28 de junio de 2019
28.06.2019

¿Cómo nos evaluamos?

28.06.2019 | 04:15
¿Cómo nos evaluamos?

En esta época de cierre del año académico es frecuente que realicemos reflexiones de autoevaluación, recibamos evaluaciones sobre nuestros hijos o, como en cualquier época del año, recibamos evaluaciones sobre el desempeño, nuestro o ajeno.

A mi me gusta tomar como ejemplo la actividad de las que realizo que «peor» se me da, que es el baile. Cuando hablo de «peor» pienso en una perspectiva técnica y de capacidad natural. Durante muchos años, pese a sentirme profundamente atraída por la disciplina del baile, no me lanzaba a por ello, desde la convicción de que no podría hacerlo. Sin embargo, en un momento de descubrimiento de nuevas sensaciones, hace ya seis años, decidí probar suerte y se me abrió un nuevo universo.

Como ya he anticipado, no destaco como bailarina, pero la pulsión de tratar de conseguirlo, disfrutando con unas compañeras maravillosas que viven con ternura mis dificultades, y sintiéndome absolutamente apoyada y estimulada por una profesora que desea que obtengamos sensaciones positivas de la experiencia, es algo a lo que no renunciaría nunca. Ni siquiera sabiendo ya a ciencia cierta que no soy una alumna destacada.

Hace una semana celebramos nuestro festival de fin de año, en el ensayo todo salió como soñábamos, con una sincronía estupenda y escasos errores. Al día siguiente, delante ya de unas dos mil personas, nos equivocamos y no nos lució tanto el pelo. Pero eso no impidió que luciera en nosotras la satisfacción de haber trabajado duro, de habernos apoyado y, por supuesto, de habernos atrevido a bailar una coreografía totalmente caracterizadas delante de mucha gente conocida. ¡¡Estábamos contentas!!

También hace poco un cliente nos transmitió que los asistentes a un taller no habían quedado satisfechos. Con el afán de mejorar y aprender de nuestros errores, pedimos el detalle del feedback que habían facilitado los asistentes. De quince opiniones, tres señalaban que no les había sido de utilidad, o que no veían un claro sentido a la actividad realizada; el resto, indicaban que había sido excelente, que recomendaban que todo el mundo lo hiciera en la organización, que se habían sorprendido muchísimo y comentarios similares. Nuevamente, tomé nota de lo que podía mejorar, y me sentí contenta. Ahora bien, me impactó la percepción negativa del cliente, pese a la mayor proporción evidente de opiniones positivas sobre las negativas.

Esto pasa constantemente, para algunas personas, si algo no resulta del agrado total de todo el mundo, ha sido un fracaso. La experiencia (y los estudios así lo confirman) me dice que el agrado total de todo el mundo es una aspiración cuasi-imposible, pues de natural hay quienes desempeñan su función para las organizaciones trayendo una mirada crítica (ojo, la considero terriblemente útil para mejorar). El problema surge cuando evaluamos las situaciones solo a partir de la mirada crítica y desechamos las valoraciones positivas. La autoestima cae en picado y, con ella, el empoderamiento de cada persona para afrontar los retos complejos que se nos presentan en esta vida.

Personalmente, prefiero considerar todas las voces, dándoles igual importancia, y sin olvidar mi voz interior sobre la experiencia que he vivido en cada momento. No quiero paralizarme y, del mismo modo que quiero aprender de mis errores, quiero también celebrar todos los logros por invisibles que puedan parecer. Si no fuera así, ¿como podría yo hoy bailar disfrutando ante dos mil personas?

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