegar a España”, señala.

Ahora vive en A Coruña, donde, admite, no es inmune a los actos de discriminación, a las miradas de odio y a la violencia verbal, pero al menos está tranquilo. Busca trabajo como pintor, y cuando puede, ejerce de portero de discoteca. Su prioridad es sacar adelante a su hija, a quien procura transmitir la historia de los migrantes para que no se la trague el mar.

De la valla al ring

Dani Moukoko la vida le tenía reservado un presente más dulce que su pasado. El joven, de 25 años, encontró una nueva vida entre 16 cuerdas del ring que preside el gimnasio de Azteca Box, un auténtico hogar para sus usuarios, y una familia para Dani. Moukoko habla poco, pero su mirada transmite bondad y verdad a su interlocutor. El suyo fue un viaje “complicado”. Esa es la palabra que escoge para describirlo, pero cuando narra su travesía, queda patente que el adjetivo se queda corto. Dani Moukoko caminó a pie la distancia que separa la ciudad de Douala, en Camerún, de la valla de Melilla. Casi 5.000 kilómetros difíciles y llenos de peligros, algunos en autobús, medio del que prefería prescindir por su propia seguridad, y la mayoría andando hasta vislumbrar el punto de destino que en realidad era el principio, la valla.

Dani Moukoko intentó saltar dos veces y lo consiguió en ambas, pero la primera fue devuelto al continente tras quedarse encaramado a una farola, casi en territorio español. “Lo conseguí a la segunda, tuve suerte. Muchos no tienen suerte”, resume. La fortuna le llevó hasta el centro de acogida de Melilla, desde donde fue trasladado en barco a Málaga. Malvivió en Madrid unos años hasta que un amigo le informó de que quizás en A Coruña podría encontrar una vida mejor. La halló en el boxeo y en el pequeño refugio que ya es, para él, Azteca Box. El pasado abril, Moukoko se estrenó como boxeador profesional en la velada que el gimnasio organizó en el frontón de Riazor, en la que se alzó victorioso con un glorioso K.O. El público estalló en vítores, pero Dani no lo celebró. “Son las normas del gimnasio. Hay que ser humildes y controlar las emociones. No se puede celebrar un k.o. cuando el rival está en el suelo. Hay que tenerle mucho respeto”, asegura. Al día siguiente, Dani, creyente a pesar del bagaje que carga a sus espaldas, acudió a la iglesia, “ a dar las gracias por victoria y a pedir por la recuperación de su oponente”.

Los melillenses, a merced de las tensiones diplomáticas

Pablo Diago es coruñés, pero reside en Melilla desde hace poco tiempo. El suficiente, no obstante, para hacerse una idea de cómo es el día a día de sus convecinos cada vez que se produce un asalto a la valla y se articula la represión consiguiente a uno y otro lado de la estructura. En Melilla se sienten inseguros y vulnerables, pero no por los motivos que muchos esgrimirían para justificar discursos de odio. La exposición de la ciudad a los vaivenes diplomáticos de los dos países es lo que tiene a sus vecinos en un sinvivir. Así lo señala Diago. “La gente comprende perfectamente a los que tratan de escapar de la pobreza. Se solidarizan hasta cierto punto. Pero al mismo tiempo tienen miedo, porque no es algo puntual. Es un tsunami todos los días. Cuando Marruecos dice que pasen, pasan. La gente se siente indefensa, a merced de las negociaciones. Si me das dinero, te controlo la frontera, sino, no”, explica. Los migrantes, presa de la desesperación, saben que las posibilidades de morir en el intento son altas, pero aun así, la mayoría lo intenta, porque lo que queda atrás es peor. Los melillenses lo saben. “Las imágenes prefiero ni verlas, duelen y te sientes impotente. Sabemos que la gente no viene aquí a delinquir, se han jugado la vida. Nos causa preocupación y tristeza, porque pasan o no a capricho de Marruecos. Cuando los paran, lo hacen a lo bestia”, cuenta. Pablo Diago señala, en su relato, a los instigadores de la tragedia, las mafias que cobran a los migrantes por llevarlos hasta la valla. “No les importa si luego mueren. Se alimentan de la pobreza de la gente”, asevera. La delincuencia, asegura, no dista de la de cualquier otro lugar. “No sentimos inseguridad. La convivencia es buena y la mezcla de culturas que hay aquí es enriquecedora”.

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