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La paradoja climática

Europa y Norteamérica sufren sequías agrícolas pese a las lluvias: el cambio climático agrava el problema

Un estudio de la Universidad de Reading revela que el aumento de las temperaturas acelera la evaporación del suelo en primavera, lo que agrava la sequía agrícola en Europa y Norteamérica

Embalse de Buendía . Guadalajara. .

Embalse de Buendía . Guadalajara. . / Fernando Prieto. Observatorio de Sostenibilidad.

Alejandro Sacristán/T21

Madrid

En pleno cambio climático, Europa y Norteamérica se enfrentan a una paradoja: llueve más a lo largo del año, pero la sequía agrícola se agrava y se vuelve más persistente. Un estudio liderado por la Universidad de Reading muestra que el aumento de temperaturas acelera la evaporación y el secado del suelo en primavera, dejando los campos sin reservas hídricas cuando llega el verano y disparando el riesgo de crisis de seguridad alimentaria.

Durante décadas, los modelos climáticos han anticipado que un planeta más cálido contendría más vapor de agua en la atmósfera y, por tanto, precipitaciones globales más abundantes. Sin embargo, una nueva investigación liderada por la Universidad de Reading y publicada en Nature Geoscience muestra que, incluso en regiones donde las lluvias anuales aumentan, las sequías agrícolas se vuelven más frecuentes y severas. Europa occidental, Europa central y oriental, y el oeste de Norteamérica ya están entrando en esta fase paradójica, con implicaciones profundas para la seguridad alimentaria mundial.

Esta anomalía ya se refleja en las cosechas actuales. En 2023, España vivió uno de sus peores años agrícolas recientes, con pérdidas proyectadas de hasta el 50% en la cosecha de aceituna y fuertes caídas en otros cultivos. Italia, Grecia, Polonia y Rumanía afrontaron daños similares. Solo en 2023, el impacto económico de la sequía en la agricultura europea se estimó en miles de millones de euros, una cifra que probablemente es solo la punta del iceberg de lo que está por venir.

Cinco regiones en el punto de mira

La investigación identifica cinco regiones donde el cambio climático ya está provocando un aumento claro en la frecuencia de sequías agrícolas, configurando “puntos calientes” emergentes del riesgo:

  • Europa occidental: Las observaciones muestran un incremento de las sequías agrícolas y las proyecciones apuntan a un empeoramiento continuado durante la temporada de crecimiento.
  • Europa central y oriental: Entre 2000 y 2020 se ha observado un aumento significativo del riesgo, con proyecciones de hasta un 107% más sequías agrícolas hacia 2070–2090.
  • Oeste de Norteamérica: Los datos reflejan un aumento claro de la frecuencia e intensidad de las sequías, con previsiones de empeoramiento a lo largo del siglo. 
  • Sur de África: Episodios como la gran crisis hídrica de Ciudad del Cabo (2015–2017) ilustran la vulnerabilidad de la región y los modelos prevén un agravamiento del estrés hídrico y las sequías agrícolas.
  • Norte de Sudamérica/Amazonia: Las anomalías climáticas y los fenómenos extremos que antes se estimaban de recurrencia centenaria se están produciendo ya cada pocos años, con tendencia a intensificarse según las proyecciones.

Referencia

Emerging hotspots of agricultural drought under climate change. Emily Black et al. Nature Geoscience (2026). DOI:https://doi.org/10.1038/s41561-025-01898-8

La evaporación no espera a la lluvia

La clave de esta paradoja está en un proceso fundamental de la física climática: la evaporación. Un planeta más cálido no solo contiene más vapor de agua en la atmósfera; también incrementa la demanda de agua desde el suelo y la vegetación. Las temperaturas más altas aceleran la pérdida de agua del terreno y la transpiración de las plantas, un proceso conjunto conocido como evapotranspiración.

La investigación de Emily Black, Richard P. Allan y Pier Luigi Vidale (Universidad de Reading), junto con Caroline Wainwright (Universidad de Leeds), demuestra que en regiones como Europa y Norteamérica el calentamiento está impulsando un aumento de la evapotranspiración más rápido de lo que la lluvia adicional puede compensar, especialmente en las estaciones clave para los cultivos. El resultado es que el balance hídrico de la tierra se vuelve negativo justo cuando los cultivos más lo necesitan.

Durante la primavera, cuando los cultivos germinan y entran en su fase de crecimiento más intensa, las temperaturas elevadas secan el suelo más deprisa de lo que las lluvias primaverales pueden reponerlo. El suelo llega así al verano con menos humedad disponible, incluso aunque las precipitaciones de primavera hayan sido abundantes. Este mecanismo, repetido año tras año, configura un nuevo régimen de sequías estivales.

Este fenómeno es tan sistemático que los investigadores lo describen como un “secamiento primaveral que provoca sequías veraniegas”. Las grandes sequías europeas de 2003, 2010 y 2018 siguieron exactamente este patrón: primaveras inusualmente cálidas o secas que agotaron las reservas de humedad del suelo antes del máximo estrés térmico del verano, desencadenando pérdidas de cosechas, subidas de precios y daños económicos masivos.

El rompecabezas de los “regímenes evaporativos”

Para explicar por qué algunas regiones sufren esta dinámica y otras no, el equipo de Black propone un marco conceptual basado en los “regímenes evaporativos”: quién manda realmente en la velocidad a la que el suelo pierde agua.

  • En las regiones tropicales húmedas, donde el agua es abundante, la evaporación está limitada por la energía disponible (sol y calor). Más calor implica más evaporación, pero mientras la lluvia no caiga de forma drástica, la productividad agrícola puede mantenerse.
  • En las regiones áridas y semiáridas, dominadas por la escasez de agua, la evaporación está limitada por la humedad del suelo: la lluvia controla casi directamente cuánta agua se evapora y cuánta se almacena.
  • En las latitudes medias templadas, como Europa y gran parte de Norteamérica, el suelo suele tener suficiente agua para que las plantas funcionen con relativa normalidad, pero la demanda evaporativa del aire (incrementada por el calentamiento global) puede superar la capacidad del suelo para reponer esa agua con la lluvia.

En este último caso, las plantas siguen extrayendo agua del suelo, pero durante las primaveras cálidas esa extracción supera de forma sistemática la reposición, creando un déficit que se arrastra durante todo el periodo de crecimiento. Es un régimen especialmente peligroso porque afecta a algunas de las principales despensas agrícolas del planeta: los valles de California y las Grandes Llanuras en Norteamérica, el corazón cerealista y hortofrutícola de Europa, y regiones de altísima biodiversidad y producción en el norte de Sudamérica.

La memoria del suelo: por qué la primavera manda sobre el verano

Uno de los hallazgos más importantes del estudio es el papel de la “memoria de la humedad del suelo”, es decir, la capacidad del suelo para mantener anomalías húmedas o secas durante meses o incluso años. Debido a esa memoria, la sequía agrícola de una temporada no depende solo de lo que llueve en esos meses, sino de cómo llega el suelo al inicio del ciclo.

Los investigadores muestran que, a largo plazo, los cambios en la humedad del suelo durante la temporada de crecimiento se explican mejor por las condiciones previas (lo seco o húmedo que estaba el suelo al comenzar la temporada) que por la lluvia acumulada durante la propia estación. En otras palabras: el estado del suelo en primavera es un predictor más robusto del riesgo de sequía estival que la cantidad de lluvia que caerá en verano.

En las latitudes medias del hemisferio norte, y particularmente en Europa, la estación que domina esta memoria es la primavera (marzo-mayo). Las anomalías de humedad en primavera tienden a persistir, condicionando el riesgo de sequía agrícola durante todo el periodo de crecimiento y debilitando la capacidad del suelo para recuperarse dentro de la misma temporada. Esto obliga a replantear los sistemas de alerta temprana: vigilar el estado hídrico de primavera puede ser más relevante que seguir solo las previsiones de lluvia veraniega.

El coste económico y la adaptación necesaria

Según un reciente informe respaldado por la Comisión Europea y el Banco Europeo de Inversiones, la agricultura de la Unión Europea pierde ya de media unos 28.000 millones de euros al año por fenómenos meteorológicos extremos agravados por el cambio climático, equivalentes a alrededor del 6,4% de la producción agrícola anual. En los años especialmente adversos, este porcentaje puede superar el 10%, y la tendencia es claramente ascendente.

La sequía es el fenómeno más dañino, responsable de más de la mitad de las pérdidas climáticas en el sector agrario europeo. En países como España e Italia, los escenarios de riesgo apuntan a pérdidas potenciales de hasta 20.000 millones de euros anuales en años catastróficos si no se intensifican las medidas de adaptación. Si las tendencias actuales continúan sin cambios de calado, las pérdidas medias podrían superar los 40.000 millones de euros anuales hacia 2050, mientras que solo entre un 20% y un 30% de estos daños está actualmente cubierto por seguros, según el análisis de Howden.

Frente a esta realidad, el campo ya está adaptándose, pero de forma desigual. En España, por ejemplo, se han modernizado en las últimas décadas cientos de miles de hectáreas de regadío con inversiones públicas y privadas superiores a los 2.000 millones de euros, logrando mejoras en la eficiencia y reducciones significativas en el consumo de agua. Sin embargo, estas mejoras corren detrás de una atmósfera cada vez más demandante y de una recurrencia creciente de sequías.

Otras estrategias con más potencial transformador pasan por la reconversión hacia cultivos de secano más resistentes, la expansión de sistemas agroforestales (como las dehesas), la mejora genética orientada a la tolerancia al estrés hídrico y térmico, y el abandono de monocultivos en favor de rotaciones que incrementen la materia orgánica y la capacidad de retención de agua del suelo. Muchos climatólogos y ecólogos coinciden en que la batalla contra el calentamiento global ya no se juega solo en la mitigación, sino en una adaptación profunda de los sistemas agrícolas, como detalla el informe del IEEP sobre resiliencia climática en olivares españoles.

Impacto global

La investigación de Black y colegas recalca que el riesgo de sequía agrícola está aumentando “no solo en el Sur Global, sino también en las regiones extratropicales”. Europa y Norteamérica, grandes productores y exportadores netos de alimentos, se convierten así en eslabones vulnerables de la cadena alimentaria global: cuando sus cosechas fallan, los precios internacionales suben y las tensiones sobre la seguridad alimentaria se amplifican.

Las sequías en aumento en Europa, Norteamérica y el sur de África apuntan a una aceleración del riesgo en las próximas décadas. El tiempo para desplegar inversiones en tecnología agrícola, diversificación de cultivos, sistemas de adaptación y mecanismos de protección financiera es limitado, y la industria aseguradora muestra un creciente pesimismo sobre su capacidad para asumir sola este riesgo sistémico.

Es probable que una parte sustancial de la protección deba ser de carácter público si se quiere evitar una crisis de seguridad alimentaria sin precedentes en el siglo XXI.

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