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De obstáculo para la ciencia a recurso estratégico: cuando la nieve del Teide solo se derretía en verano

Las crónicas de viajeros y científicos tras la conquista revelan que la cobertura nival de la montaña de Tenerife se mantenía intacta durante al menos diez meses al año debido a la Pequeña Edad de Hielo que afectó a las Islas durante más de 500 años.

Dos personas disfrutan de la nevada en el Teide este diciembre.

Dos personas disfrutan de la nevada en el Teide este diciembre. / Arturo Jiménez

Verónica Pavés

Santa Cruz de Tenerife

Hubo una época en la que un manto blanco se posaba sobre las faldas del Teide la mayor parte del año. La nieve de las cumbres dejaba una postal que durante siglos se convirtió en común. Tal perenne era su presencia que, durante casi seis siglos, subir a la cumbre —ya fuera para disfrutarla o para conquistarla— solo era asumible durante los meses de verano. El hielo se convirtió en un recurso de compra-venta y algunos, incluso, llegaron a robarlo a hurtadillas.

Si bien en los últimos 200 años la nieve ha quedado progresivamente relegada a los meses de invierno, sin llegar nunca a ser considerada reclamo turístico, el manto blanco del Teide es una parte indivisible del clima canario.

Quince días de nieve al año

Así lo pondrá de relieve el meteorólogo Inocencio Font Tullot en uno de sus textos, que ha sido difundido por el divulgador José Miguel Viñas en el diario digital Tiempo.com. Entre sus conclusiones, Font sentenciaba que, "por término medio, en Las Cañadas el suelo está cubierto de nieve quince días al año". Esta situación, a ojos de Viñas, es una constatación de que las nevadas "nunca han sido anecdóticas en Tenerife".

Y menos lo fueron durante los 550 años que duró la Pequeña Edad de Hielo. En este periodo frío, que comenzó en el siglo XVI y se prolongó hasta el XIX, fueron cientos los exploradores y científicos que se lanzaron a estudiar las condiciones geológicas, ecológicas y meteorológicas únicas de las cumbres de Tenerife.

Una montaña inalcanzable por la nieve

En diversos escritos, estos exploradores asumían que coronar la montaña era imposible durante la mayor parte del año debido al hielo y las capas de nieve acumulada.

El naturalista y viajero francés Perón, que viajó en 1800 a Tenerife, explicaba que, debido a su altura, "en las montañas de Tenerife se forma una gran cantidad de hielos".

La presencia de voluminosas capas de nieve también queda constatada en el relato que el zoólogo Ernst Haeckel realiza de su escalada al Teide en 1867: "A cada paso temblábamos ante la idea de resbalar sobre la nieve o hundirnos entre la que cubría los espacios que entre sí quedaban entre los grandes bloques".

La nieve como recurso estratégico

Tal era la cantidad de nieve que se consolidó como un recurso estratégico, especialmente a partir del siglo XVIII. Fue entonces cuando se empezó a explotar esta mina helada para sacar beneficios. El hielo llegó a ser tan preciado en el mercado que algunos de los terratenientes afirmaron haber experimentado robos, pues la población acudía a recoger la nieve que se acumulaba en la Montaña de Arafo, a tan solo 1.500 metros de altitud.

A día de hoy, aunque la nieve ha quedado relegada al invierno y, habitualmente, a una única nevada, está claro que la nieve del Teide sigue siendo no solo una señal de identidad, sino también una de las características excepcionales del clima canario.

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