Crimen a golpes en València
"Mi sobrino Harold entró con 2.000 euros en ese bar y después de que lo matara el dueño, ya no los tenía"
La familia del joven asesinado a golpes en el restaurante La Esquina Tropical cree que su presunto asesino lo mató para robarle
La madre de Harold estuvo en el restaurante tomando bebidas con su hijo y el hombre que lo mataría a golpes hasta unas horas antes del crimen
Harold Esteban había gastado más de 30.000 euros en ropa de firmas de lujo y un rólex por encargo de su tío, un exitoso ganadero en Colombia: "Era como un hijo para mí"

Levante-EMV / Imágenes cedidas por la familia de Harold

Giro inesperado de guion en el crimen del bar colombiano del barrio valenciano de Ayora La Esquina Tropical. Sí hubo un ladrón, sí hubo un robo y sí fue sorprendido en plena sustracción, pero con los protagonistas, víctima y autor, invertidos respecto de la versión que dio a la Policía Nacional y al juzgado el presunto asesino y propietario del local, Hugo A. M., de 62 años. Es la familia de la víctima, especialmente su tío Hugo Pulido Peña, un conocido empresario ganadero del departamento del Tolima, quien sostiene esa versión, más coherente con la situación económica de víctima y verdugo y, sobre todo, con las circunstancias del crimen.
Pulido explica que este era el primer viaje de Harold Esteban, que tenía solo 20 años, a España en cuatro años para ver a su madre Liliana, desde que ella se fue de Colombia, tras separarse de su marido y hermano del ganadero, Eduwin Alexander. "Harold era un niño, le faltaba mucho por madurar, y un niño muy cariñoso. Yo lo llamaba Oso Yogui. Para mí era como un hijo. Se quedó acá en mi casa, en la hacienda, cuando su madre se fue a España". La mujer se instaló en València, donde ya vivía la hija mayor, fruto de una relación anterior.
Harold cursaba estudios de Tecnólogo en Radiología e Imágenes Diagnósticas en Ibagué, la capital tolimense, financiado por su tío Hugo -coincidencias retorcidas del destino, una de las personas que más quería al joven comparte nombre con su presunto asesino-. En junio, quiso que viajara y le pagó el vuelo para ir a ver a su madre. Salió de su país el 24 de junio y debía regresar el 6 de julio, pero "me pidió quedarse unos días más y no supe decirle que no". La nueva fecha de regreso era el 14 de agosto. Pero nunca llegó.

Harold, durante su viaje a València, en una foto tomada en un Cercanías. En el regazo lleva, orgulloso, el iPhone 17 nuevo. / Levante-EMV
Lo pagó todo con las tarjetas
"El chico llevaba 2.000 euros en efectivo, de los que 1.900 eran en billetes de 50 y el resto, un billete de 100. Y algo de pesos colombianos en monedas. Pero él no gastó nada de ese dinero, porque todo lo que compró lo pagó con las cuatro tarjetas bancarias que llevaba. Una, era la suya de débito, y las otras tres mías, dos de crédito y una de débito". No solo no quería que su sobrino pasase necesidades, sino que, además "yo le hice encargos de ropa de marca, porque son prendas que acá no llegan y a nosotros nos sale a cuenta comprarlas cuando vamos a Europa".
Harold compró en esas primeras semanas prendas de Gucci, calzado y cinturones de Louis Vuitton y ropa y complementos de otras firmas de lujo por valor de más de 30.000 euros, así como un Rolex Daytona, todo ello para su tío Hugo, así como un iPhone 17 Pro Max para sí mismo, su gran capricho.
"Lo pagó todo con mis tarjetas de crédito, aquí tengo todos los extractos de esas compras. Y aún le quedaba dinero. Todo lo que consumió y compró para él en Valencia lo pagó con las tarjetas, porque para nosotros es mucho menos costoso que pagarlo en euros por las comisiones que nos cobran y lo que nos cuesta comprar la moneda europea; él lo sabía bien", razona con lógica el tío. Y por eso y "porque yo lo hablé con él en esos días, cuando me decía cómo le iba, sé que no había tocado los 2.000 euros".

Levante-EMV / Imágenes cedidas por la familia de Harold
"Ni siquiera estaban las monedicas"
Sin embargo, cuando en el juzgado le entregaron los efectos personales del fallecido a la madre "la cartera estaba con todas las tarjetas, pero no había ni rastro del dinero. Nada. Ni siquiera las monedicas en pesos que llevaba. ¿No le parece muy raro? Alguien se robó ese dinero, porque no está en ningún sitio. La mamá hasta me mandó una foto de la cartera abierta para que acá viéramos que no estaba el dinero". En realidad, a Hugo Pulido Peña ni le hace falta ese dinero ni le importa su desaparición, salvo porque puede ser la clave del asesinato de su 'Oso Yogui'.
Así las cosas, ¿qué pasó en ese bar? ¿Y con el dinero que Harold llevaba en la cartera? El grupo de Homicidios de la Policía Nacional de València tiene la certeza de que el presunto asesino, Hugo A. M., en prisión por estos hechos desde el pasado 7 de agosto, nunca llegó a salir del establecimiento después de matar a golpes al chico. Pero lo cierto es que la cartera estaba en el pantalón de la víctima y dentro no había ni un céntimo.
¿Pudo dejarlo en casa? "Yo le pregunté a su mamá, y me dijo que no. Y Harold siempre lo llevaba encima porque no se fiaba de que alguien se lo pudiera quitar; eso me lo dijo varias veces".

Imagen que la madre de Harold envió a su excuñado para mostrar que en la cartera ya solo estaban las tarjetas, / Levante-EMV
¿La víctima propicia?
La existencia de los 2.000 euros no es el único dato que revela su familia. Por mucho que alguien lo dijera en los primeros momentos, Liliana y el presunto asesino de su hijo, Hugo A. M., no eran pareja. Se habían conocido dos días antes del crimen. Al parecer, el boyante restaurante La Esquina Tropical, con magníficas reseñas en Google por la calidad de su comida, ya no lo era tanto desde que se le había ido la cocinera que tenía. Por la actitud del dueño hacia ella, al parecer.
Por esa razón, Hugo A. M. llevaba un tiempo buscando una nueva cocinera. Y dio con Liliana. Quedó con ella para cerrar el trato el martes, 4 de agosto, en el restaurante. "Le dijo que la invitaba a almorzar. A ella, a Harold y a las niñas", las nietas de Liliana. Eso es lo que ella le ha contado a Pulido Peña.
Lo cierto es que para entonces todos habían visto que Harold disponía de dinero y de un elevado poder adquisitivo. Y sabían que las cosas a su tío en Colombia le iban muy bien con su cabaña, compuesta por una prestigiosa explotación lechera de vacas frisonas y otra de reses cebuínas de competición, así como por su exitoso negocio agrícola.
El asesino llamó a la madre
Llegaron a mediodía y, "según me contó a mí la mamá de Harold, nada más acabar de comer, el señor del bar abrió una botella de whisky y empezaron a tomar". La sobremesa se convirtió en velada y, "sobre la medianoche, ella dijo que se iba a llevar a las niñas a la casa para acostarlas". Harold le dijo que él se quedaba y, si las cosas sucedieron como se las ha contado Liliana a su excuñado y a la Policía, ella ya no volvió.
Pasadas las nueve de la mañana, cuando Harold llevaba más de tres horas muerto, tirado en el suelo del restaurante, con la cabeza abierta y la cara destrozada a golpes, Hugo A. M. hizo dos llamadas. Una, a su hija, diciéndole que avisase a la Policía porque había matado sin pretenderlo a un ladrón y otra a Liliana "en la que dice que le dijo que había matado a su hijo". Después, él mismo llamó al 091, la sala de control de la Policía Nacional, con la misma cantinela: la del robo.
"Ni era un ladrón ni necesitaba robar"
A los primeros policías volvió a decirles que había pillado al joven intentando robarle, pero, pasadas las primeras 24 horas, la palabra robo, desapareció. Ante su abogada, la penalista Nati García, dijo que ambos habían consumido grandes cantidades de alcohol y drogas, entre ellas cocaína, que él se había quedado dormido y que, de pronto, se había despertado y que Harold, sin venir a cuento, le había atacado por la espalda, así que solo se había defendido. Y ello, a pesar de que él le triplicaba la edad y le doblaba sobradamente el peso a la víctima, por no hablar de los más de 15 centímetros de diferencia de estatura: 1,65, la víctima; más de 1,80 su verdugo.
"No tiene sentido", dice amargamente el tío del joven, que tiene claro que "su papá y yo vamos a llegar hasta el final. Caiga quien caiga, pero vamos a ir para averiguar qué pasó de verdad. Harold no era un ladrón. Ni lo era ni lo necesitaba, no necesitaba robar", remata el patriarca de una familia muy conocida en Tolima por, entre otras cosas, su acomodada situación económica.

Montaje jocoso con una imagen del clásico de Hanna-Barbara con Yogui y Bubú, con los nombres de tío y sobrino al fondo. / Levante-EMV
¿Defensa o encerrona?
La versión que sospecha la familia, y que encaja bastante más con la lógica, es justo la contraria de la esgrimida por el único que puede hablar de lo que pasó. Hugo Pulido cree que su sobrino fue víctima de una encerrona. Que lo emborracharon para quitarle el dinero. Seguramente, el chico, poco acostumbrado al alcohol, debió dormirse y en ese momento, creen ellos, Hugo A. M. le cogió la cartera para quitarle el dinero. Probablemente, el joven notó que le hurgaban en el pantalón y se despertó. Y se desencadenó la lluvia de golpes con la maceta y lo que tuvo a mano.
Durante las tres horas y media, como mínimo, que tardó en hacer las llamadas, la Policía ha constatado que empezó a limpiar. Un cubo de fregona con agua sanguinolenta y las marcas en el suelo y las paredes lo atestiguan. Pero, ¿qué más hizo? Dado que es casi seguro que no llegó a salir a la calle, ¿buscó un escondrijo seguro para el dinero? ¿Para luego revelarle a alguien dónde podría recuperarlo, por ejemplo?
La familia del detenido ya ha vaciado el bar
Agentes de la Policía Nacional realizaron un registro a fondo en el local y no se toparon con ese dinero. Sí con estupefacientes -gracias ello, se le ha podido imputar también tráfico de drogas- y con evidencias de todo tipo relacionadas con el crimen, pero si Hugo A. M. disponía ya de un escondite con anterioridad que solo él conocía, ahí debían seguir los 2.000 euros cuando el juzgado autorizó a los familiares del presunto asesino a entrar en el bar y llevarse cuanto quisieran, algo que hicieron ese mismo día.
Es difícil que los especialistas de Homicidios y Policía Científica, acostumbrados a saber qué huecos usan los delincuentes, no lo encontraran, pero no totalmente imposible. Y tampoco que otra persona pudiera disponer de ese dinero en esas tres horas antes de las llamadas a la Policía. La pregunta, en ese caso, es quién. O quiénes.
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