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20 años de la catástrofe

Las víctimas del mar que manchó el 'Prestige'

Recopilación, 20 años después, de los testimonios de cuatro personas que sufrieron la catástrofe en primera línea

Francisco Iglesias, Javier Blanco, Suso Domínguez y Lourdes Corvo, cuatro de los protagonistas de la marea negra de 2002. Iñaki Abella

Un total de 745 playas de Galicia se ennegrecieron como consecuencia del crudo derramado tras la catástrofe del petrolero 'Prestige' en noviembre del 2002. Algunas de las más afectadas se hallaban en la ría de Arousa, donde mariscadoras, bateeiros, pescadores y demás profesionales del sector del mar vieron cómo un conjunto de manchas de chapapote semejante a la que días antes había encallado en la costa noroeste de Galicia amenazaba sus dominios. 

Los esfuerzos de los vecinos se centraron entonces en frenar su llegada con los medios que tenían a mano, en ello les iba la vida. Igual de fundamental fue el papel de quienes quisieron arrimar el hombro acercando comida caliente a quienes trabajaban en primera línea, cosiendo barreras anticontaminación en las lonjas y alzando la voz clamando auxilio administrativo. 

La producción de pesca autóctona –la vertiente más afectada– después de la tragedia se redujo en 31.000 toneladas y 56 millones de euros, según especialistas. 

20 años después, FARO DE VIGO, del grupo Prensa Ibérica, recoge los testimonios de cuatro de estos protagonistas que libraron de cerca una de las batallas medioambientales y socioeconómicas más crueles de todo el planeta: Javier Blanco, bateeiro que coordinó parte de la flota de barcos que se adentraron en el agua salada a limpiar las máculas de petróleo; Lourdes Corvo, una de las mariscadoras que tejieron las susodichas protecciones para tratar de evitar el acercamiento del fuel; Francisco Iglesias, ex patrón mayor de O Grove recordado por iniciar una huelga de hambre reivindicando mayor apoyo de las autoridades; y, finalmente, Suso Domínguez, coordinador de los voluntarios en las tareas de limpieza en Con Negro.

Francisco Iglesias - Ex patrón mayor de O Grove

Francisco Iglesias, en el monumento a los voluntarios en San Vicente do Grove. IÑAKI ABELLA

“Alguna gente del sector prefirió hacer quedar bien a sus coleguillas políticos”

Francisco Iglesias, recién nombrado coordinador del Partido Galeguista en la zona de la ría de Arousa, actuaba como patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de O Grove en aquel 2002. Siempre será recordado como una de las tres personas que emprendieron una huelga de hambre de cinco días en diciembre de ese año, junto con el patrón mayor de A Pobra do Caramiñal y el gerente de la Cofradía de Cangas do Morrazo. “Fue un mecanismo de presión para que las administraciones pusieran medios para combatir la marea negra; entonces, ya había pasado la primera parte, pero aún andaban flotando manchas enormes, de hasta 30 km de longitud, y querían que fuéramos nosotros a recogerlas como hicimos en la primera vez, con nuestras manos”, recuerda para FARO. Finalmente, su acción sí tuvo recompensa: “Pedimos barreras oceánicas y más material, y nos dijeron que no había, pero tras la huelga aparecieron..., algo mejoró después”.

Francisco Iglesias, durante su huelga de hambre. EFE

Iglesias centra su discurso en el papel de las autoridades. “No lo vieron venir desde el primer momento o no se preocuparon de saber qué era exactamente lo que pasaba, se tardó mucho tiempo en reaccionar; de hecho, no fue hasta enero cuando me llamó Corina Porro –conselleira de Asuntos Sociais– para ponerse a disposición de nuestra cofradía”, relata.

“En la ría de Arousa, hubo una unión del 90 % en cuanto a las reivindicaciones y a salir a recoger el chapapote, pero entre las federaciones de cofradías hubo divisiones a la hora de solicitar medios y hacer efectivas las indemnizaciones”, rememora. Y especifica: “Algunos de las federaciones afines a ciertas ideas decían que no hacía falta más dinero, que todos estaban contentos, y quienes tenían la potestad institucional para negociar eran las federaciones, eso provocó que alguna gente del sector se quedase sin cobrar, como ciertos marineros, mariscadores, pescantinas, personas que no estaban dadas de alta en la Seguridad Social o que se encontraban de baja...”. Esa coyuntura desembocó tiempo más tarde en la dimisión del propio Iglesias: “Hubo gente del sector que tiró más por el tema político para hacer quedar bien a sus coleguillas, pero a mí me daba exactamente igual quién estaba gobernando cuando se trataba de pedir ayuda”.

"Algunos de las federaciones afines a ciertas ideas decían que no hacía falta más dinero, que todos estaban contentos"

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Al hilo, el auxilio económico acabó llegando “rápido”, constata, “unos 1.400-1.500 euros al mes por tripulante y otras cantidades para los patrones y armadores”; no así las indemnizaciones, que demoraron más. “Fueron más rápidos para eso que para comprar el material para combatir la marea negra porque les interesaba más políticamente”, critica 20 años después.

Una vez superada la peor faceta de la catástrofe, el ex patrón mayor de O Grove continuó perseverando para conseguir “un plan de recuperación de zonas”, una reivindicación que “cayó en saco roto”: “Hubo una desidia total desde las administraciones, la Xunta de Galicia no hizo un plan serio, y por parte de la Federación Galega de Confrarías tampoco se hizo absolutamente nada”.

"Hubo una desidia total desde las administraciones, la Xunta de Galicia no hizo un plan serio, y por parte de la Federación Galega de Confrarías tampoco se hizo absolutamente nada"

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Para acabar, Iglesias considera que “los efectos del 'Prestige' ya pasaron”, pero insiste en que “ahora hay otro tipo de contaminación”: “Está todo pachucho en cuanto a la producción marisquera, es un 50 % menor, y hace falta investigar, pero hay un cierto abandono por parte de todos”. Precisamente, este último ha sido uno de los motivos, junto con el “desánimo del sector”, que le han hecho “retomar la vida pública”, pues esta semana confirmó a FARO que ejercerá como coordinador del Partido Galeguista en O Salnés-Barbanza. “Mi objetivo es expandir el producto más allá de las fronteras gallegas en un momento en el que la política está desfigurada”, aseveró.

Suso Domínguez - Coordinador del voluntariado

Suso Domínguez, voluntario durante la catástrofe. FDV

“Había personas comiendo bocadillos con fuel”

Suso Domínguez formó parte de uno de los primeros equipos de voluntarios para la limpieza de chapapote que envió la Asociación para a Defensa Ecolóxica de Galiza (Adega), controlados a su vez por la Xunta. Su función más relevante la desempeñó durante el puente de diciembre del 2002, momento en el que el fuel comenzó a devorar la ría de Arousa, cuando ejerció concretamente como coordinador de un grupo de voluntariado. 

“Adega nos había impartido un curso de formación para crear zonas de descontaminación e impedir que todo lo que se cogiese en el mar acabase contaminando la tierra. El día 6, marché a las 8.00 h para presentarme en la delegación de Tragsa en Pontevedra, allí nos dieron un mono, unas botas y poco más, y me mandaron para la batería militar de Con Negro, en San Vicente do Grove”, explica, a la vez que critica el “nivel de descoordinación” desde la propia Tragsa y las administraciones. Domínguez, protésico dental de profesión e implicado antaño en la plataforma social Nunca Máis, también acudió el siguiente fin de semana y otras jornadas más al mismo lugar para “ayudar”.

Un voluntario en la limpieza del chapapote en la batería militar se hidrata durante el puente de diciembre. EFE

Capachos llenos de fuel en la zona de la batería militar. EFE

Recuerda así su primera impresión: “Llegué y vi a cientos de voluntarios, algunos metidos hasta la cintura en el fuel; de allí se quitaron en esos días 80 contenedores de obra llenos de chapapote”. Su papel era “organizar” a todas esas almas caritativas y gestionar “dónde ubicar los contenedores, los barreños grandes para meterse con las botas y dejarlas limpias y las zonas de comida”. Además, “ponía y quitaba trajes, recogía petróleo y ayudaba a trasladar y vaciar capachos”, entre otras tareas. “Venían vecinos y personal de las tabernas con lentejas y demás alimentos... Los primeros días veía a gente llena de fuel hasta las orejas comiendo un bocata con fuel también, aparte, el olor era impresionante”, rememora.

En relación a las dolencias consecuentes de las tareas de limpieza de la marea negra, Domínguez experimentó “dolores de cabeza durante esos días, sobre todo por la noche, y cierto mareo”: “Vi gente con muchas más afecciones, personas cuya piel había estado en contacto directo con el fuel y que habían respirado los fuertes vapores”.

"Tengo una imagen en negro y, a continuación, la piel blanca de las personas que se quitaban el traje…, era como un destello de luz"

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Otro de sus recuerdos más intensos le retrotrae al final de cada jornada en la batería militar, donde no había iluminación artificial: “Tengo una imagen en negro y, a continuación, la piel blanca de las personas que se quitaban el traje… era como un destello de luz”. “Pasaron los días y nunca llegamos a tener la iluminación que había solicitado”, reprende, al mismo tiempo que evoca “la mentira sistemática y la negación del problema por parte de los organismos oficiales”: “Decían que había material y de todo, y que no había fuel, etc., luego no fue así, no había barreras, no había protocolos..., había esa sensación de engaño, frustración e impotencia, de estar analizando lo que escuchabas para contrastarlo con lo que estabas viendo”.

“El sentido común te decía de trasladar el petrolero a un puerto, era una bola de nieve y cada vez era más increíble la gestión irracional que se estaba haciendo, en aquella zona, todo lo que lleves para el mar, viene de vuelta para la tierra, y uno de O Grove lo sabe; dijeron incluso que había que bombardear el barco, fue un despropósito...”, concluye.

Javier Blanco - Bateeiro

Javier Blanco, bateeiro y presidente de la asociación de mejilloneros Ventos da Ría. IÑAKI ABELLA

“Hasta el perro trabajó en el ‘Prestige’, un día acabé que no sabía ni andar”

Javier Blanco, bateeiro arousano y, en la época del 'Prestige', presidente de la Organización de Productores de Mejillón de Galicia (Opmega), fue una de las pocas personas que observaron la catástrofe del 2002 desde el aire: “Se nos mentía tanto que exigimos ir en los helicópteros y en los barcos de las administraciones para comprobar la situación”, cuenta a FARO.

“Los primeros días ayudamos con el chapapote con nuestros propios medios, nos llegaban trajes y guantes desde todas las partes de España; recuerdo la impotencia de aquel momento: se nos pedía poner unos plásticos de invernadero, que nos habían dado las autoridades, alrededor de las bateas para impedir que entrara el fuel, un desconocimiento…”, rememora Blanco, actualmente presidente de la asociación de mejilloneros Ventos da Ría. Con todo, gran parte de los profesionales del mar “no hicieron ni caso, era mayor la inteligencia de la propia gente”.

"Hubo países que durante mucho tiempo no nos quisieron el producto y alguna conservera incluso devolvió varias partidas"

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Este bateeiro vivió la llegada del fuel a la ría de Arousa “en primera línea”: “Me encargaba de repartir a la gente que iba en los barcos a recoger el petróleo, intentábamos compensar a las tripulaciones, gente joven con gente mayor, porque realmente era un trabajo agotador desde que te levantabas, era tremendo, un día acabé que no sabía ni andar, y en el muelle, el nerviosismo era muy grande”. Blanco relata dos décadas más tarde cómo “la suerte” estuvo del lado del pueblo, pues "al tercer día, cambió el viento a la una de la tarde, cuando ya las fuerzas empezaban a fallar”.  

Pescadores recogen el fuel vertido en Aguiño. MIGUEL VIDAL (REUTERS)

Tras lo peor de la tragedia, continuó la crisis. “Mucha parte de la producción de ese año acabó en el fondo porque no tuvo salida, estuviera o no afectada, y las ventas cayeron a mínimos históricos. Hubo países que durante mucho tiempo no nos quisieron el producto y alguna conservera incluso devolvió varias partidas. Había miedo y no protestabas, te decían que el mejillón tenía hidrocarburos y te pagaban lo que querían, los tuviera o no, pero tragabas por el miedo a que no siguieran comprando”, abunda. La problemática prosiguió en el tiempo, pero en otro frente: “Al año siguiente, las rocas donde recolectábamos la mejilla se vieron afectadas, hubo zonas donde habitualmente recogíamos y ya no se podía recoger, y en otras, no pegó la mejilla y tuvimos problemas de abastecimiento para la nueva campaña”. Progresivamente, “la producción ya se fue normalizando”.

Labores de limpieza del mar en la ría arousana. Reuters

La relación con las administraciones, afirma Blanco, supuso uno de los puntos más decepcionantes: “No ayudó para nada la información que se nos transmitía desde las autoridades de aquí, no nos fiamos cuando nos dijeron aquello de los ‘hilitos de plastilina’ –en palabras de Mariano Rajoy– y se nos mintió con respecto a la ruta que llevaba el barco, por lo que decidimos escuchar a las autoridades portuguesas”. Sobre la solución final que se tomó con el petrolero, Blanco no titubea: “Lo lógico hubiera sido meterlo en un puerto, se jodería un puerto, pero se jodería solo una zona, no Galicia entera”.

En cuanto a las ayudas, Opmega pudo recuperar todo lo que había invertido en material durante la limpieza y los bateeiros cobraron una cuantía económica “por cada día que fueron a trabajar”, asimismo, el sector percibió una partida de auxilio por las propias consecuencias del 'Prestige'. “Los bateeiros tardamos en cobrar unos cinco meses y la indemnización llegó tras dos años, más o menos”, sentencia, a la vez que se muestra satisfecho con lo recibido.

"Especialmente A Illa de Arousa fue un ejemplo para todos, hasta el cura y el perro trabajaron..."

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La sensación final que permaneció en la mente de este bateeiro tras el pulso contra la marea negra fue la de haber dado una “lección increíble”: “Especialmente A Illa de Arousa fue un ejemplo para todos, hasta el cura y el perro trabajaron... También recuerdo que hasta se nos ofrecía leche porque se decía que teníamos que beberla para mitigar los efectos del hidrocarburo”, relata orgulloso. “Me quedo con que la gente, cuando hay algo así, olvida todo, hasta los problemas familiares, se luchó codo con codo hasta con quien no te llevabas bien”, termina.

Lourdes Corvo - Mariscadora

Lourdes Corvo, en Vilaxoán. Iñaki Abella

“Eran jornadas frías; estuvimos haciendo barreras días y días en la lonja”

Lourdes Corvo trabajaba como mariscadora en Vilaxoán cuando estalló el 'Prestige'. Su función entonces pasó a ser la de “evitar que el fuel traspasara” hacia la ría de Arousa: “Estuvimos haciendo barreras días y días en la lonja”, explica a FARO. 

Estas protecciones anticontaminación, que eran tejidas de forma artesanal por voluntarias, acabaron por no tener todo el efecto deseado tras ser, en su mayoría, desbordadas por el propio vertido.

“Eran jornadas frías, pero íbamos muy abrigados, y la sensación que vivíamos era de preocupación porque estaba en peligro nuestro trabajo y el de las futuras generaciones; nos turnábamos para las comidas, incluso había gente que nos traía empanadas..., en esos momentos hubo mucha unión”, recuerda. 

Mariscadoras de O Grove cosen barreras anticontaminación en la lonja. EFE

De aquella época, aprendió lo siguiente: “Parece que los seres humanos vamos cada uno por nuestro lado, pero en los momentos en los que hay que juntarse y ayudar, estamos todos ahí”.

Corvo, ahora presidenta de las mariscadoras de Vilaxoán, opina que el tiempo que tuvieron que permanecer paradas no fue tan excesivo “como en otras zonas” y que la ayuda económica obtenida de los organismos oficiales les vino “muy bien” en aquellos difíciles momentos: “A mí me llegaron unos 1.200 euros por mes y no me sentí abandonada por las administraciones”.

"Nos turnábamos para las comidas, incluso había gente que nos traía empanadas"

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En este sentido, comenta que “las campañas de la propia administración” supusieron un amparo para el sector a la hora de certificar “que no había peligro para el consumo del producto”: “Eso nos generó tranquilidad”, abunda. “A las autoridades, les vino todo muy encima y reaccionaron de la forma que supieron, creo que intentaron ayudar, nos mandaron el material para que pudiéramos hacer las barreras y todo lo pagaron ellos. ¿Que se pudieron hacer mejor o peor las cosas? No lo sé. Sabemos que nunca se hacen a gusto de todos”, finaliza.

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