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Juicio en València

El forense, en el juicio por el crimen del puente de las Moreras: "Lo degolló con tanta fuerza e intensidad que incluso melló una vértebra con el filo"

Los médicos que practicaron la autopsia insisten en que no hay lesiones de defensa y que "solo hay una cuchillada, muy clara y profunda, pero solo una"

La Policía aisló ADN del autor y sangre de la víctima en la camisa que llevaba Felipe B. B., y que fue localizada instantes después del crimen en un bidón al que la arrojó el sospechoso

Charco sangre en el lugar donde cayó desplomado y murió José Andrés Peña, en el puente de Las Moreras, tras ser degollado por Felipe B. B. el 30 de julio de 2024.

Charco sangre en el lugar donde cayó desplomado y murió José Andrés Peña, en el puente de Las Moreras, tras ser degollado por Felipe B. B. el 30 de julio de 2024. / Miguel Ángel Montesinos

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En la tercera sesión del juicio por el asesinato de José Andrés Peña, el hombre de 40 años que mataron en el puente de las Moreras en julio de 2024, ha quedado claro que fue degollado, tal como explicaron ayer los médicos forenses al jurado. Cuando han exhibido las imágenes de la autopsia, el acusado Felipe B. B., de 33 años, cerró los ojos y giró la cabeza para no tener que ver las imágenes en el monitor, ubicado a medio metro de él, y no pudo evitar un claro gesto de rechazo, frunciendo el ceño. De hecho, así, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, permaneció prácticamente toda la jornada de este jueves.

En esas imágenes de la autopsia se pudo ver cómo de salvaje fue la herida que acabó con la vida de José Andrés: un corte de 24,5 centímetros de longitud y de 4 de profundidad. Uno de los dos forenses explicó al jurado los pormenores y consecuencias de dicho corte. Analizó, marcando cada aseveración sobre la pantalla, que se trataba de una "herida clásica de degüello", infligida con "una gran fuerza e intensidad", ya que seccionó el tejido cutáneo, el subcutáneo, el muscular del esternocleidomastoideo y la vena yugular completa junto con otros vasos menores, llegando el filo a mellar incluso el asa de una vértebra cervical, la C4.

"Claro que pudo recorrer 180 metros"

De esta forma tan cruel murió José Andrés quien, tras prácticamente ser degollado, aún pudo recorrer casi toda la pasarela en su intento por huir de su agresor mientras, con sus propias manos, se taponaba la herida. El perito fue claro: esa sujeción le permitió aguantar con vida unos pocos minutos -entre 3 y 5- que le sirvieron para recorrer esos 180 metros que la Policía Científica midió entre la primera mancha de sangre en las escaleras de subida y el charco que dejó en el lugar donde cayó desplomado, cuando el shock hipovolémico por esa "hemorragia masiva" lo dejó al borde de "una muerte inevitable" porque tenía esa yugular completamente cortada.

"La muerte nunca es inmediata. Claro que pudo recorrer esos 180 metros", aseveró el especialista en Patología Forense y Antropología. "La herida es clara. Solo hubo una, infligida con gran fuerza, pero una sola. Era incompatible con la vida, pero la muerte no llega hasta que los órganos se quedan completamente sin sangre y se produce la parada cardiaca. Y eso tarda un tiempo", insistió.

Los forenses del Instituto de Medicina Legal (IML) de València, en su informe, no observaron que hubiese más cuchilladas en el cuerpo del fallecido, e insistieron con rotundidad en que "solo hay una única herida". De hecho, esta afirmación de los médicos es compatible con la versión aportada por los testigos donde todos, a excepción de uno, dijeron no haber visto que el acusado rematara a la víctima. Ese único testigo refiere que vio hacer el movimiento de apuñalarlo de nuevo, o de intento de rematarlo, pero nunca llegó a ver el arma clavada en el cuerpo de José Andrés. Ahora, los médicos forenses del IML certificaban en el juicio que la víctima únicamente tenía una sola herida en el cuello, un degüello realizado con un movimiento de abajo hacia arriba y de delante hacia detrás, vista la víctima de espaldas.

¿Con o sin alevosía?

De la misma manera, los forenses tuvieron claro por el examen del cuerpo que la víctima no se defendió de la cuchillada, pues el cadáver de José Andrés no presentaba ninguna lesión compatible con ello. El fiscal, Antonio Gastaldi, y la acusadora particular, María Jesús Romero, mantienen, así, que la muerte de José Andrés fue un asesinato y no un homicidio, al entender que, tratándose de un ataque sorpresivo y sin posibilidad alguna de defensa, hubo alevosía, lo que agrava la pena.

Por esa razón, la defensa, ejercida por Joaquín Ródenas, insistió en aclarar si pudo repeler el ataque de algún modo que no haya dejado rastro en su cuerpo, para intentar reducir esos 20 y 22 años que piden por asesinato las acusaciones pública y particular, respectivamente, a una pena considerablemente inferior si se queda en un homicidio no agravado por la alevosía.

Huellas y pisadas en la huida

En una de las periciales, los miembros de la Policía Científica, confirmaban que las huellas y pisadas en sangre extraídas de la escena del crimen, en concreto, en las escaleras que dan acceso desde la calle Eduardo Primo Yúfera a la pasarela peatonal del puente de Las Moreras, es decir, donde se produjo ese ataque mortal de necesidad, tenían un patrón que coincide con las del acusado. Explicaron cómo analizan el desgaste de unas zapatillas y la relación con la persona que las usa, así como las pisadas sobre el reguero de sangre y las que había en las suelas, dictaminando su compatibilidad con las del fallecido.

Las pisadas en la escena del crimen ponen de manifiesto -por su trayectoria- que las hubo en ambos sentidos de la marcha. Ello fue porque, una vez se desplomó la víctima, el verdugo regresó sobre sus pasos pisando la sangre y dejando las marcas de sus zapatillas, tal como refrendaron los testigos que lo vieron huir hacia el Oceanogràfic, a 470 metros de esas escaleras, en Eduardo Primo Yúfera.

Fue ahí, en su huida, cuando el acusado intentó esconderse y deshacerse de las prendas que le podían incriminar. De hecho, un policía local de Boadilla del Monte (Madrid) que pasaba unos días con su familia en València y salía de visitar el Oceanogràfic aportó detalles de su huida y explicó que lo vio meter una camisa blanca enrollada dentro de un bidón, en el tejado de una caseta sin uso. Gracias a esa información, agentes de la Policía Nacional recuperaron del interior del bidón la camisa, de manga larga y con una distintiva rosa roja en la parte superior izquierda, y se la llevaron para su análisis.

Consciente de las pruebas por primera vez

El frotis realizado en la parte interior del cuello reveló ADN del acusado -en mezcla con el de otro varón desconocido, alguien con quien "debió compartir la prenda", explicó una agente-. Además, aislaron una pequeña mancha de sangre, que resultó ser de José Andrés Peña.

En esa inspección ocular, también se aislaron ocho huellas dactilares de Felipe B. B. en la caseta en cuyo tejado fue visto el acusado cuando tiraba la camisa tras el crimen. En un tapacubos que usaba para tapar el agujero que daba acceso al tejado se encontraron hasta cuatro improntas, dos en la cara interna y dos en la externa; otras dos, en una cinta adhesiva del interior de la caseta; y las dos restantes, una en el marco superior de la puerta y otra dentro de la caseta.

En esta tercera sesión, por primera vez, el acusado, quien hasta ahora ha seguido negando su implicación en el crimen, parece haber sido consciente por primera vez de ese rosario de pruebas científicas que lo acorralan, tras escuchar a los policías y a los forenses. Hoy, viernes, será su turno para declarar.

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