Crimen en València
La Fiscalía pide casi 100 años de cárcel por la encerrona mortal del pianista del culto evangélico de Natzaret 'ofendido' por una mujer
El Ministerio Público solicita la misma pena para los tres implicados, 20 años por el asesinato de Antonio Flores de Castro, de 24 años, y 12 más por el intento de asesinato de su hermano Israel, qe tenía solo 16 años
Los acusados son el teclista, que quiso vengarse de la madre de sus víctimas por decirle con un gesto que dejara de tocar, su hijo y su suegro, que con un garrote protegió la agresión para que nadie pudiera ayudar a los hermanos

Familiares de Antonio e Israel Flores, a las puertas del Hospital La Fe, tras el acuchillamiento de ambos en Natzaret. / Fernando Bustamante

Que los asesinatos, a sus escasos 24 y 16 años de vida, de los hermanos Antonio e Israel Flores de Castro, durante un culto evangélico en València en abril de 2025, fueron una encerrona salvaje, planificada durante cinco días y ejecutada para que ninguno de ellos pudiera salvarse -por fortuna, el pequeño acabó esquivando a la muerte de manera casi milagrosa- era algo ya sabido durante la investigación policial y judicial. La novedad es que ahora la Fiscalía le ha puesto precio, en forma de años (casi 100 entre los tres), a la acción criminal presuntamente cometida por los tres acusados: uno de los teclistas del culto en la iglesia evangélica de Natzaret, Diego M. M., de 42 años en aquel momento; su hijo José M. M., de 21; y el suegro del primero y abuelo del segundo, Joaquín M. M., de 67.
Hubo un cuarto implicado, el hijo menor de Diego, pero contra él no se han podido dirigir las acusaciones porque en ese momento tenía 13 años, uno menos de los que exige la ley para hacerle responder penalmente de un delito, por grave que sea, y este lo es. Para los otros tres, el acusador público pide 32 años para cada uno de ellos: 96 años en total.
¿El móvil? Que la madre de las víctimas le había pedido a Diego, el teclista, silencio con un leve gesto durante la misa del domingo anterior porque en ese momento no debía tocar. "A mí, una mujer no me manda callar". Así lo escribió en el chat de Whatsapp de la iglesia. Fue el anuncio de un crimen vil y cobarde.
Escalada de amenazas
Los hechos, recuerda el fiscal especial de jurado que llevará la acusación pública en el juicio que probablemente se celebre a finales de este 2026, comenzaron a gestarse durante ese culto celebrado el domingo, 27 de abril de 2025, en el bajo que ocupa la Iglesia Evangélica de Natzaret, en el número 38 de la calle Castell de Pop, una de las arterias principales de este barrio de los Poblats Marítims de València. "El acusado Diego M. M. se sintió agravado durante el culto por Rosario C. C., componente del coro, al haberle indicado esta con una señal de silencio que no tocara el teclado musical por hacerlo a destiempo".
Antes que Rosario, ya le había hecho el mismo comentario el guitarrista, pero era hombre y no le ofendió. De hecho, el acusado "recriminó a la mujer su acción ante familiares y personas próximas a ella". Y no solo eso. "En los días siguientes", rememora el fiscal, "se sumaron a las recriminaciones los también acusados José M. M. [hijo del anterior] y Joaquín M. M., haciéndolas extensivas a la familia de Rosario, con amenazas graves contra todos sus miembros".
Buena parte de esas amenazas, incluida la frase de "a mí una mujer no me manda callar" las vertieron en ese chat de grupo. La situación se fue tornando cada vez más difícil y el miércoles, 30 de abril, "ante el cariz que tomaba la situación", la familia de Rosario aceptó la recomendación que recibieron de "no acudir a la iglesia durante un tiempo para evitar incidentes".
El engaño: "No os va a pasar nada"
Sin embargo, un día más tarde, el jueves, cambiaron de opinión porque "personas próximas a los acusados" les hicieron llegar un mensaje: que "el problema estaba arreglado, que no les pasaría nada y que no dejasen de asistir al culto por ello". ¿Era sincero? ¿O la planificación torticera para tener a Rosario a su merced al día siguiente, viernes? Por mucho que lo nieguen, tal como discurrieron los hechos, todo apunta a lo segundo.
Ese viernes, 2 de mayo, Rosario acudió "confiada" a la celebración religiosa, acompañada de su marido, Luis, y dos de sus tres hijos, Antonio e Israel. Eran las siete menos cuarto de la tarde. Los padres entraron en la iglesia y los chicos optaron por permanecer en la antesala, donde iban a esperarles hasta que salieran. No lo sabían, pero con ese gesto se quedaron a merced de la jauría.
Al poco, llegaron el pianista, sus dos hijos de 21 y 13 años y su suegro. Los tres primeros, "portando, ocultas, sendas navajas" y el suegro, Joaquín, además, "una garrota de grandes dimensiones". Ajenos a lo que se les venía encima, Antonio e Israel, que "no portaban arma ni efecto alguno y no tuvieron posibilidad de reacción ni defensa" ni siquiera se movieron cuando los otros entraron en la iglesia.
Ataque en manada
Afirma, de hecho, el fiscal que padecieron un "ataque sorpresivo", sin capacidad de evitarlo o defenderse por cuanto la acción fue realizada "por cuatro personas armadas en actuación conjunta y simultánea".
Instantes después de haber accedido al interior, posiblemente al convencerse de que allí dentro no podían tocar a Rosario, su objetivo inicial, optaron por vengarse de ella matando a sus hijos. Y salieron a esa antesala donde seguían los chicos. Eran poco más de las siete. Los tres acusados y el menor de 13 años, empuñando cada uno de ellos las navajas que llevaban, rodearon a Antonio y a Israel "con el propósito de matarles".
Continúa el relato el acusador público detallando que "les arrinconaron entre los cuatro y, mientras Joaquín M. M. movía la garrota de grandes dimensiones que llevaba para impedir que nadie se les acercara, atacaron a ambos: Diego M. M. clavó su navaja a Antonio [a quien doblaba la edad] en el hemitórax derecho y en la región glútea, y José M. M. clavó la suya a Israel en el abdomen, en el estómago y en el costado izquierdo".
Con el revuelo, alguien avisó a los padres, que salieron corriendo de la iglesia. Encontraron a sus hijos malheridos, en el suelo, sobre la sangre que no dejaba de manar. Los atendieron como pudieron y, sin esperar a las ambulancias porque la vida se les iba, los metieron en sendos coches y los llevaron al Hospital La Fe. Eran las 19.38 horas.
Buscaban una muerte segura
Antonio murió al poco. El navajazo en el pecho le atravesó el pulmón y le destrozó el corazón. La punzada buscaba una muerte segura. Los médicos firmaron la defunción a las 20.50 horas.
Israel hubiera seguido el mismo camino de no haberlo llevado tan rápido al hospital. Los médicos dejaron claro en su informe, y lo repetirán en el juicio, que las heridas de cuatro centímetros en el flanco izquierdo y de tres en la región epigástrica eran "mortales de necesidad", y que "de no haber mediado esa rápida intervención", habría fallecido. La sucesión de lesiones que le causaron, que el fiscal desploma en su escrito como una letanía a lo largo de 23 renglones que hielan la sangre, no deja lugar a la duda:
Estuvo ingresado en Reanimación, la antesala de la UCI, pasó 22 días hospitalizado, luchando por su vida, pendiente de no sufrir una más que probable infección y aún tardó 90 días, tres meses, en acabar de curar. Y sigue teniendo secuelas que quedarán para siempre: dos cicatrices de 30 y 12 centímetros que le atraviesan la tripa, y trastornos neuróticos y de estrés postraumático que han obligado a posponer una y otra vez su declaración porque no podía revivir aquello.
El abuelo consiguió la libertad
Diego y su hijo José fueron detenidos por el grupo de Homicidios de la Policía Nacional de València en Málaga a los tres días de los hechos, mientras Israel aún estaba al borde de la muerte. Joaquín, en Alzira, el 14 de mayo.
Los dos primeros siguen en prisión provisional; al tercero, el abuelo, que tiene antecedentes por blanqueo de capitales, el juez le dejó salir en libertad provisional al poco. A los tres los considera el fiscal autores de un delito de asesinato y de otro de asesinato intentado. Por el primero, les pide 20 años de cárcel; por el de Israel, otros 12. En total, 32 años para cada uno.
Además, les exige que indemnicen a Rosario y a Luis, los padres, con 200.000 euros a cada uno. Al otro hijo del matrimonio, el mayor de los tres, que aquel día no estuvo, le deberán pagar 30.000 euros. Y a Israel, otros 30.000 por los daños morales ocasionados por la muerte de su hermano Antonio y por las heridas y secuelas sufridas en sus carnes, otros 40.200 euros. Sumándolo todo, 520.000 euros que deberán pagar entre los tres, partes iguales.
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