02 de mayo de 2019
02.05.2019
Ciudadano

La mesa camilla sin fin

01.05.2019 | 20:06
La mesa camilla sin fin

Una tarde cualquiera de esta semana, una vez me he quitado el miedo de encima, después de coger aire democrático y volver a respirar, necesito un momento de descongestión postelectoral. Con permiso del pactómetro que tanto buenos momentos me ha dado, ando buscando otro tipo de dialéctica, aún más ligera si cabe y no me cuesta encontrarla cuando zapeando me golpeo de frente con el guirigay por excelencia: un grupo de gente que brama con vehemencia, acompañados de los aplausos y ovaciones de un público, en su mayoría de edad madura y femenino, que ha gustado pasar la tarde en el mítico estudio 2 de Fuencarral. Desde allí la fábrica del entretenimiento más demandado en este país junto al fútbol, continúa diez años después de su estreno a pleno rendimiento. El «Sálvame» vespertino funciona como un tiro, a base del universo consolidado, habitado por personajes protagonistas, secundarios y también terciarios, que viven tramas a medio camino entre la ficción y la realidad. Para trabajar en este plató hay que llorar porque ganarse ese pan televisivo conlleva una exposición de la intimidad y dignidad tan grande que tiene mérito.

Andaban hablando de algo de presuntos sobornos a los colaboradores para hablar bien de personajes. La escena incluye a Kiko en un púlpito chillando, secundado cerca por el informador, de grandes músculos y vocabulario limitado. A su lado la Esteban dice algo pero no la entiendo porque tiene la boca llena, está merendado. Fuera de plató una cámara persigue a una agobiada Lydia Lozano y dentro, una llamada hace que Raquel Bollo llore en lo que tiene pinta de ataque de ansiedad?

Siento una mayor tensión cuando de repente, sin venir a cuenta suena «Llegó el borracho, borracho» de la estrella de la cadena Bertín Osborne. Mientras el público baila la ranchera, todo adquiere un aire psicotrópico porque la realización usa un efecto caleidoscopio propio del mismísimo Lazarov en los 70 y es entonces cuando alucino, literal?

La cosa sólo se calma cuando llega el momento de rentabilizar tanto jaleo y vender implantes dentales para dar paso a más publicidad, punto en que decido que ya he tenido bastante y abandono la mesa camilla espectacular, como la vida misma.

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