Nació en plena posguerra española, contrajo la lepra con 17 años, residió en Fontilles durante cinco, se curó, rehízo su vida en su Vinaròs natal, trabajó como camionero, formó una familia y en 2015, al enviudar, regresó al sanatorio de la Vall de Laguar, en el que se había refugiado del estigma entre 1960 y 1965. Abilio Segarra Fabregat falleció en Dénia el sábado 25 de septiembre a los 78 años, seis años después de haberse rencontrado con amigos y compañeros de su primera etapa en el lugar.

Como había hecho antes su abuelo, Abilio ingresó en el sanatorio en 1960, temeroso de que el diagnóstico de su enfermedad perjudicara el negocio familiar. Se adivinaba ya el hombre bueno que llegó a ser. Al preguntarle, recordaba esos años con cariño: la relación con los compañeros y compañeras, el trato con los padres jesuitas, la atención de las hermanas y del personal sanitario, y, sobre todo, la vida diaria y las visitas de voluntarios y amigos. Fontilles era entonces un pequeño pueblo, con sus casas, su horno, su teatro, su locutorio, su bar, su vaquería y su herrería, en la que trabajó durante su estancia.

Pero le gustaba más hablar de su vida fuera. Porque, como tantos otros, Abilio se curó y regresó a su ciudad. Cuando conoció a Regina le habló de su enfermedad y de su pasado en Fontilles. Ella lo aceptó, se casaron y tuvieron un hijo y una vida con sus buenos y malos momentos, con un balance que se adivinaba feliz cuando lo escuchabas hablar de ese tiempo.

En 2015, al fallecer su mujer, decidió volver a Fontilles, como quien regresa a su pueblo tras un largo viaje. Aunque ya no era el sanatorio que conoció en su juventud, pues ahora compartía espacio con el Hospital Ferrís y el Centro Geriátrico Borja, hizo nuevas amistades entre sus usuarios, residentes y trabajadores, que agradecían su permanente ayuda y acompañamiento.

Fue también el portavoz oficioso de los antiguos compañeros de Fontilles ante los medios de comunicación, siempre generoso y dispuesto a contar su historia a periodistas por si con ello contribuía a acabar con el estigma de la lepra. Él ya no tenía que ocultarlo pero, fiel seguidor de las redes sociales de la fundación y conocedor de su actividad de cooperación internacional, pensaba en las personas que en el resto del mundo aún sufrían la enfermedad de la que se había curado hacía casi seis décadas.

Abilio deja un hijo y un nieto. Deja también a toda la familia de Fontilles, que lamentamos su pérdida y agradecemos haber podido compartir con él una parte del camino.