«Es cómo regresar al medievo. No solo querían cortar su cabeza sino su pensamiento. La vida del profesor de instituto en Francia es un sinvivir y no creo que la decapitación cambie nada del sistema educativo», asegura una ilicitana, maestra de Español en Secundaria en Perpiñán. Su nombre en este artículo será ficticio: Marta. «Tengo mucho miedo, por mí y por mis hijas. Porque no solo me han agredido dos adolescentes, también me han amenazado sus padres», asegura con la voz entrecortada la docente.

Estos días se encuentra en Elx. En Francia están de vacaciones, pero además, «lo necesitaba». Ella se encuentra de baja por una agresión que permite visualizar «cómo está la situación del sistema educativo francés». Sus orígenes profesionales -Marta es periodista- le han ayudado a dar un paso «que nadie da en ese país».

«No se atreven a hablar, a denunciar, a decir lo que está pasando, porque no solo es el miedo a sufrir una agresión. Está también el rechazo de tus compañeros de trabajo, del director del centro, que no es maestro y que se juega el ascenso en la medida en que tiene más o menos expulsados o incidentes en su instituto. Incluso de la Inspección. Nadie nos defiende», asegura Marta, cuyo caso ha saltado a la prensa internacional porque «soy la única que habla».

Acude a la entrevista en su ciudad natal con una mascarilla que solo deja ver sus ojos. Es suficiente. En ellos se percibe perfectamente el calvario vivido. Lucen vidriosos, mojados, infinitos... mientras cuenta cómo aquella mañana «dos alumnos, de 15 años pero 1,80 de estatura, me agredieron porque los expulsé de clase».

Como una policía del aula

El caso es que «ya sabía con quién me la jugaba. Llevo cinco años como profesora y nada más llegar a la profesión, -donde por cierto es muy fácil acceder porque nadie quiere ejercerla-, desde la dirección del centro me dijeron que los primeros meses los dedicara a actuar como policía del aula, que no intentara enseñar, que me olvidara del programa».

La jornada del 1 de septiembre, la profesora ilicitana vivía un día normal de clase: «Se estaban riendo de mí, de mi acento al hablar francés, gritaban, daban golpes en la mesa porque no sé pronunciar bien Mohamed...». Marta insiste en que no quiere demonizar ningún origen, raza ni religión. Lo repite durante la entrevista en varias ocasiones, pero aclara que «en este instituto la mayoría de los alumnos son franceses de origen magrebí. De quinta o sexta generación. Y me han insultado, amenazado y agredido varias veces, por lo que vivo atemorizada y ya no pienso volver nunca más».

Marta tomó una decisión. Primero denunció los hechos ante la policía francesa «por agresión física -tiene una tendinitis en un brazo y varios golpes- y moral». Y, después, «huir del instituto, dimito, no quiero saber nada de la enseñanza. El poder lo tienen los alumnos y sus familias, y los directores, que son administrativos, no profesores. Nadie quiere ser maestro en Francia ni denunciar porque no tendrán apoyo».

Cuando ocurrió el suceso y, «como marca el protocolo, llamé a los padres para hablar con ellos de lo sucedido. Me amenazaron. Me dijeron que debía habérmelo pensado mejor antes de expulsarlos. La madre de uno me llamó racista tres veces», recuerda.