El asesino del canónigo de la catedral de València lo asfixió durante "varios minutos" mientras lo estrangulaba
Los forenses declaran en el juicio contra el único acusado por el crimen que Alfonso López Benito no tenía marcas de haberse defendido cuando fue atacado frontalmente por su verdugo

Agencia ATLAS
El asesino del canónigo emérito de la Catedral de València, Alfonso López Benito, usó un "mecanismo combinado de estrangulación y sofocación" para acabar con la vida de su víctima. Es decir, le taparon la boca, obstruyéndole las vías respiratorias, mientras le apretaban el cuello ejerciendo una presión "importante". Así lo confirman las lesiones, y así lo han explicado este jueves los médicos forenses del Instituto de Medicina Legal de València que practicaron la autopsia al religioso, durante la cuarta sesión del juicio que se está celebrando en la Ciudad de la Justicia de València contra el único detenido y acusado por el crimen, Miguel Tomás V. N., un sintecho de esos a los que la víctima solía llevar a su casa para mantener relaciones sexuales a cambio de a cambio de dinero, comida o cobijo por unas horas.
Durante su comparecencia, los forenses han confirmado que la causa de la muerte fue asfixia y han detallado que, según las lesiones que presentaba el cuerpo, el ataque fue frontal. Además, los edemas que encontraron en el pulmón y en el cerebro indican que "no fue una muerte rápida" y que el hombre que lo mató lo asfixió durante "unos pocos minutos". También han matizado que el cadáver pudo ser volteado, como apreció el forense que hizo el levantamiento, pero en los momentos siguientes a la muerte y no horas después.
En el cuerpo del cura, encontrado por el conserje del edificio y un amigo, tumbado boca arriba en la única cama del piso, desnudo -solo llevaba un calzoncillo de tipo slip de color verde- con sangre en la boca, los ojos aún entreabiertos y con los brazos por fuera de la sábana que le cubría púdicamente el cuerpo, solo había lesiones alrededor de la nariz y de la boca, pero no tenía marcas de haberse defendido. Los médicos hallaron también heridas dentro de la boca -provocados con sus dientes al estar presionando el asesino la boca y la nariz para impedirle respirar- y arañazos alrededor de la boca. Estas marcas de uñas pondrían contra las cuerdas la hipótesis de que el asesino hubiera utilizado guantes para asesinarlo, aunque, al ser preguntado por el jurado, el forense ha matizado: "Depende del tipo de guantes".
Sin acceso a los mensajes
En la cuarta sesión del juicio, que se prolongará hasta el próximo 3 de febrero, se han reproducido nuevas pruebas periciales. La vista oral arrancaba con la declaración del policía que hizo el duplicado de Whatsapp del teléfono de la víctima, que se realizó una vez recuperado el teléfono de Alfonso tras la detención del acusado, con el fin de comprobar si Miguel Tomás V. N. había borrado mensajes potencialmente incriminatorios. Esa prueba sirvió para saber que no había borrado nada en los dos días que tuvo con él el teléfono de la víctima. En cuanto a la copia duplicada del Whatsapp del acusado, solicitado hasta tres veces por su defensa durante la instrucción y no obtenido por la Policía, tras un pequeño enredo, el perito ha dejado claro que sí se podría haber hecho ese duplicado, a pesar de no disponer físicamente del teléfono, "teniendo la cuenta de correo con la que se instaló, la contraseña de acceso, el PIN y la SIM original o un duplicado de la misma". Su respuesta ha sido muy clarificadora, porque la Policía siempre respondió que no se podía hacer esa copia porque no disponían del teléfono físico, algo que ahora ha quedado rebatido.
Por su parte, los peritos que hicieron el estudio del router de la vivienda y, con posterioridad, el del teléfono del sacerdote, para obtener localizaciones del terminal, la rutina de uso y las interacciones entre el terminal del cura y el del acusado, han explicado que Alfonso empezaba a usar el teléfono a las ocho de la mañana y dejaba de utilizarlo a las once de la noche. Prácticamente usaba solo la aplicación de Whatsapp. En los 15 días anteriores hasta su muerte "nunca había utilizado la aplicación financiera de Cajamar o de El Corte Inglés", han matizado a preguntas del fiscal. Han detallado también que el teléfono estuvo conectado a la wifi de su casa hasta las 3.21 horas. ""A partir de esa hora va captando wifi de distintos establecimientos", lo que les permite trazar una ruta.
¿Quién llamó al cura la noche del crimen?
Respecto a las interacciones entre Alfonso y Miguel, ha informado que hay llamadas y wasaps, y que el sacerdote es quien bloqueó en varias ocasiones al acusado, a quien tenía grabado como 'Miguel peruano'. Preguntado por la defensa por el periodo analizado, ha señalado que, por petición de Homicidios, se revisaron todas las llamadas entrantes y salientes entre el 22 de enero y el momento de la incautación. No se ha analizado, al parecer, quién llamó al teléfono de Alfonso López entre las 20.00 y las 0.00 horas de ese domingo, 21 de enero, cuando dejó entrar en casa a quien sea que lo mató. La pregunta tiene sentido dado que hay mensajes en los que el canónigo le dice a Miguel, en noviembre, que recuerde que el telefonillo no funciona y que cuando llegue al portal, "mejor llamada de móvil".

El canónigo Alfonso López Benito, en una foto de archivo. Tras él, el cardenal Antonio Cañizares, en ese momento, arzobispo de València. / Alberto Sáiz/AVAN
Un perito informático contratado por la defensa, para complementar el informe de geolocalizaciones de los teléfonos analizados por la Policía Nacional, ha explicado que las coberturas de las antenas no son exacatas. "Depende de los obstáculos, se puede establecer entre 150 y 500 metros en entorno urbano el posicionamiento". "Lo normal cuando un teléfono cambia de antena es que el terminal se mueve. Cuando el protocolo de antenas ve que una ya no da casi cobertura, salta a la siguiente. Ocasionalmente, puede saltar por saturación, pero no es lo habitual. Cuando cambia de antena normalmente es porque el dispositivo se está moviendo", ha aclarado.
Por su parte, los peritos que analizaron las huellas de ADN encontradas por la Científica durante las tres inspecciones oculares que realizaron, dos en el piso de la calle Avellanas y una tercera en el apartamento del Perelló, han detallado los resultados de los análisis. En la primera ubicación, donde se produjo el crimen, han admitido que "sigue habiendo siete huellas anónimas" y otras ocho corresponden al asistente. En la segunda inspección, centrada en el escritorio de donde se llevaron las tarjetas del cura, identificaron "10 huellas de M. [el asistente rumano] y cuatro que no se pudieron procesar".
Solo encontraron una huella del acusado, pero en el apartamento del Perelló, donde Miguel Tomás V. N. estuvo dos días con el cura en agosto de 2024, cinco meses antes del asesinato. A preguntas del jurado, sobre si las huellas anónimas podrían ser identificadas como las del acusado en el caso de que estuvieran superpuestas o contaminadas, los peritos han confirmado que "sí que es posible" y han matizado que, en este caso, no se trataba de que fueran huellas inservibles, sino completamente útiles policialmente, pero no ha podido establecerse de quién son.
"No me había enviado un mensaje en su vida"
En esta penúltima sesión también ha comparecido ante el jurado el amigo que acudió el 23 de enero por la mañana al piso de la calle Avellanas, 22, porque Alfonso López no respondía a las llamadas. Ambos, amigos desde 1970 porque fueron compañeros en la Facultad de Derecho, habían quedado a las 11.00 horas de ese día "que era San Ildefonso y él celebraba su santo". "Cuando llegué, estaba el portero abajo y le pregunté si había visto a D. Alfonso. Me dijo que hace días que no lo veía y que creía que no estaba porque le había mandado un mensaje diciéndole que se había ido al apartamento del Perelló. Eso me dejó desconcertado. Era un mensaje de las once menos veinte, y a mí no me había contestado ni a la llamada de las nueve ni a la de las nueve y media. Eso me mosqueó, porque Alfonso a mí no me había mandado un mensaje en su vida. Si no me cogía la llamada, siempre me la devolvía después", ha declarado.
Ante las sospechas de que algo no iba bien, el portero y el amigo subieron a casa del sacerdote. "Llamó un par de veces al timbre y como no contestó, abrió y entramos dos o tres metros. La habitación de Alfonso estaba enseguida a la izquierda, vimos que estaba muerto y no pasaron ni 30 segundos cuando le entró un nuevo mensaje del teléfono de Alfonso, y Miguel, el portero volvió a gritar porque en ese momento no sabíamos si el autor podía seguir estando en el piso. Le dije que saliéramos y cerramos la puerta, y le dije que no llamase al 112, sino al 091", ha descrito el testigo.
Preguntado por el fiscal, Antonio Gastaldi, ha reconocido que el canónigo "tuvo un problema un par de años antes de morir, porque hubo una gran escandalera. El administrador de la comunidad le mandó una carta y yo se la contesté, se ve que tuvo un enfrentamiento con esa persona y los vecinos protestaron. Fue una queja de la comunidad con una persona que traía de la calle, que a mí no me parecía bien". El hombre ha tratado de justificar el tráfico de hombres que desfilaban por casa de Alfonso asegurando que su amigo los atendía "por sentimiento cristiano".
A la espera de que declare el acusado, que lo hará este viernes, en la última sesión antes de que el jurado reciba el objeto del veredicto, las espadas siguen en alto para dirimir si Miguel Tomás participó en la planificación del asesinato del canónigo -el fiscal, Antonio Gastaldi, única acusación en el proceso, ya ha dejado claro que lo considera cooperador necesario o cómplice, en su defecto, pero no ejecutor material del crimen- o si, como sostiene su abogado, Jorge Carbó, ese hombre, que sigue en la cárcel desde el 24 de enero de 2024, únicamente es culpable de haberse beneficiado del dinero del cura usando las tarjetas que le robó el verdadero asesino. Habrá que ver qué decide el jurado, si merece los 28 años de cárcel que le pide Gastaldi como coautor por cooperación o los tres que admite Carbó por el delito de estafa cometido al usar esas tarjetas en El Corte Inglés, dos cajeros y un puñado de bares baratos.
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