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Flores

Ikebana, la belleza de la imperfección

Con su origen en Japón, esta tradición tan espiritual como artística florece con el cielo, la tierra y la humanidad como pilares. A diferencia de las composiciones occidentales, el atractivo de sus piezas no está en la perfección, sino en la asimetría, el minimalismo y en mostrar como el paso del tiempo influye en la naturaleza

Un arreglo floral de ikebana.

Un arreglo floral de ikebana. / Asociación Valenciana de Ikebana Sokosai

Juanma Vázquez

Juanma Vázquez

València

Mayo. Ese tiempo en el que la primavera presume de exuberancia y sus colores y luces se adueñan del espacio con las flores, tan delicadas como únicas, como esencia. Sea en plena naturaleza o en los ramos creados como homenajes a madres y abuelas, muchas de ellas se estarán mostrando en todo su esplendor durante los próximos días y semanas como ese ejemplo de belleza perfecta. O así lo marca el canon occidental. No obstante, a miles de kilómetros de distancia, una tradición floral con cientos y cientos de años de historia presume de la asimetría, del paso de la vida y de la imperfección como un camino tan espiritual como bello y artístico. Su nombre es ikebana.

Surgido en Japón en el siglo XV tras coger como base esa herencia del arte floral que comenzaron a explorar los monjes budistas a finales del VIII, el ikebana va más allá de elaborar un simple arreglo floral. Lo sabe bien Aureli Acevedo, presidente de la Asociación Valenciana de Ikebana Sokosai y practicante desde hace más de dos décadas en la Escuela Municipal de Jardinería y Paisaje de València de este arte que entronca, directamente, con la meditación -como una forma de "conectar con los flujos de la vida", desarrollando esa conexión a lo largo de toda tu etapa existencial- y con la simbología. "Todos los elementos que le ponemos, cada flor o ramita, representa otra cosa", afirma.

No en vano, la filosofía que hay detrás de esta tradición -una de las más destacadas del país asiático junto a la ceremonia del té o la apreciación del incienso, el ‘kodo’- encuentra tres pilares estructurales en el cielo, la tierra y la humanidad. El primero siempre va vinculado a la parte alta de cada pieza, el segundo a la baja y el tercero, al corazón, a su centro. Una tríada fundamental que, sin embargo, encuentra tantos caminos de expresión como personas se embarcan en este viaje. "Es un momento de creatividad, porque con el mismo material cada persona puede hacer una cosa completamente diferente", enfatiza Acevedo sobre un universo cuya apreciación va más allá de lo que el ojo ve a simple vista.

Un arreglo de ikebana.

Un arreglo de ikebana. / Asociación Valenciana de Ikebana Sokosai

De la imperfección a la asimetría

Y es que, alejada de las normas occidentales en las que el color o las formas son fundamentales para lograr ese atractivo, la cultura japonesa en general y el ikebana en particular interpreta la imperfección "como bella en el sentido de que la naturaleza no es perfecta". "Una planta que se marchita un poco, a la que se le arrugan las hojas, aquí se rechaza automáticamente y allí no porque representa ese paso del tiempo y la belleza que eso produce", resalta Acevedo. No es la única diferencia, eso sí, respecto a los arreglos con flores más habituales en unos países como España en los que esta tradición "sigue siendo minoritaria".

Porque frente a nuestro equilibrio de las composiciones, en el ikebana todo debe ser asimétrico y los paralelismos "están mal vistos". Además, la norma general de esta arte, compuesto a nivel global por alrededor de 2.000 escuelas diferentes, es "que menos es más". Es decir, que el vacío en un arreglo floral es apreciado, alejándose por tanto de ese ‘horror vacui’ tan ampliamente adoptado en muchas de las corrientes artísticas occidentales. "Una rama la tienes que dejar que se vea, que se expanda y que tenga su espacio", resalta al respecto el máximo dirigente de la "única" entidad -compuesta por medio centenar de miembros actualmente- dedicada a esta práctica en la Comunitat.

Uno arreglo floral de ikebana.

Uno arreglo floral de ikebana. / Asociación Valenciana de Ikebana Sokosai

Todos los públicos

Pero pese a todo su simbolismo, el ikebana no es una actividad que excluya a aquellas personas que no sean mañosas. En palabras de Acevedo, "no requiere ninguna habilidad, ni estudios de paisajismo, ni tan solo una percepción diferente. A cambio te permite descubrir la parte más sensible y estética que tienes interiormente". Tampoco es, como sucedió hasta el siglo XIX, una actividad únicamente autorizada a los hombres.

Por el contrario, hoy en las clases a las que asiste en València "mayoritariamente hay mujeres, porque de los veinte que somos solo somos tres hombres", explica el experto sobre unos arreglos que cada vez aprecia que están "más de moda" amparados por una cultura japonesa que, desde el manga al idioma, no deja de expandirse. Eso sí, con un matiz. Porque el ikebana "tiene su personalidad propia y una percepción diferente incluso para los japoneses", mostrando que la belleza no siempre se esconde en lo perfecto.

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