Psicología
Las malas palabras pueden hacerte más fuerte
La ciencia lo confirma: decir malas palabras puede aliviar el dolor y aumentar la fuerza en determinados contextos

Un nuevo estudio científico concluye que el uso de malas palabras, en contextos específicos, puede mejorar el rendimiento físico, reducir el dolor y ayudar a regular emociones. / Crédito: Unsplash/CC0 Public Domain.
Pablo Javier Piacente / T21
Las groserías y las malas palabras pueden mejorar el rendimiento físico de las personas, al ayudarlas a superar sus inhibiciones y esforzarse más en pruebas de fuerza y resistencia, según una reciente investigación. No se trata de usarlas habitualmente, sino de tenerlas en cuenta cuando necesitamos una "descarga" emocional, y sin agredir a otras personas.
Las malas palabras han sido consideradas desde siempre como un sinónimo de mala educación, falta de autocontrol o simple vulgaridad. Sin embargo, una creciente línea de investigación científica sugiere que las groserías, cuando se emplean en el contexto adecuado y de forma consciente, pueden tener beneficios psicológicos y fisiológicos reales.
Según una nota de prensa de la American Psychological Association (APA), en Estados Unidos, y un estudio publicado en la revista American Psychologist, este tipo de uso de las malas palabras puede facilitar la regulación emocional, aumentar la tolerancia al dolor y favorecer vínculos sociales en situaciones específicas.
“En muchas situaciones, las personas se abstienen, consciente o inconscientemente, de utilizar toda su fuerza. Decir algunas malas palabras es una forma fácilmente disponible de ayudarte a sentirte concentrado, seguro y menos distraído, para así poder avanzar un poco más”, indicó en el comunicado el primer autor del estudio, el Dr. Richard Stephens, de la Universidad de Keele, en el Reino Unido.
¿Una grosería como "analgésico" emocional?
Los especialistas señalan que, cuando se usan con intención y en contextos informales, las palabras soeces cumplen funciones comunicativas importantes: sirven para liberar tensión, señalar límites o expresar urgencia. El nuevo estudio académico refuerza esta idea, al mostrar que, en escenarios controlados, los participantes expuestos a insultos autoaplicados toleraron mejor el dolor y reportaron una sensación momentánea de alivio.
Esta investigación se suma a décadas de estudios previos sobre el llamado efecto hipoálgico (reducción del dolor) asociado al uso de malas palabras. En diferentes trabajos científicos previos, los voluntarios que repetían groserías mientras sumergían la mano en agua helada pudieron tolerar el dolor por más tiempo.
Este beneficio fisiológico fue observado incluso cruzando barreras culturales y lingüísticas: en un estudio de 2017, grupos de diferentes procedencias mostraron un aumento en la tolerancia al dolor al usar malas palabras, lo cual sugiere que el efecto no depende únicamente de normas sociales específicas, sino que podría tener raíces psicológicas y neurológicas comunes.
El efecto de las malas palabras sobre el dolor y el estrés
Las groserías que se expresan ante una situación estresante, como por ejemplo sentirse frustrado por una lesión o por una pérdida momentánea de control, activan una respuesta fisiológica que puede traducirse en alivio inmediato. Además, las malas palabras funcionan como un "atajo emocional": condensan y transmiten estados intensos, que tardaríamos mucho más en articular con el lenguaje neutro o habitual.
Referencia
“Don’t Hold Back”: Swearing Improves Strength Through State Disinhibition. Richard Stephens et al. American Psychologist (2025). DOI:https://doi.org/10.1037/amp0001650
Sin embargo, los expertos advierten que el contexto cultural y social determina cuándo una grosería es liberadora y cuándo es ofensiva. En entornos profesionales, formales o donde la jerarquía se impone, el uso de este tipo de lenguaje puede deteriorar relaciones y reputaciones. Al mismo tiempo, la intención y la relación entre interlocutores es vital: una palabra fuerte dicha entre amigos puede reforzar la complicidad, mientras que la misma palabra dirigida a un desconocido puede ser interpretada como una agresión.
Los hallazgos indican que no deberíamos normalizar el uso de malas palabras como técnica de manejo del dolor o del estrés, ya que en otros contextos pueden ser perjudiciales. Los psicólogos recomiendan reconocer la función de las malas palabras y dejar espacio para estrategias complementarias de regulación emocional, como la respiración, el apoyo social o la reestructuración cognitiva.
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