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Ciencia Ambiental Aplicada

Los perros emiten contaminantes del aire interior a niveles comparables a los de un adulto

Un estudio revela que los perros emiten contaminantes como dióxido de carbono, amoniaco y partículas, a niveles comparables a los de una persona adulta, afectando a la calidad del aire interior

Los perros contaminan tanto como los adultos humanos.

Los perros contaminan tanto como los adultos humanos. / Agencias.

Redacción T21

Madrid

Los perros son fuentes activas de contaminantes del aire interior (gases, partículas, compuestos volátiles y microorganismos) a tasas comparables a las de una persona adulta, con implicaciones que los estándares actuales de calidad del aire en edificios ignoran por completo.

Un estudio publicado en Environmental Science & Technology revela que el animal de compañía es una fuente significativa de contaminantes del aire interior, capaz de emitir dióxido de carbono, amoniaco, partículas y microorganismos a tasas comparables —e incluso superiores— a las de una persona adulta sentada.

Los investigadores, liderados por el laboratorio de Entornos Construidos Orientados a las Personas de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), colocaron grupos de perros de distintos tamaños en una cámara climática controlada de 62 metros cúbicos y midieron exhaustivamente qué emitían al aire durante dos horas, con y sin ozono en el ambiente. Participaron cuatro chihuahuas y tres perros de gran tamaño: un mastín tibetano, un terranova y un mastín. Los dueños también fueron medidos solos, como grupo de control, con el mismo protocolo.

Cuestión de tamaño

Los resultados varían considerablemente según el tamaño del animal. Un perro grande puede emitir dióxido de carbono a una tasa de unos doce litros por hora, equiparable a la de un adulto sedentario; en cambio, un perro pequeño emite apenas un tercio de esa cantidad. Para el amoniaco, que procede del metabolismo proteico, las diferencias también son notorias: el perro grande llega a casi dos miligramos por hora, mientras que el pequeño se queda en torno a 0,5. Ambos valores encajan dentro del rango humano típico, lo que confirma que estos animales son fuentes metabólicamente activas, no meros ocupantes pasivos del espacio.

Más llamativo resulta el papel de los perros como fuente de partículas en suspensión. Aunque su superficie corporal es menor, un perro pequeño emitió más partículas de entre 1 y 10 micrómetros por hora que su dueño, probablemente porque los animales más pequeños se mueven con más agitación. El pelaje actúa como un vector de transporte: recoge partículas del exterior durante el paseo y las libera en casa al moverse o ser acariciado. El estudio señala que estas partículas más gruesas se depositan relativamente rápido en superficies, pero pueden resuspenderse fácilmente con el movimiento y alcanzar la zona de respiración de las personas.

Referencia

Our Best Friends: How Dogs Alter Indoor Air Quality. Shen Yang et al. Environmental Science & Technology 2026. DOI:https://doi.org/10.1021/acs.est.5c13324

Reactor químico involuntario

El escenario se complica cuando hay ozono presente en el ambiente, algo que ocurre en muchos hogares urbanos por la infiltración de aire exterior contaminado. Al acariciar a un perro, los aceites de la piel humana se transfieren al pelaje del animal; cuando el ozono entra en contacto con esas sustancias depositadas en el pelo, se desencadenan reacciones químicas que generan compuestos orgánicos volátiles y nanoclústeres de aerosol ultrafino. En esencia, el perro acariciado actúa como un reactor químico involuntario que amplifica los procesos que el ozono ya desencadena directamente sobre la piel humana.

En cuanto a la dimensión microbiana, los perros grandes duplicaron la tasa de emisión de bacterias Gram-negativas respecto a sus dueños, y ambos grupos superaron a las personas en la emisión de hongos. La llegada de los animales a la cámara no solo aumentó la cantidad total de microorganismos, sino que transformó la composición de la microbiota aérea: aparecieron géneros típicos de la piel y el entorno canino, como Corynebacterium y Psychrobacter, que no estaban antes o eran marginales. Los perros, en definitiva, no solo traen microbios propios; también funcionan como transportistas de microorganismos del exterior.

Química compartida

Las implicaciones prácticas son relevantes. Las normas actuales de calidad del aire interior, los modelos de ventilación y los estándares de los edificios habitados no contemplan a las mascotas como fuentes de emisión. Dado que la tenencia de perros no deja de crecer en todo el mundo, los autores argumentan que es urgente incorporar esta variable en el diseño de sistemas de ventilación y en las evaluaciones de exposición ambiental en interiores.

La pregunta sobre si todo esto es bueno o malo para la salud sigue sin respuesta clara —la evidencia sobre el efecto protector de los perros frente a alergias y asma sigue siendo contradictoria—, pero el estudio deja fuera de duda que compartir casa con un perro significa compartir también su química.

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