26 de julio de 2019
26.07.2019

Alegría humilde o culpable

26.07.2019 | 04:15
Alegría humilde o culpable

Me está sucediendo últimamente que varias personas me comentan sus logros «con la boca pequeña».

Por una parte, hay quienes me comentan que, por ejemplo, se han propuesto una meta de ponerse en forma (la famosa operación bikini) y, pese a haberlo conseguido, sienten un peso, un peso llamado culpa. Ello viene motivado porque tienen a su lado a otra persona que no lo ha conseguido y por quien se sienten una pena que les impide celebrar con plena satisfacción lo que han logrado. Lo mismo he escuchado en cuanto a aspiraciones profesionales hechas realidad (no pudiendo predicarse lo mismo de algún compañero o compañera apreciado) o, incluso, en relación con proyectos de pareja o familiares (respecto de amigos o amigas que no disfrutan de lo mismo).

Parece como si la constatación por parte de quienes no han tenido «tanta suerte», erosionara de alguna manera la alegría de quienes han hecho realidad sus aspiraciones que, por «humildad» refrenan su emoción de alegría. De hecho, he escuchado hasta reproches sobre cómo el éxito ajeno perjudica al ánimo de los que no están en la misma situación ya que «les recuerda» su penosa situación. Y eso, si hay cierta permeabilidad, puede generar el sentimiento de culpa. Solo puedo decir una cosa: ¡en esos casos se ha comprado el discurso de víctima de otro u otra!

Cuando nos relacionamos con otras personas se produce un efecto interesante, que es que las otras personas actúan, sin buscarlo, de espejos. He oído hablar con más frecuencia del «efecto espejo» cuando rechazamos a otra persona, ya que nos muestra aquello que tenemos y que no nos gusta de nosotros mismos. Pero no he oído tanto hablar de lo que yo llamo el «espejo de los anhelos», que no es sino que los demás pueden mostrarnos también lo que queremos conseguir. Todos podemos desear alcanzar metas que han alcanzado otros, por supuesto, pero eso no les convierte a los otros en unos culpables de su felicidad. Al contrario, podrían ser vistos como una inspiración, un ejemplo y una esperanza ya que, si otros lo han conseguido, ¿por qué no lo vamos a conseguir nosotros?

Ante estas situaciones yo siempre invito a diferenciar lo que es propio de lo que es ajeno. Si alguien me dice que no tiene tanta suerte como yo, que me he reinventado profesionalmente, no voy a dejar de celebrar cada uno de mis pequeños y grandes éxitos en esta nueva andadura, y que son fruto de un enorme esfuerzo. En todo caso, trataré de contagiar mi alegría y compartir mis aprendizajes, que son constantes e innumerables (y desafiantes y dolorosos algunos), con aquella persona para impulsarla a conseguir lo que yo he conseguido con gran esfuerzo. Muchas veces, las personas se ven sin unos recursos que sí que tienen y echan la toalla antes de tiempo. En lugar de culpabilizarnos podemos ayudarles a darse cuenta de que tienen más recursos de los que creen. Así mismo, es lícito tanto apostar por un sueño, como ni siquiera intentarlo, pero lo que no es deseable es que, cuando alguien ha conseguido algo, no lo celebre y experimente la merecida alegría. Conseguir aquello por lo que uno lucha es motivo suficiente para sentirse muy satisfecho, y albergar culpa por ello es completamente estéril: no va a ayudar al otro u otra a conseguir lo que desea. La culpa es un juicio terriblemente duro del que se desprende que alguien ha hecho algo que no debería haber hecho, ¿realmente tiene sentido creer que alguien no debería haberse puesto en forma, haber conseguido su sueño profesional o haber formado una familia porque haya otras personas que no lo puedan disfrutar? Creo que a veces la humildad se transforma en culpa y yo me pregunto, ¿como cambiaría el mundo si la tradujéramos en alegría inspiradora?

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