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entre preadolescentes

La serie de Netflix ha puesto en marcha una pseudonostalgia alrededor de los años 80 enfocada a las generaciones que no vivieron la época. La técnica se llama ‘retromarketing’ y ha enganchado a un grueso de la audiencia más joven.

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Marta, de 48 años, lleva unos días un poco descolocada. Ella, que a los ojos de sus hijos dormita en una especie de inframundo boomer, de pronto se ha visto convertida en la reina madre de las conversaciones domésticas. «Mama, ¿de pequeña tenías una pandilla en el vecindario?» «¿Ibais todo el día con la bici y los abuelos no se enteraban de nada?» «¿Te metías en líos?». Madre de niños de entre 11 y 15 años, Marta modula la respuesta como puede -con sinceridad, serían tres síes como tres catedrales- mientras asiste, no sin cierto asombro, a esta epidemia pseudonostálgica de púberes que no olieron ni por casualidad la década de los 80. «A mí me encantaría haber vivido en los años de cuando tú eras pequeña», le dijo hace unos días Clara, la benjamina.

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Adivinarán a qué se debe esta añoranza súbita y prefabricada. Clara, como sus amigas Berta y Amanda, ha estado viendo estas vacaciones la cuarta temporada de Stranger Things. Y podría decirse que andan bajo el hechizo de una serie donde -el flanco júnior se ha fijado bien- no hay rastro de esa figura tan contemporánea como son los llamados padres o madres helicóptero: esos adultos a los que la cultura popular los retrata correteando todo el día alrededor de sus hijos, no sea que, tirando de tópico, puedan sentir sed o tener algún mal pensamiento que les aboque a un futuro de infelicidad.

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Ese podría ser el extremo. Pero lo cierto es que a Clara, que por supuesto ya se ha hecho con la camiseta del Hellfire Club (el grupo protagonista de la serie aficionado a los juegos de rol), le chocan todas esas batallitas de los veranos en el pueblo que ahora, a petición suya, le está contando su madre. Como cuando se colaron en una finca y les salieron dos dóberman y, tras pedalear hasta la extenuación, ella se pasó luego un día encamada con fiebre. O cuando entraron en una casa en ruinas y se orinó encima del susto porque un hombre apareció de la nada. «Durante las colonias también hacemos cosas diferentes, pero no se viven muchas aventuras cuando las madres y los padres están cerca», dice Clara.

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Artefacto pseudonostálgico

Sin embargo, no se trata solo de la libertad y esa fascinación por las vidas de los niños fuera del radar adulto («yo les he tenido que explicar a mis hijas que no es verdad que, en los 80, si no ibas a dormir a casa, tus padres no se enterarían de nada», explica Ágata, madre de dos niñas también hechizadas). De hecho, Stranger things es un fabuloso artefacto que ha apelado a la imaginería pop de los años 80 desde los gustos y pálpitos de 2022 y que ha sabido tocar el nervio de los más jóvenes.

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Ahí están, por ejemplo, los cortes de pelo mullet y ese look ochentero que bascula entre el heavy metal y las estéticas de suburbio americano -escuela ET- que alternan tendencias ochenteras con bicis retro, bambas Vans y camisetas y tejanos de clasicismo suburbano. O qué decir del ochenterísimo Running up that hill de Kate Bush, que, ya cabalgando el siglo XXI, ha reventado TikTok y Spotify junto con el Master of Puppets de Metallica.

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El papel de las chicas y la narrativa LGTBI

Pero si una cosa ha fascinado a la audiencia junior más allá de esta visión romantizada de El señor de las moscas es sin duda el fuerte sentimiento de amistad y lealtad de esa pandilla desastrada que componen quienes conocen el secreto de Hawskins. Y sobre todo en el caso de las niñas, también el papel clave de las chavalas. «Son todas muy jefas, en Super 8 o Los Goonies eso no pasaba, los protagonistas siempre eran los chicos», afirma Clara. Su amiga Berta también señala hacia el componente LGTBI, algo aún más inaudito si cabe que el factor género en el mainstream de la década. «Me encantó la escena en la que Will le habla a Mike de los sentimiento de Once cuando en realidad estaba hablando de él mismo y su hermano se da cuenta», añade.

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Incluso nostálgico -en cuanto apela a fetichismos de la década como la máscara de Michael Myers de la saga Halloween que usa Eddie o las sectas satánicas que marcaron los miedos de la década- es el terror de la serie, que está alfabetizando en el género a las generaciones más jóvenes, las cuales andan aprendiendo cómo es eso de apretar los dientes y pasarlo francamente mal mientras disfrutas «y te vas encariñando, y angustiando, y riendo con los personajes», como dice Berta.

Todo este eco de que cualquier tiempo pasado fue más libre y divertido -y ya hemos visto que algo de eso comparten Berta y sus amigas- responde en realidad a una emoción efectiva y milimétricamente diseñada. Convendrán que apelar a la nostalgia es algo tan viejo como la literatura o el marketing, pero lo que hace Stranger Things es otra cosa. De hecho, se llama retromarketing y consiste en «alimentar la pseudonostalgia» porque, al fin y al cabo, un nicho importante de los consumidores a los que va dirigido (de centennials hacia abajo), nunca experimentaron el original. «Es el revival de un producto o servicio de un periodo histórico que los mercadólogos suelen actualizar a los estándares ultramodernos de funcionamiento y gusto», explicaban días atrás los académicos Tom van Laer y David Christian Orazi en la plataforma The Conversation. En este sentido, Pipo Virgós, director creativo ejecutivo de la agencia Wunderman Thompson, estima que «la serie sublima lo que ya estaba pasando desde hace años en el cine y la literatura, con libros y películas como Ready Player One o Super 8, que apelan al folclore de los 80 con un prisma nostálgico». De la misma manera, añade, que ya habían hecho anteriormente películas como Grease -mirada desde 1978 sobre la juventud de los años 50- o cómo «la era hippy ha fascinado a generaciones posteriores» y se ha convertido en un filón económico y cultural.

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Estarán de acuerdo con que esta nostalgia acrítica y descontextualiza no sirve para entender mejor la época -en aquellos años la heroína se ensañaba entre los jóvenes y las agresiones sexuales eran tratadas como meras-cosas-de-chicos- pero sí crea un refugio emocional y una identificación que puede alimentar a todo tipo de industrias y, de momento, está suponiendo un filón para las grandes cadenas que -de camisetas a funkos- han puesto un tenderete con cuanto se les ha ocurrido que pueda estar relacionado con la serie.

El ‘merchandising’ relacionado con la temporada se ha convertido en un filón.

La diseñadora de vestuario de la cuarta temporada de la serie cocreó esta colección con la firma de la moda surfera Quicksilver, icónica también de los 80.

La década también es un referente socorrido para firmas del lujo como Gucci y Chanel.

La camiseta del Hellfire Club, que luce la pandilla de la serie, se ha convertido en la prenda feriche de este verano.

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