Presenta la obra 'Dulcinea'
Paloma San Basilio: «Si no eres rebelde, los demás deciden por ti. Y ahí empiezas a morirte»
El Teatro Olympia estrena ‘Dulcinea’, una obra que pone voz al personaje silenciado, idealizado y eclipsado por Don Quijote de la Mancha. Es Paloma San Basilio la encargada de darle vida en una simbiosis que promete volver a la esencia del teatro con la sencillez, la autenticidad y, sobre todo, la emoción.

Miguel Angel Montesinos

Una se da cuenta cuando está delante de una diva. La elegancia, la serenidad y la amabilidad son inconfundibles, auténticas, sin poses. Paloma San Basilio (Madrid, 1950), forma parte de esa generación que lo ha vivido todo, con una carrera artística que no ha dejado de crecer, ni siquiera ahora, con 74 años. «Es como si tuviera un motor dentro de mí», dice, sin dejar de sonreír, para explicar cómo llega a todo, sin cansarse. La artista empieza una nueva etapa, ‘Dulcinea’, que la mantendrá sobre los escenarios hasta 2027. En València actuará del 3 al 14 de diciembre en el Teatro Olympia, en un escenario compartido con el músico Julio Awad, su piano y poco más. Puro teatro dirigido por Juan Carlos Rubio para una Paloma San Basilio que ha aprendido a confiar en sí misma, a no tener miedos, y eso le permite volar. «Mientras te sigas sorprendiendo, sigues viva», asegura.
Paloma, ¿qué ofrecen en 'Dulcinea'?
Es un estímulo y un reto. En este tiempo de tantísimo ruido y tecnología, nos metemos en un escenario donde solo hay gasas, una escelaera, un piano y unos molinos. Vamos a contar y reinvindicar una historia, un personaje que nunca tuvo voz y que era una mezcla de todas las mujeres. Era un poco esa mujer florero, que no sudaba, que casi ni existía. Y de pronto bajarla al suelo, despojarla de ese envoltorio tan absolutamente injusto y darle voz. Y luego reivindicar a la verdadera Dulcinea, Aldonza, que trabajaba, que salaba cerdos y que tenía su nombre, que sabía leer. Terminamos con una reivindicación a través de los monólogos de Unamuno, que son una belleza, de la relación que esta mujer tuvo con Alonso Quijano, que nunca se atrevió a decirle nada. Y ella le llama, le abraza, le dice cosas. Y ese Quijote que hace tanta falta en un mundo con tanto ruido, con tanta manipulación, con tanta mentira, y esa lucha por los ideales y por la esperanza.
Con esa inserción de Unamuno...
Cerramos con eso tan bonito que escribió: “Solo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”. Es una propuesta muy bonita, con emoción, diferente y única.
¿Cómo han conseguido sacar esa voz, la de Dulcinea, que no existe?
Curiosamente la mayor parte de lo que hay en la obra está en el Quijote. El monólogo de Marcela no puede ser más adelantado a su tiempo. Es feminismo puro, sin manipulación, desde la realidad de un comportamiento en la vida, no desde consignas. Todas las princesas amigas de Dulcinea, que ella comparte con mucha gracia, están sacadas de ahí. Juan Carlos Rubio [el director] ha ido hilvanando textos y frases muy afortunadas, graciosas, porque es muy bueno haciendo comedia. Los dos últimos monólogos son de Unamuno. Él dice que ha robado, pero ha creado un caleidoscopio, una pieza de artesanía donde todas las piezas encajan. Y de la música de Julio Awad, de su piano, que está ahí acompañándome, sirviéndome, estimulándome. Es una maravilla.
La música es inseparable de usted.
Hay canciones muy bonitas, que ha escrito él, que están al servicio de lo que se cuenta. Y una canción de Ivana, mi hija, que es la última, la única original en música y letra: “Don Quijote, no me dejes, te necesito aquí; tienes que seguir luchando. Hazlo una vez más, aunque sea por mí”. Los espectadores me van a ver como no me han visto nunca, no llevo pendientes ni llevo nada, solo hablo y cuento cosas.
A veces no sabes si el espectáculo está al servicio del artista o en su contra. Nosotros recuperamos la esencia, la desnudez y la verdad, contando cosas desde la sencillez y la naturalidad.
En un momento donde el espectáculo manda, ustedes presentan un formato intimista y serio. ¿No es arriesgado?
Creo que es necesario. Hay momentos en los grandes espectáculos que no sabes dónde está el artista, porque está inmerso en esa vorágine, en esa especie de bulimia tecnológica. A veces no sabes si el espectáculo está al servicio del artista o en su contra. Nosotros recuperamos la esencia, la desnudez y la verdad, contando cosas desde la sencillez y la naturalidad.
Y eso que usted está habituada al espectáculo.
He sido pionera en espectáculos grandes, con bailarines y de todo, y ahora mismo me siento a gusto en esta piel tan despojada. La esencia es lo importante porque el espectáculo es eso: esencia. Nadie se va indiferente, nadie está en la butaca sintiendo que pierde el tiempo o que le están vendiendo humo.

Paloma San Basilio presenta en el Teatro Olympia 'Dulcinea', del 3 al 14 de diciembre. / Miguel Angel Montesinos
También se pone en valor el talento puro: una voz, un piano y una interpretación.
Eso es lo que hay: estás ahí desnuda frente al mund. Y eso es lo que la gente va a aceptar o no, disfrutar o no. Pero a mí me parece que en esta época de mi vida, si hay algo que conquistas con el tiempo es la libertad, la independencia, el no necesitar tantas cosas. Por eso siempre estimulo a la gente de mi generación, a los que tienen más de 70 años, a que crean en ellos, que tienen mucho que descubrir todavía. Esta función la he hecho desde la más absoluta tranquilidad. Firmé un contrato y no tenía el texto, peor confiaba en quien tenía a mi alrededor. A Julio le conocí en 'My fair lady'.
¿No lo habría hecho así antes?
Seguramente hace 15 o 20 años, no. Habría cuestionado cosas que ahora me parecen divertidísimas y otras que me parecen hallazgos teatrales brutales de Juan Carlos. Todo habla en el escenario: las gasas, la coraza, la camisa de Alonso Quijano, el piano… Todo habla. Es puro teatro, puro juego de perspectivas e identidades. Es llevar a la gente por un viaje donde nunca saben a dónde van: cuando creen que están en un sitio, yo los llevo a otro.
Tengo entendido que su relación con Julio Awad es especial.
Yo estaba maquillándome para interpretar a Eliza Doolittle en 'My fair lady'. Él estaba tocando en el foso y me preguntaba quién tocaría así. Le propuse venirse conmigo de gira, él tenía 22 años. Tiene una dimensión enorme, no lo puedo ni siquiera sustituir en esta obra. Es un privilegio. Cuando toca, me quedo embobada. Es un regalo.
Es un regalo: en cada etapa de la vida, algo nuevo que hacer, algo nuevo que descubrir. Te sorprendes incluso de ti mismo. Y mientras estás sorprendido, estás vivo.
Estrenador 'Dulcinea' la semana pasada en Cantabria y preparan once funciones en València. ¿Cómo gestiona tanta intensidad?
No tengo ni idea. Tenemos firmadas 130 funciones hasta el verano de 2027. Soy así: me tiro sin red. ¿Para qué te vas a poner la red? Me parece un viaje, una aventura apasionante. Quería hacer esto desde hace mucho tiempo, y ya que me lo han dado, lo voy a disfrutar. Además, esto nos va a llevar a pequeñas ciudades y teatros que no conozco. En verano he dado muchos conciertos, pero nunca en esas capitales de provincia, es un recorrido por España maravilloso.
Hace un mes cerró su gira musical como cantante y ya se ha embarcado en el teatro...
Sí. Desgraciadamente, el último concierto en el Palau Sant Jordi lo tuve que cancelar. Tuve una caída y me abrí la frente y me golpée la rodilla. Ha sido un año muy intenso. He estado con la gira de 'Gracias', hemos hecho cincuenta y tantos conciertos en América y España, presentando el libro también… Y ensayando y estudiando, porque esto requería estudio: es mucho texto y muy difícil.
A colación de lo que decía sobre cumplir 70 años, ¿se vive todo de forma diferente?
Totalmente. El gran secreto es perder el miedo y creer en ti. Cuando eres adolescente, o incluso cuando tienes una carrera como la mía, que fue creciendo, no estás preparada: tienes inseguridades. Recuerdo salir de conciertos diciendo: “Qué mal he cantado”. Y luego la gente decía que había sido maravilloso. Pero tú te quedabas con esa insatisfacción. Ahora no. Ahora sé dónde estoy, administro lo que tengo y trato de potenciar lo que nunca salió. Lo bueno de estas etapas es que hay cosas que ya no te importan. Te desprendes. Te quedas con el cogollito. Y confías en ti. Pongo el ejemplo de la película de Woody Allen, donde dice aquello de que "estaba desenfocado". Te pasas la vida desenfocada y llega un momento en que te enfocas, empiezas a ser tú sin miedos. Eso te permite volar.
Ha dejado la música para centrarse en el teatro. ¿Es donde quiere estar?
Sí, es lo que me ha gustado toda la vida. Quería hacer esto y había que esperar el momento, los mimbres, la gente adecuada. Es un regalo: en cada etapa de la vida, algo nuevo que hacer, algo nuevo que descubrir. Te sorprendes incluso de ti mismo. Y mientras estás sorprendido, estás vivo.

Paloma San Basilio presenta en el Teatro Olympia 'Dulcinea', del 3 al 14 de diciembre. / Miguel Angel Montesinos
Sin embargo, leí que en 2017 quiso dejar el teatro musical con 'Sunset Boulevard', pero supongo que una mujer puede salir del teatro, pero el teatro de una mujer, no.
(Ríe) El teatro me apasiona y esa obra es de las más bonitas que he hecho. Es una pena que se quedara solo en Tenerife. Jaime Azpilicueta hizo un trabajo maravilloso junto a Julio Awad. Cuando te gusta el teatro, lo llevas dentro. Yo, desde pequeña, en el colegio solo disfrutaba de las fiestas donde podía hacer personajes. El resto era un campo de concentración. Nada se compara a sentarse en una butaca, abrirse el telón y ver gente haciendo cosas.
Es lo más primitivo que hay.
Claro. Es que las tecnologías son un monstruo que nos devora, pero esto es humilde, que remite a la capacidad del ser humano de imaginar, abstraer, pensar, filosofar, emocionarse… Que una caja negra se convierta en lo que tú quieras. El escenario sí es un viaje cuántico: pasas a través del todo.
El precio de la libertad es la soledad. Aunque yo añadiría que no es un precio, es una conquista.
¿Hay otras voces de mujer que le gustaría interpretar?
Antígona me parece una maravilla, tremendamente valiente, y es un poco el Quijote: “Yo tengo que hacer esto y no me importa lo que digan los demás”. Eso es muy difícil hoy en día, hay demasiado exhibicionismo, escaparatismo, narcisismo. Todo el mundo está en función de lo que dicen los demás. ¿Qué necesidad hay de exhibirse para que los demás decidan si les gustas? ¿Qué te aporta? No eres más porque a alguien le gustes. Eres más si te gustas a ti misma, si consigues tus metas, si eres honesta, si puedes quedarte sola sin necesitar nada. Porque la soledad no te asusta: te enriquece. El precio de la libertad es la soledad. Aunque yo añadiría que no es un precio, es una conquista.
Como Dulcinea, ha vivido rodeada de una idealización en torno a su figura. ¿Cómo ha manejado esas expectativas?
Siendo muy honesta. Me parece maravilloso que la gente piense que soy estupenda, perfecta incluso. Pero yo constantemente doy signos de que soy un ser humano, de que tengo fallos. Lo más importante es ser honesto y hacer todo desde la honestidad, que sepan que no los engañas, que cada etapa es distinta y evolucionas como puedes.
¿La historia siempre la han contado los hombres?
Es obvio. Por suerte ahora hay muchísimas mujeres con voz, en literatura, en el cine... en todas partes. Ganamos espacio pero seguimos en un mundo dominado por hombres. No quiero demonizar porque he tenido y tengo hombres maravillosos a mi alrededor. Pero el poder en manos de los hombres es muy peligroso: hay un componente de machismo brutal y falta de empatía, llevan a la confrontación y la violencia. Por eso no me gusta la palabra “empoderamiento”. El poder conlleva abuso, ceguera. Yo no quiero poder: quiero respeto, tener mi espacio, mi voz propia. No necesito poder porque está demostrado que, en general, no es un buen compañero de viaje, rompe.
Sin embargo, fue elegida como referente del colectivo LGTBIQ+. ¿Cómo lo recibió?
Me pareció maravilloso, es un privilegio porque es un colectivo que ha luchado muchísimo por su espacio. Pienso en mi generación, lo que han tenido que pelear para tener un espacio. Lo que han aportado a la humanidad desde su sensibilidad, desde su derecho a ser y amar como quieren. Es un colectivo que da muchísimo espacio a la imaginación, a la creatividad, a la transgresión, a la libertad y a la experimentación. Me gusta porqu creo que la sociedad sigue muy encorsetada y ellos rompen corsés. Me encanta formar parte de su imaginario y se identifiquen conmigo.
Tienes que luchar contra esas cosas porque eres mujer, porque escribes, porque pintas, porque cantas, porque actúas… Yo soy alguien que hace lo que le sale de dentro. Al que le guste, bien; al que no, no pasa nada. No aspiro a que me reconozcan.
¿Cree que hoy en día se puede tener una carrera tan polifacética como la suya?
No lo sé. Creo en el artista del Renacimiento. El artista es una forma de ser y se manifiesta en todo. A veces abrir tu espacio da miedo. Hay prejuicios. Cuando saqué mi primer libro hubo quien dijo que me lo habían escrito. Tienes que luchar contra esas cosas porque eres mujer, porque escribes, porque pintas, porque cantas, porque actúas… Yo soy alguien que hace lo que le sale de dentro. Al que le guste, bien; al que no, no pasa nada. No aspiro a que me reconozcan. Creo que ahora mismo es un momento expansivo, es bueno no conformarse si tienes necesidad de hacer algo más, aunque eso implique dejar la zona de confort.
Luchar contra el encasillamiento de tener que ser solo actriz, o cantante, o escritora.
Cuando yo empezaba me decían: “Con esa voz que tienes, tienes que estar de pie, delante de un micrófono, cantando”. Y yo decía: “Por favor… ¿y qué hago yo si desde pequeñita bailaba?”. A mí me gustaba moverme, cambiar de registro. Por eso la rebeldía es tan importante, ha sido fundamental en mi vida. Si no eres rebelde, terminas aceptando que los demás decidan por ti. Y ahí empiezas a morirte.

Paloma San Basilio presenta en el Teatro Olympia 'Dulcinea', del 3 al 14 de diciembre. / Miguel Angel Montesinos
¿Diría que en su vida ha podido hablar con tu voz propia?
Sí, no me he callado nunca. Es importante decir lo que piensas y sientes, así te conocen mejor. No siempre he tenido libertad para hacer todo lo que quería, pero he luchado por no estar sometida ni a la industria ni a nada. He tenido que pagar precios por ser rebelde, como decirle que no a un productor y que me castigaran dos años sin grabar. O denunciar el uso indebido de unas imágenes y que me cancelaran durante tres años en una emisora.
¿Se arrepiente de alguna de esas decisiones?
Al contrario, estoy tan a gusto. Es preferible decir que no a vivir con un sí que no te pertenece. Hay que ser valiente: tú vives contigo, te acuestas contigo. Aceptar, someterte y tragar no sirve para nada.
Y después, como contaba sobre Julio, la importancia de ser buena compañera de trabajo.
Fundamental. He trabajado con muchísima gente y mi relación siempre ha sido desde la educación, respeto, empatía y humanidad. Tengo amigos eternos, como Pepe Sacristán.
Por último, ¿cómo vive este frenesí actual, con tanta prisa y vorágine?
Yéndome a vivir a un prado en mitad de los montes. Ahí tienes la respuesta.
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