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Juicio con jurado

El crimen del puente de las Moreras de València llega a juicio sin que el acusado confiese por qué degolló a su víctima

El fiscal pide 20 años de cárcel para Felipe B. B., que no ha querido declarar nunca y sigue negando haber degollado a José Andrés Peña a pesar de que hay cuatro testigos del asesinato y pruebas de sangre, ADN y huellas que lo inculpan

Matan a un hombre de una puñalada en el puente de Nazaret en València

Miguel Angel Montesinos

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Teresa Domínguez

Teresa Domínguez

València

Un año y medio después de que el asesinato de José Andrés Peña Moro conmocionara València, su presunto asesino, Felipe B. B., se sienta en el banquillo ante un tribunal popular y bajo la espada de Damocles de ser condenado a 20 años de cárcel, como pide la Fiscalía, sin que se conozca por qué cortó el cuello a su víctima aquella noche del 30 de julio de 2024 cuando estaba a punto de subir el puente de las Moreras que comunica València con su barrio de Natzaret.

La brutalidad de la acción fue tal que le abrió un tajo de 24,5 centímetros en el cuello, seccionándole no solo la yugular, sino incluso una vértebra de manera parcial. El acusado, que nunca ha querido declarar, llega a la vista oral con jurado con un rosario de pruebas en su contra y un informe de Psiquiatría Forense del Instituto de Medicina Legal de València demoledor, ya que los médicos estiman que sus capacidades estaban en perfecto estado cuando cometió el crimen.

El juicio, que está previsto que se prolongue hasta este viernes, dará comienzo este martes, una vez que el fiscal, Antonio Gastaldi, y el abogado defensor de Felipe B. B. acuerden la formación del jurado con la selección de sus nueve miembros más dos suplentes de entre los 36 candidatos que han quedado para esa elección. Una vez constituido el jurado, dará comienzo el juicio como tal. En principio, está previsto que declare en primer lugar el acusado, aunque su defensa podría solicitar que lo haga en último lugar, justo antes de la prueba documental, es decir, el jueves o el viernes.

El testigo que lo vio todo

A continuación, comparecerá un testigo clave en el caso, un hombre que vio a escasos metros el acuchillamiento definitivo de José Andrés en el puente y que reconoció sin ninguna duda al ahora acusado cuando la Policía Nacional le mostró su imagen entre muchas otras en un reconocimiento fotográfico, una vez ya identificado el presunto asesino, algo que logró el grupo de Homicidios de la Policía Nacional en tiempo récord.

De hecho, el presunto asesino, que tiene una personalidad esquizotípica que no influyó en absoluto en su acción criminal, han dictaminado los forenses, fue detenido apenas 48 horas después del crimen, por agentes uniformados de la Policía Nacional que lo reconocieron cuando estaba sentado en un banco del Paseo de Neptuno, gracias a la descripción precisa facilitad por Homicidios en un señalamiento en el que se interesaba a todas las patrullas que lo detuvieran y que extremaran las precauciones, dado que se trataba de un delincuente "violento y antisocial" con un "comportamiento impredecible" y especial inquina contra los agentes de la Policía Nacional. Su primera detención la materializaron agentes de ese Cuerpo durante las movilizaciones estudiantiles de la conocida como primavera valenciana, en febrero de 2012, cuando Felipe, entonces de 19 años, estudiaba segundo de Bachiller en un IES de València.

120 metros de rastro criminal

Tal como recoge el fiscal en su escrito provisional de acusación, el asesinato de José Andrés Peña fue cometido sobre las 20.15 horas del 30 de julio de 2024 cuando la víctima se disponía a subir las escaleras del puente, en la calle Eduardo Primo Yúfera -la del Oceanogràfic- para cruzar hasta la calle Barraques del Figuero, ya en el barrio de Natzaret. El de Peña fue un crimen en dos tiempos. La primera cuchillada se la asestó su presunto asesino justo al inicio de esa escalera. El hombre gritó y se sujetó con fuerza el cuello. Subió los escalones y trató de correr, aunque las fuerzas empezaban a fallarle. Aún recorrió unos cuantos metros, perseguido por su verdugo, como contarían primero a la Policía y luego al juez varios testigos, que también están citados al juicio.

El asesino le dio alcance y le remató con una segunda cuchillada. Exactamente en el mismo sitio. Ese testigo clave, quien declararía a la policía que "nunca podrá olvidar lo que vio" porque lo sigue teniendo clavado en su mente, vio cómo le clavaba el arma en la parte derecha del cuello y le vio la cara cuando se giró hacia él después de que le preguntase "qué pasa". También, que guardó silencio tras ser increpado y que se fue andando "tranquilamente".

José Andrés aún avanzó un tramo más, hasta casi alcanzar la escalera de bajada hacia Natzaret, donde vivía. No lo logró. Cayó desplomado, muerto, al pie del murete que separa el paseo peatonal de las vías de la línea 10 de Metrovalència, el tranvía que enlaza ese barrio con el centro de la ciudad. Tras él dejaba un macabro rastro de sangre, con salpicaduras y gotas en proyección a lo lago y ancho de 120 metros que un día después nadie había ordenado limpiar aún.

La camisa, con sangre y ADN

No fue el único testigo. Un policía local de Boadilla del Monte (Madrid) vio al sospechoso entrar, en su huida, en una caseta, enfrente casi del Oceanogràfic y fue testigo de cómo arrojó su camisa blanca, de manga larga -pese al calor del 1 de agosto- y con unas características que la hacían única, al interior de unos bidones. Gracias a él, la Policía Nacional recuperó esa camisa, en la que hay sangre de la víctima y ADN del presunto autor, y extrajo casi una veintena de huellas del acusado del interior de esa caseta que le servía de vivienda.

Y hay más pruebas: otros dos testigos -un trabajador turco y un policía islandés que visitaba València y ahora declarará por videoconferencia desde su país- y, sobre todo, las zapatillas deportivas que Homicidios le intervino tras su detención, y cuya suela quedó marcada sobre la sangre de su víctima en los escalones y travesaños de madera de esa escalera donde José Andrés encontró una muerte aún no explicada. Dicen, los testigos, que los observaron caminar tan cerca uno del otro antes de la agresión que alguno creyó incluso verlos hablar, pero nadie ha sido capaz de establecer si se conocían de antemano, si llegaron a cruzar unas palabras que despertaron el instinto criminal del acusado o si su acción fue fruto de una decisión sobrevenida y casual cuya motivación no ha revelado. Y no lo ha hecho, entre otras cosas, porque ni siquiera ha asumido la autoría del crimen pese a la abrumadora cascada de evidencias en su contra.

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