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El Café de las Horas, el templo de la tertulia en València

La historia detrás de este emblemático café está repleta de anécdotas, sueños de juventud y literatura

Marc Insanally, uno de los socios del local.

Las paredes están adornadas con diosas griegas, las vitrinas guardan porcelana fina y en el ambiente se respira una fragancia hecha a base de rooibos, vainilla y ginebra. Al entrar, no sabes si estás en un museo, un anticuario o en una cafetería del centro de Estambul. «Cafetería, no. Café. ¡Café!», me corrige Marc. El lector asiduo a los locales de la ciudad de València ya sabe del establecimiento del que hablo, el Café de las Horas. Ubicado a pocos metros de la plaza de la Virgen, es un refugio de vecinos, artistas bohemios y personas que buscan, como dice Marc, «un lugar seguro» para charlar, conocer a personajes interesantes y aprender lo que uno puede llegar a aprender si vive la ciudad y la noche con los ojos abiertos.

Uno de los
rincones del café.  g.c.

Uno de los rincones del café. g.c. POR CARLA MELCHOR

El local celebra este mes su aniversario. Hace 27 años que Marc Insanally y Manuel Castillo se atrevieron a abrir las puertas de este lugar en el corazón del Carmen. El suelo era de tierra y en él, tal y como rememora Marc, solo había suciedad. Lo arreglaron ellos mismos con sus propias manos. Manuel aportó el toque artístico y Marc se puso detrás de la barra, cogiendo por los cuernos un sueño por el que renunció a viajar a Tailandia y a Nueva York. «Llegué a España en los 80-90 y aluciné. Era la época dorada de la ‘cultura de discoteca’. Se salía mucho por aquel entonces, pero a mí me faltaba un sitio de sosiego, donde poder mantener una conversación con alguien interesante», narra Marc. En aquel momento era asiduo al Café Madrid, el pub Barro, el pub Juan Sebastián Bach, la cafetería del Rialto o la pastelería Lambert de València. «Pedías un té en cualquier cafetería y te lo servían en bolsa y en vaso de carajillo. Veía que había poca variedad. València tampoco era una ciudad para viajar solo porque no había un sitio para conocer gente con la que estar toda la noche hablando». Es por ello que creó un paraíso para las personas ambulantes. ¿Existe una ‘familia del Café de las Horas’? «Ya verás», me reta Marc. «¡Bruce! How are you doing?», le pregunta a un hombre mayor en una de las mesitas. Ambos mantienen una conversación de pocos segundos en inglés. «Este es un lugar para la gente que quiere sentirse agusto fuera de su casa. Hay algunas personas que vienen pocas veces, algunas no vuelven, y otras vienen todas las semanas. Pero el Café de las Horas forma parte de todas ellas», explica Marc.

El local dispone
de una fuente
con flores frescas.  g.c.

El local dispone de una fuente con flores frescas. g.c. POR CARLA MELCHOR

Según él, el local «es una mezcla entre Jane Austen, Ernest Hamingway y Benito Pérez Galdós». «Adoro la Generación del 98 y el Café Gijón». Marc nació en la Guayana inglesa y estudió Filología Hispánica en Londres. «Cuando vivía en Inglaterra viajaba una hora en metro todos los días para ir a un café que solo alumbraba con velas».

Asegura que se fue enamorando de España poco a poco, a través de sus viajes a ciudades como Córdoba y a la literatura. «Por eso me quedé en València. Supongo que cuando estás enamorado tus actos son reveladores». Aquí disfruta del intercambio de información, lo que considera «un regalo». «En este sitio he aprendido de María Dolores Pradera, Chavela Vargas y Vicente Blasco Ibáñez», comenta entre risas.

Marc afirma que el Café de las Horas vive un mejor momento que en sus inicios. «Hubo una época en la que cada tres años me planteaba cerrar». Sin embargo, los tiempos cambiaron, y la gente también. Aunque es reticente a decir que «todo es fabuloso». «El éxito es como El rayo de luna de Bécquer, llega fuerte pero después se diluye», concluye.

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