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La pelotita decidirá

La pelotita decidirá

La pelotita decidirá

El valencianismo lleva diez años aplaudiendo los discursos presidenciales. Ante la falta de títulos era el único consuelo. Pero el humo es instantáneo. Como la hora antes de un partido. Vas a Mestalla, o buscas la mejor panorámica televisa, con la sensación que vas a ganar. Luego, está el padre, tío o abuelo, que te dice aquello que no pasa nada, a la próxima y tal. Las juntas de accionistas del Valencia son pura pirotecnia, mucho ruido y pocas nueces. Nada de lo que se dice allí se cumple, pero la convocatoria sirve para reunir a la familia. Como en Navidad, donde el cuñado explica por enésima vez el negocio que nos sacará de pobres y el sobrino aspira a sustituto de Alcácer. Todos contentos, hasta la próxima. Sin embargo, se agradece el acto de contrición de Salvo, que admitió su primera temporada horrible, la falta de planificación después de la marcha de Soldado, e incluso un propósito de enmienda por privatizar en exceso el club. Se va notando la influencia del confucianismo de Peter Lim. Aunque lo más sorprendente es el vuelco de Aurelio Martínez, un auténtico representante de la casta que pretende hacerse hueco entre el rampante bolivarianismo. Puede hacer todos los puntos que quiera, pero falla en el rigor académico. Es más, si su decano, Vicent Soler, fuera del Valencia, no le dejaría dar ni una clase más, pues es sabido que nunca hubo burguesía valenciana. Solo tuvimos aristocracia y bastante agraria. ¡Qué flaco favor ha hecho Martínez al socialismo comunitario! Sería conveniente que Ximo Puig se atreviera a decir que el colaborador de Lerma y Bono solo se representa a sí mismo. Mientras no lo haga, durará la desafección progresista con el pueblo de Mestalla.

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