Nacho Romero desembarca en El Cabanyal. Lo hace de la mano de dos empresarios, Tomás Marco y Paco Ródenas, con los que le une algo más que una relación contractual. El local elegido tiene una ubicación excepcional, en la Plaza Armada Española, con unas bonitas vistas al puerto. Nacho llega aquí con las ideas claras. El barrio pide tapeo y a él le apetece mucho. Eso sí, tapas clásicas. Nada de baos ni ceviches. Platos de toda la vida escogidos entre los recetarios de toda España: las tortitas de camarones de Cádiz, los torreznos de Soria… y, por supuesto, cocina cabañalera (titaina, magro con tomate, sepia con mahonesa…). Nacho promete dar cabida a ese guiso que tanto le gusta. Lentejas, garbanzos y , por qué no, su afamado estofado de sepia con blanquet. El bar tiene derecho a dos enormes terrazas, una al sol y otra a la sombra de un enorme ficus, que dan cabida a 70 personas. En el interior, todo evoca a la arquitectura del barrio: baldosas de cerámica, mármol blanco para la barra e incluso unas duelas de las barricas originales en las que Valsangiacomo maceraba su vermut Vittore en los tiempos (no tan lejanos) en los que Cherubino tenía aquí su bodega. Todo el restaurante está volcado al exterior. No sólo a través de las terrazas, sino también de unas barras en las ventanas que parecen pensadas para el tardeo. Dentro, mesas altas y una enorme barra que nos deja claro de qué va esto: de encuentros informales, risas con amigos y platos para compartir. La apertura se anuncia a un mes vista. Los mimbres son buenos. Si los socios casan bien y Nacho Romero se entrega lo suficiente, el proyecto promete.