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Teatro | Rambleta

'Nuestros muertos': Duelo eterno

Una mujer que pierde a su padre en la represión franquista y, décadas después, a su hijo en un atentado de ETA. Dos violencias distintas atravesando una misma vida. ‘Nuestros muertos’, la obra que se estrena este sábado 7 de febrero en La Rambleta, aborda el duelo, la memoria histórica y la necesidad de mirar de frente un pasado que aún sigue haciendo preguntas incómodas

Una escena de 'Nuestros muertos', la obra sobre el duelo de una mujer octogenaria víctima del Franquismo y de ETA.

Una escena de 'Nuestros muertos', la obra sobre el duelo de una mujer octogenaria víctima del Franquismo y de ETA. / Alejandro Amat

Amparo Soria

Amparo Soria

València

¿Qué se hace con el dolor insoportable que produce la muerte de un padre, primero, y de un hijo, después? ¿Cómo es la vida que se transita con ese telón de fondo? ¿Cómo habría sido de no ser víctima de ambos sucesos? Son preguntas incómodas con respuestas complejas que se abordan en la obra ‘Nuestros muertos’ que se estrena este sábado 7 de febrero en Rambleta.

Escrita y dirigida por Mariano Llorente, de Micomicón Teatro, la obra arroja al espectador a un mar de preguntas del que emerge un pensamiento crítico incómodo pero necesario. María Álvarez interpreta a Ascensión, una mujer octogenaria que, con apenas doce años, perdió a su padre a manos de los falangistas: se lo llevaron sin explicaciones y nunca más volvió a verlo.

Años después, la violencia vuelve a irrumpir en su vida. Antxon -interpretado por Carlos Jiménez-Alfaro-, miembro de ETA, asesina a su hijo mientras este fumaba un cigarrillo durante un descanso en el trabajo. El coche bomba no iba dirigido a él, pero acaba con su vida.

La muerte atraviesa de arriba y abajo, en el pasado y en el presente, a Ascensión, que lidia con la pérdida hablando cara a cara con el asesino de su hijo dentro del programa de encuentros restaurativos que impulsó el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como presidente y Patxi López como Lehendakari. Se produjeron una docena de encuentros y en ese lugar se sitúa esta obra, ficcionada y completada por Clara Cabrera y Javi Díaz como la anciana y el etarra en su juventud, encargados del contexto y la narración de la obra.

María Álvarez y Clara Cabrera.

María Álvarez y Clara Cabrera. / Alejandro Amat

«En un mundo donde es imposible saber la verdad, el teatro y el arte pueden crear textos donde el público extraiga esa verdad», explica Mariano Llorente, director y creador de esta obra. En este sentido, explica que para poder tejer los hilos de la narración se empapó de esas experiencias entre víctimas y verdugos, «pero volé a la ficción».

Ahí, en ese campo y siempre desde el respeto, compuso ‘Nuestros muertos’, basado principalmente en la historia de Ascensión Mendieta, hija de Timoteo Mendieta, fusilado en el paredón del cementerio de Guadalajara y uno de los casos más extremos de reparación, que emprendió con 88 años para recuperar los restos de su padre. Fue gracias a un tribunal de Buenos Aires y, ya con 91, presenció las labores de excavación y pudo enterrarle dignamente en el cementerio de Madrid.

En esas jornadas, Llorente y algunos miembros de su compañía, Micomicon, estuveron presentes, y fue «una inspiración» para crear después al personaje que lleva su nombre.

«Con toda la libertad creativa jugué a la confluencia de las violencias del Franquismo y de ETA; hay casos, como el de Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA y, su tío, represaliado por los falangistas», señala Llorente. Sin embargo, también ha usado su propio bagaje para retratar la decadencia de la sociedad española en la década de los 90, atemorizada por la violencia de la banda terrorista. De ahí que, aunque sea ficción, la historia de ‘Nuestros muertos’ no esté tan alejada de la realidad que se vivió a finales del siglo XX.

Carlos jiménez Alfaro y Javi Díaz.

Carlos jiménez Alfaro y Javi Díaz. / Alejandro Amat

Preguntado sobre si el teatro es otra de las vías que se puede usar para la reparación de la memoria histórica, el director explica que escribir sobre ello es bueno, y se está haciendo, muchas veces incluso a pecho descubierto tanto ahora como cuando era impensable, gracias a autores como Harkaitz Cano o Jokin Muñoz.

Sin embargo, más allá de la violencia como tal, en ‘Nuestros muertos’ se explora el duelo, doble, de una mujer que vive a oscuras toda su vida, primero por su padre y después por su hijo. ¿Cómo se sobrevive a dos muertos? «Quiero que la gente reflexione y no se deje engañar, ahora ya no sabemos lo que leemos, depende de quién lo diga es una cosa u otra; de ahí que la obra intente arrojar luz y que el público saque sus conclusiones», señala el director.

Entre la serenidad y la tensión

La obra discurre con un atrezo escaso: una mesa, dos sillas y dos personas que dan versiones sobre lo ocurrido. El preso etarra se muestra arrepentido de haber matado al hijo de la octogenaria, mientras que ella alterna la serenidad con trazas de buen humor con una tensión y dolor a veces difíciles de soportar. Con esos sentimientos de base, se van abordando diferentes temas esenciales para entender los años terribles en que ETA ocasionó más de 800 muertos, rompiendo a miles de familias y desangrando a un país. Historia que guarda la memoria de una sociedad que cada día se levantaba con un atentado nuevo.

Sin embargo, durante ese diálogo -donde también hay silencios y preguntas sin respuesta-, la mirada también se dirige hacia la represión franquista que precedió a una dictadura de casi cuarenta años y dejo más de cien mil desaparecidos por todo el país. Así pues, este es un diálogo donde el coche bomba etarra convive con las pistolas de una cuadrilla de falangistas, que más allá de las muertes, desembocaron en una terrible soledad de las otras víctimas; las familias que soportaron el dolor y callaron durante tantos años.

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