31 de mayo de 2019
31.05.2019

EL FARO DEL COACH

Perdonarme

31.05.2019 | 04:15
Perdonarme

Hace unas semanas nos sucedió algo muy duro, algo totalmente inesperado y ajeno a nuestro control. Estábamos impartiendo un taller a un grupo de casi treinta personas, sobre empoderamiento y, por tanto, sobre el poder de reconocer y aceptar la vulnerabilidad, como paso previo al empoderamiento real. Disponíamos de una sala grande, donde habíamos habilitado «zonas» de trabajo y acabábamos de terminar la actividad en una de las zonas, por lo que nos estábamos desplazando a otra de ellas. Entonces me percaté de que una de las asistentes estaba con tez pálida acurrucada en el espacio que nos disponíamos a ocupar. Le pregunté si se encontraba mal, a lo que me respondió que «bastante». No le dije nada más, y la siguiente imagen que tuve de ella fue ya tumbada en un sofá que había en la sala. Yo ni siquiera había visto cómo se había trasladado hasta el sofá.

Por mi parte y con las casi treinta personas restantes tenía programado realizar un ejercicio que suele tener cierto grado de intimidad. Comenzamos bien, pero enseguida empecé a notar cómo había cierto revuelo en la sala y resultaba prácticamente imposible generar el clima de intimidad entre las personas, que iban y volvían constantemente a ver qué le sucedía a la persona indispuesta. Incluso, les pedí concentración y presencia, y en alguna ocasión hasta les invité a callarse.

Pensábamos que tenía una migraña fuerte, pero, por suerte, alguien decidió que mejor avisar a una ambulancia. Llegó una ambulancia, la examinaron y se la llevaron urgentemente a un hospital, no respondía a ningún estímulo. Con todas las emociones que aquello había despertado en cada uno de nosotros y, tras expresar nuestro pesar, decidimos suspender el taller y la gente se fue de allí en cierto estado de shock. Detecté en alguna persona, incluso, algo de rabia, que interpreté como enfado conmigo por haber tratado de continuar inicialmente la actividad.
Yo me quedé muy apenada. Muy apenada por la persona joven que acababan de llevarse en un estado, previsiblemente, muy grave. Muy apenada por no haber sabido valorar, en un primer momento, dicha gravedad y haber querido continuar con aquello para lo que me habían contratado. Muy apenada porque normalmente alardeo de mi capacidad de hacer frente a los imprevistos y sentía que no había sabido ponerla en juego hasta que decidimos interrumpir la sesión. Muy apenada por haber podido dar una imagen de falta de sensibilidad que no me caracteriza en absoluto. Lo único que fui capaz de declarar ante todas las personas que participaron fue había tratado de gestionar la situación lo mejor que había sabido...

Me recordó a mi pasado liderando equipos, y a aquellos líderes solitarios que, en su afán por cumplir con su deber, no se percatan de cosas importantes que están sucediendo a su alrededor. No al menos antes de que algunas personas puedan pensar que carecen de interés por la salud de las personas y de empatía. En mi caso puedo asegurar que no era así y sospecho que no lo suele ser en la mayoría de los casos.
El resto del día fui como una zombie a todas partes, me dormí temprano y dormí muchas horas al lado de uno de mis hijos, lo necesitaba. Me cargó las pilas.

Estuve todo el fin de semana dándole vueltas a lo sucedido, sintiendo mucho malestar, hasta que decidí perdonarme y recordar e interiorizar lo que había declarado: lo hice lo mejor que supe.

Contemplar la posibilidad de perdonarnos, con humildad es un recurso poderoso que, a veces, olvidamos, ¿o no?

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