Juicio por el crimen del canónigo: "Le prometió 60 euros a un chico por sexo oral, pero solo le pagó 40"
El conserje del edificio, único testigo que ha declarado este lunes, ha relatado al milímetro las costumbres sexuales de Alfonso López Benito

Germán Caballero
El juicio contra Miguel Tomás V. N., el único detenido, acusado y procesado en relación con el crimen del canónigo emérito de la Catedral de València, Alfonso López Benito, encontrado asesinado la mañana del 21 de enero de 2024 en la cama del piso que le había cedido el Arzobispado de València, en el número 22 de la calle Avellanas, en el corazón mismo de la València más histórica, ha arrancado este lunes en la sala de jurado de la Ciudad de la Justicia de València. Un jurado popular formado por nueve titulares -cinco hombres y cuatro mujeres- y dos suplentes -un hombre y una mujer-, tendrá que decidir si el único acusado por estos hechos, un sintecho de esos a los que la víctima solía llevar a su casa para mantener relaciones sexuales a cambio de algún dinero o de un plato de comida y un lugar para dormir una o dos noches como mucho, es culpable de los delitos que se le imputan.
En concreto, el Ministerio Público lo acusa de los delitos de asesinato, robo con violencia y estafa- por los que solicita una pena global de 28 años de cárcel -20 por el asesinato, al considerar que hubo alevosía porque la víctima no tuvo posibilidad de defenderse-, cinco más por el robo con violencia -estima que el fin último era quitarle sus pertenencias- y otros tres por estafa -es el nombre que define que sacara dinero con una de las tarjetas e hiciera compras con la otra-. Además, le añade «como máximo» cinco años de libertad vigilada que deberá cumplir al finalizar el periodo en prisión.
Tras completarse el proceso de selección y constituirse el jurado, el fiscal se ha dirigido al jurado para explicarle que durante los próximos días "probaremos sin fisura" que el acusado estuvo ese día en la casa y le facilitó la entrada al asesino. También que se aprovechó de su dinero y que luego lo cogieron. "Yo no digo que él apretara el cuello, que es como que lo mataron, pero sí que tuvo participación directa, eficaz y decisiva de una manera fundamental", ha reiterado. De hecho, asegura que las evidencias que existen "son abrumadoras", a pesar de que en la calificación provisional de los hechos redujo la participación del acusado, de autor material a cooperador, o incluso a cómplice.
Por su parte, la defensa, ejercida por el letrado Jorge Carbó, ha insistido en la inocencia de su representado recordando que la policía intentó no una, sino hasta cuatro veces registrar la vivienda y el apartamento del Perelló del cura donde también llevaba a esos chicos vulnerables que buscaba en la calle para mantener relaciones sexuales, "y no encontraron nada que pruebe su presencia allí". El letrado ha remarcado que la investigación policial y judicial "no ha sido todo lo objetiva y profunda que debería haber sido y que habría sido en otro caso", deslizando posibles presiones por parte del arzobispado y su entorno para parar o limitar esa investigación "incompleta" porque, ha advertido al jurado, "van a conocer una serie de costumbres que tenía el sacerdote", en alusión a esas prácticas sexuales del canónigo emérito. "Lo que más nos duele es que el responsable no ha sido encontrado ni se ha hecho el esfuerzo necesario por encontrarlo", ha sentenciado Carbó.
"Le gustaban lo más necesitados posible"
Durante la primera sesión de la vista oral, que se prolongará hasta el próximo 3 de febrero, solo ha declarado un testigo: el portero de la finca del 22 de la calle Avellanas donde vivía el canónigo y el hombre que se lo encontró muerto, tirado en la cama "como una especie de momia, con la boca abierta", ha recordado. El conserje, que ha relatado al milímetro esas prácticas sexuales a las que hacía referencia la defensa, ha señalado que Alfonso López Benito se instaló en el edificio de la calle Avellanas en el año 2017 y que vivía solo, aunque "esporádicamente había con él un señor rumano". Era quien le ayudaba "con las tareas de llevar el coche" y la persona que le protegía cuando tenía algún problema con los chicos que venían por el piso: "Hacía labores de amedrentarlos. Decía: 'Mientras esté este aquí, se lo pensaran hacer algo", ha asegurado.
El conserje ha relatado que durante el tiempo que el canónigo vivió en el edificio "era muy frecuente que subieran chicos", lo que había generado malestar entre los vecinos porque "en su mayoría eran personas muy necesitadas. Se veía que tenían adicciones a drogas". Una situación de la que ya le había advertido una vecina del edificio en el que el religioso vivía antes, en la calle Gobernador Viejo. "Cuando iba a venir a vivir a la calle Avellanas, vino una mujer de esa finca, que es muy religiosa, y espantada me dijo que nos preparáramos, porque el canónigo que venía le gustaban los chicos y los llevaba constantemente a casa. Yo al principio tuve miedo, porque en la finca teníamos en ese momento a dos o tres menores, y yo creí que era un tema de pederastia, pero no, le gustaban adultos, lo más necesitados posible", ha detallado el testigo.
Algunos de estos hombres, ha asegurado el testigo, llegaron a amenazarlo porque "podían pensar que yo encubría esa situación". "Pero era todo lo contrario. Yo, como creyente me dolía ver mucho esta situación, y que lo estuviera haciendo un canónigo. Me resultaba repugnante", ha justificado. El conserje ha relatado dos episodios concretos. Uno de ellos, cuando un chico "bajó muy enfadado" y amenazó con matarlos al cura y a él. "Decía que le había tocado el culo y que no podía ser, que era un sacerdote". En otra ocasión, "un chico negro salió llorando, desesperado. Se le veía humillado. Me dijo que D. Alfonso le contrató un servicio sexual, para que le practicara sexo oral, y que él aceptó por pura necesidad. Que le había prometido 60 euros, pero que solo le dio 40".
Visto por última vez cinco meses antes del crimen
Sobre el acusado, afirma que este "no me levantó ninguna sospecha ni me hizo pensar que fuera a hacerle algo malo al canónigo". De hecho, asegura que, como mucho, lo vio "dos o tres veces por la finca, y la última vez en verano" -el crimen fue cometido en enero-. Respecto al día en que encontró muerto al religioso, ha señalado que esa mañana recibió un mensaje desde el teléfono del cura en el que le decía que iba a estar fuera toda la semana. El mensaje lo recibió el martes, 23 de enero de 2024, y no le llamó la atención porque sabía que estaba haciendo reformas en un piso que tenía en El Perelló. Sin embargo, sobre las 11.15 horas apareció un amigo del canónigo que sospechaba que le había pasado algo. "Me dijo que había quedado con él para algo importante y que no le cogía el teléfono".
Al subir a la vivienda llamaron al timbre dos veces y, al ver que no contestaba, introdujo la llave y se dio cuenta de que no estaba echada. "Supe que había pasado algo, porque era muy desconfiado. De hecho, cuando algún chico pasaba la noche con él y él se iba a dar misa a la catedral, los dejaba encerrados. Me decía que tenía miedo a que le robaran y me pidió que yo los controlara. Yo le decía que eso no estaba en mis funciones y que no estaba bien encerrar a la gente". Al entrar en su habitación supo que estaba muerto. "La cama estaba como revuelta, usada. Él estaba como una especie de momia, con la boca abierta", ha descrito. Al salir al rellano recibió un mensaje desde el móvil del cura diciendo 'Miguel, ¿está todo bien?'. "Imagínense, acabar de ver a una persona muerta y recibir un mensaje de esa persona... Tanto el amigo como yo empezamos a gritar, muy nerviosos, y enseguida llamamos al 112 o al 091 y me bajé para comunicárselo al presidente de la comunidad. A partir de ahí ya fue todo caótico... Empezó a llegar la policía, los periodistas".
"Tenía un carácter jodido"
El portero ha asegurado que se llevaba bien con el canónigo aunque ha reconocido "el asco que me daba lo que hacía" y que el hombre "tenía un carácter jodido". De ahí que apenas recibiera visitas ni de familiares ni de gente del Arzobispado, de los que "decía que eran unos trepas y que no le daban el trato que él merecía". También tuvo enfrentamientos con los vecinos, quienes, durante la pandemia, le reprocharon que se negara a llevar mascarilla en las zonas comunes. "Le dije que los vecinos se habían quejado y me respondió que 'ningún hijo de puta me va a poner un bozal en la boca; ni Pedro Sánchez ni nadie'. También ha recordado que los días antes del crimen esperaba "muy emocionado y efusivo" la visita de un chico de fuera, un hombre con un alto grado de discapacidad con el que pasó las últimas horas antes de ser asesinado. "Me dijo que venía de la otra parte de España, que le había hecho un ingreso por Correos. Lo contaba como si hubiera quedado con un sexsymbol".
Antes de finalizar su declaración, en la que ha vuelto a dibujar con pelos y señales al canónigo y sus costumbres sexuales, el magistrado ha dado por concluida esta primera sesión del juicio y ha emplazado al jurado a continuar mañana, a las diez de la mañana. El acusado, que ha estado atento y tranquilo en toda la sesión, ha sido conducido por la policía a los calabozos, para ser llevado a la cárcel de Picassent, desde donde será traído cada día mientras dure este esperado juicio.
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