Los protectores solares crean una barrera entre la piel y los rayos del sol. Se utilizan filtros minerales (o físicos) que reflejan la luz ultravioleta como si fueran pequeños espejos en la superficie de nuestra piel y los filtros orgánicos (o químicos), que absorben los rayos solares en la piel, transformándolos en calor y evitando que penetren en su interior y causen más daños.El roce o el sudor reducen la efectividad por lo que se debe reaplicar cada 2 horas.

Los lunares y las pecas son lesiones pigmentadas que se deben a una acumulación de melanocitos en los primeros y del pigmento melanina en las segundas. La melanina es el pigmento natural que produce nuestro organismo para protegernos del daño solar y que también es responsable del color de la piel. El melanoma, el cáncer de piel más peligroso, surge cuando los melanocitos, las células que producen melanina, crecen descontrolados. Suele aparecer en las zonas con melanina acumulada, como los lunares y las pecas. Ojo a las alteraciones del color, aumento de tamaño... La luz ultravioleta del sol activa los radicales libres, que son los culpables de los daños cutáneos, como las manchas. Después de las vacaciones, es recomendable utilizar productos despigmentantes uqe permitirán que las manchas se aclaren y se reduzcan.

La limpieza debe ser el primer paso de cualquier rutina facial, tanto en verano como en invierno. Es un paso imprescindible para que los productos hidratantes penetren bien. Tras la limpieza, es el turno del tónico, la crema de contorno de ojos, el sérum, la crema hidratante y, si es de día, el protector solar.

El ácido hialurónico fija el agua, es decir, retiene la humedad de la piel. Por ello, mejora la hidratación, reduce las arrugas y las líneas de expresión, estimula la producción de colágeno... Reduce el daño de los radicales libres en la piel. Es indispensable para recuperar la hidratación y el buen estado de la piel después de la exposición al sol, la sal o el cloro.

La exfoliación elimina las impurezas y los restos de células muertas, ya que las células se renuevan cada 28 días. Exfoliar estimula la circulación para ayudar en la renovación celular. Las pieles más sensibles deben realizarla cada 10-15 días según su tolerancia. En cambio, las grasas pueden hacerlo hasta dos veces por semana. El momento ideal es por la noche, para dejar que la piel descanse y se recupere durante el sueño. Para rehidratar el cuerpo se puede utilizar un gel de ducha suave y que no reseque (por ejemplo, enriquecido con aceites naturales como el aceite de almendra, de jojoba o la manteca de karité). Para combatir la sequedad en el rostro, es importante hacer la rutina de belleza completa (limpieza, tónico, sérum y crema) y añadir una mascarilla facial para un complemento extra.

La luz del sol tiene múltiples beneficios, entre los más importantes está su poder antidepresivo y que contribuye a que el organismo produzca vitamina D. Sin embargo, estar mucho tiempo expuestos a la radiación solar puede llegar a ser nocivo. La luz solar es un espectro de varios rayos diferentes: la luz visible, la luz ultravioleta y la luz infrarroja. La luz ultravioleta o UV es la que más conocemos y la que, con frecuencia, causa daños en la piel, y lo hace, entre otros mecanismos, por la producción de radicales libres que genera. Los radicales libres son moléculas de oxígeno que se liberan en el organismo por el mismo proceso de envejecimiento natural; pero, bajo ciertas circunstancias como la exposición al sol, las toxinas como el tabaco y la polución, y el estrés, entre otras, se generan en exceso, y producen una aceleración del proceso de envejecimiento, que en el caso de la piel, provocan la aparición de los signos de la edad como arrugas, flacidez, manchas y envejecimiento de las células de forma prematura.

El organismo está preparado para neutralizar cierta cantidad de radicales libres para que no se acumulen sus daños, pero su capacidad tiene un límite, de ahí que sean tan necesarios los cuidados que podamos aportarle. Si hemos protegido y cuidado bien nuestra piel durante las vacaciones, los efectos de estas moléculas se habrán minimizado. De lo contrario, pueden haber derivado en algún tipo de lesión, desde quemaduras, alteración en la textura y elasticidad de la piel, arrugas, lentigos, melasma o manchas, lunares e incluso lesiones precancerosas y cáncer de piel.

El cloro es un elemento químico que se utiliza para desinfectar y purificar el agua de las piscinas. Su función es acabar con virus, bacterias y otros microorganismos o parásitos. Si se añade en las cantidades adecuadas al agua de la piscina, no supone un riesgo para las personas, pero aun así afecta a la piel. Si nos bañamos con frecuencia, no nos aclaramos la piel con agua corriente o estamos mucho tiempo en contacto con el cloro, este puede llegar a irritar nuestra piel, siendo esto especialmente importante a tener en cuenta en el caso de las pieles atópicas. Además, el cloro agrede el manto hidrolipídico natural, por lo que reseca y deshidrata nuestra piel, al tiempo que también deja el cabello áspero y sin brillo.

El agua del mar es rica en minerales y oligoelementos como zinc, magnesio, sodio, yodo, potasio que nuestra piel absorbe y que producen efectos positivos como los antiinflamatorios y bactericidas que ayudan a cicatrizar y curar pequeños cortes y heridas. Además de su efecto bactericida, la sal actúa como un exfoliante suave, similar a un peeling superficial: elimina las células muertas y las impurezas. Ese efecto exfoliante es beneficioso para tratar ciertas enfermedades cutáneas, como la psoriasis, porque mejora su aspecto descamativo. No obstante, la sal que hay en el agua también actúa como astringente, disminuyendo el contenido de grasa natural de la piel y favoreciendo su deshidratación. Estos efectos se notan sobre todo en las zonas con mucosas como ojos y labios.