07 de diciembre de 2018
07.12.2018

Del sur de Francia a México

07.12.2018 | 04:15
Del sur de Francia a México

Fue en el mes de enero de hace exactamente dos años cuando iniciamos en casa los debates sobre cuál sería nuestro siguiente destino. En aquellos momentos vivíamos en el sur de Francia, donde llevábamos ya casi tres años, y mi marido, diplomático, creía que era el momento de moverse. Como madre de dos niñas pequeñas me mostraba más conservadora y no veía demasiado las virtudes de trasladar a la familia con tanta premura.

-¿Por qué no nos quedamos un año más en Francia, las niñas están integradas y nosotros no estamos mal?- le comentaba yo a mi marido.
Pero él no lo veía nada claro. Tarde o temprano debíamos dejar Francia y para él había llegado el momento. Y no es que estuviéramos a disgusto pero el lugar tenía sus limitaciones. Además queríamos que las niñas cursaran sus estudios en inglés y no en francés, y la ciudad no ofrecía ninguna alternativa. Yo era consciente que cuanto más demoráramos el cambio más complicado se les haría a mis hijas la adaptación a un sistema educativo diferente. Coincido con mi marido en que el principal atractivo de la vida del diplomático es el de vivir diferentes vidas, circunstancia que está llena de ventajas aunque de un gran esfuerzo de adaptación. El caso es que me convenció, nos metimos en el famoso «bombo» y empezamos a barajar las alternativas que teníamos. Los meses entre enero y abril fueron delirantes. Valorábamos alternativas tan dispares como Myanmar, Georgia, Sudáfrica, Cuba, Australia o Bolivia.

Soñábamos por todo el mundo. La única limitación real era la de no poder repetir Europa occidental. La decisión no era irrisoria, no íbamos de visita, íbamos a VIVIR en aquellos lugares. El vértigo a veces me superaba. Había que tener en cuenta infinidad de variables: puesto laboral, colegios de las niñas, ocio, seguridad del país, sistema sanitario, conexiones aéreas con España, precio de esas conexiones... ¡buff! un sinfín de cosas. Toda una responsabilidad. Y mientras hacíamos esas valoraciones e íbamos contactando con escuelas de todo el mundo o mirando cómo estaba el mercado inmobiliario en tal o cual ciudad, aprendíamos un montón de cosas y disfrutábamos. ¡Qué diverso es el mundo! Finalmente hacia el mes de febrero salió la opción de Monterrey, México. Nada más verlo lo vimos claro.

Nos sonó muy bien. Era una opción ideal para nuestras hijas porque en México se lo iban a pasar bomba y las podíamos inscribir en un buen colegio. Además el país es muy interesante culturalmente, vivo, cercano y con gran presencia española. Presentaba el inconveniente de la inseguridad que luego, una vez instalados aquí, hemos visto que estaba algo distorsionado.

Poco después de Semana Santa recibíamos la confirmación del Ministerio, nos íbamos a Monterrey. Comenzó entonces una nueva fase. Todo lo que habíamos estado investigando debía concretarse en los dos meses siguientes: matrículas de las niñas, búsqueda de la casa, mudanza... Una verdadera trabajera. A finales de junio un enorme contenedor llegó a la puerta de casa para llevarse nuestras cosas vía marítima. Ahí me percaté que ya no había marcha atrás. Nos despedimos de Francia y de Europa, yo con lágrimas en los ojos y el resto de la familia contenta de iniciar la nueva aventura. Dejábamos atrás familia, amigos, colaboradores muy queridos y tres años de anécdotas. Un México misterioso pero seductor se alzaba ante nosotros.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook