10 de enero de 2019
10.01.2019
Agresión

Manada de Callosa: Un testigo afirma que "la encerraron en el baño, ella gritaba y al salir llevaba todo el vestido roto"

Un testigo relata que la Manada inició los abusos a la joven en un piso de Benidorm al que fueron a parar tras pasar toda la noche de fiesta

10.01.2019 | 11:46

«Cuando la aparté de ellos se echó a mis brazos como si fuera su padre».

Un pequeño apartamento ubicado en la conocida como zona inglesa de Benidorm fue la noche de Nochevieja la primera guarida en la que la ya conocida como Manada de Callosa inició los abusos a su víctima, la joven de 19 años que les ha denunciado por la supuesta violación grupal cometida horas después en Callosa d'en Sarrià y que grabaron con el móvil de uno de ellos. «La metieron en el baño a la fuerza. Yo oí que la chica gritaba y salí de mi habitación para ver qué es lo que estaba pasando. Cuando pude abrir, ella salió con toda la espalda del vestido rota», relató ayer a este diario Juan, uno de los testigos clave para la Guardia Civil y que presenció en primera persona cómo los acusados abusaron de la joven en este piso de Benidorm.

La vivienda está situada en el número 10 de la calle Cuenca, a escasos metros de un local de ocio nocturno en el que los cuatro supuestos violadores y su víctima estuvieron de fiesta durante toda la noche. Antes de ese día, la joven ya había estado en el apartamento en alguna otra ocasión, acompañada del hombre de 22 años sobre el que pesan, al menos, otras tres denuncias por agresiones y abusos sexuales. «Eran amigos y se veían de vez en cuando, pero cómo iba a pensar yo que podrían acabar haciéndole a la muchacha algo así», relata Cristino, el otro inquilino del apartamento, quien les abrió la puerta sobre las ocho de la mañana del día 1 y les dejó entrar en su casa «a descansar un poco, porque habían bebido y no estaban en condiciones de irse para Callosa».

Cristino y el considerado como «cabecilla» de este grupo eran amigos. Se conocían porque él era cliente del bar donde Cristino trabaja de manera esporádica, también situado a escasos metros de la vivienda donde iniciaron la agresión sexual. «Él solía venir mucho por aquí, me llamaba a la puerta y yo le dejaba echarse en el otro sofá. Esa noche llamó, le abrí pensando que vendría solo y apareció aquí con la chica y otros tres o cuatro más. Sólo uno de ellos parecía que iba más o menos bien; el resto habían bebido, tomado drogas... pero no se les veía que fueran mal. Trajeron dos botellas de ginebra y se pusieron a beber. Él se metió en ese sofá con la chica y ahí estuvieron. Yo no vi que hicieran nada malo; mientras yo estuve no pasó nada. Fíjate cómo sería que hasta uno al que yo no había visto nunca se quedó dormido en esa silla», agregó Cristino, quien dice que abandonó el apartamento pasadas las once de la mañana y que, hasta ese momento, «no había pasado nada».


Lo gordo, al parecer, vino después. Así al menos lo han relatado ambos testigos a la Guardia Civil y a la juez que investiga los hechos. Al rato de que Cristino abandonara la vivienda, Juan comenzó a escuchar alboroto fuera de su habitación. «Empezaron a armar un escándalo de narices. Y poco después oí gritar a la chica dentro del baño. Salí de la habitación y vi que dos se habían encerrado con ella ahí adentro y que no la dejaban salir. Le pedí ayuda a otro de ellos y entre los dos conseguimos abrir la puerta y sacarla de ahí. Tenía todo el vestido roto por la espalda. Cuando ella me vio, se tiró a mis brazos y me abrazó como si fuera su padre. Yo la metí en mi habitación, le dejé una camisa y le dije que no se moviera de ahí. Solo quería protegerla», relata Juan, muy apesadumbrado todavía por todo lo vivido.

El siguiente paso fue echarlos de su apartamento a mediodía. «Les dije que o se iban por las buenas o llamaba a la Policía. Los chavales se fueron y la chica se quedó aquí. Pero al cabo de un rato, ella me dijo que se quería ir. Yo la acompañé a la calle y ahí, en el portal, la estaban esperando ellos», lamenta este testigo, que todavía no puede entender que la joven se acabara subiendo con sus presuntos agresores en el coche para irse con ellos a Callosa. «Ella no estaba bien, había bebido y no sé qué más, pero se notaba que no actuaba por su propia voluntad», mantiene.

¿Por qué no llamó a la Policía? Según relata Juan, porque pensó que lo más sencillo era «echarlos de la casa. Si hubiese llamado a la Policía, entre que llegan y no llegan quién sabe lo que le podrían haber hecho mientras tanto a la chica. Yo solo quería ponerla a salvo. Hice lo correcto y no me arrepiento», concluye.

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