Flama amenaza con convertirse en la inauguración del año. Nace con unas expectativas tremendas. A su cargo están Edu Espejo y Ricardo Espíritu, dos profesionales solventes y con bastante prestigio en el sector. Cuentan, además, con el respaldo económico de unos socios que les han ayudado a montar un restaurante a la altura de sus ambiciones. Flama apunta a asador de lujo. Por sus brasas pasa un producto de primera y la decoración lo posiciona como un local con muchas aspiraciones.

La carta es más sofisticada de lo que solemos ver en los asadores contemporáneos. Edu no se vuelve loco, pero tampoco se conforma sólo con pasar las cosas por la brasa. Logra presentar el producto en primera persona, aunque no siempre totalmente desnudo. Puede, por ejemplo, jugar con la anguila para presentarla a la brasa con los aderezos de un all i pebre, o inspirarse en la tortilla de bacalao de las sidrerías vascas para hacer una tortilla vaga con espuma de bacalao y sus cocochas. En cualquier caso, los platos que más convencen son aquellos en los que el producto llega sin adornos. En ellos Edu exhibe una sensibilidad tremenda para tratar el producto. Te deja con la boca abierta con unas cocochas de merluza que baña mientras se asan en un agua de Lourdes. Son pequeñas pero deliciosas. Edu prepara ese agua con una mezcla de tres vinagres y dos aceites y es el secreto para que queden tan jugosas. Cuando se enfrenta al rodaballo, de nuevo nos ofrece lo mejor de sí mismo. Antes de asarlo lo adereza con sal gorda como si de una chuleta se tratara, luego lo asará y bañará continuamente e intermitentemente con ese agua de Lourdes primero y con agua de mar después. El local tiene la rotación necesaria para permitirse el mejor producto. Un buen chipirón de anzuelo, pescados silvestres, wayu… Edu cuida muy bien el origen de los productos. La cecina es de El Capricho, la ostra Guillardeau y la mantequilla que acompaña la anchoa de Arias Moniz. Lástima, eso sí, que esa anchoa de bota, que se desespina al servicio y es una maravilla, se sirva sobre una tosta de brioche que disimula su potencia.

La magia de esta cocina parece difuminarse cuando llegan los postres. Sobre el papel parecen apetecibles, pero en la ejecución acaban resultando bocados muy poco estimulantes. 

Cuando Edu Espejo anunció que dejaba Honoo para empezar una carrera en solitario creímos que veríamos nacer un nuevo restaurante asiático en València. Edu había alcanzado tanta visibilidad en Honoo que nos habíamos olvidado de sus etapas anteriores. Olvidábamos que las habilidades de Edu van más allá de la fusión. Por eso nos ha sorprendido tanto que su nuevo restaurante gire en torno a las brasas, algo que, por otro lado, se está convirtiendo en la tendencia de moda. El cliente parece agotado de tanta creatividad. O más bien decepcionado. Cada nuevo plato parece emular a otro que ya hemos comido. Casi nada nos sorprende, de manera que el refugio del producto parece la vuelta a los valores más sólidos. Y ahí el asador es imbatible siempre que, como en Flama, se compre buen producto y se tenga un parrillero con garantías. Edu no deja a nadie al mando de las brasas. Él, y sólo él, queda responsable de que el borriquete salga en su punto y de que esas cocochas nunca pierdan su cremosidad.

Buen producto, buena ubicación, un cocinero que nos está demostrando mucho y un jefe de sala con tablas y conocimiento. El éxito parece asegurado.

¿Dónde? Gran Via del Marqués del Túria, 63, Bajo Derecha, València

Teléfono: Reservas sólo por web: www.restauranteflama.com

Lo mejor: La sensibilidad con la que Edu Espejo se enfrenta a las brasas. No es un toro fácil de lidiar y Edu lo torea como si llevara toda la vida jugando con la leña. 

Lo mejorable: Los postres, cuando ellos llegan desaparece la magia.

Lo imprescindible: Ricardo Espíritu debería emplear más tiempo en formar al servicio. En un restaurante como este un camarero debe saber responder a cualquier pregunta.

Precio medio: 70 euros