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El Valencia frena a Maradona

El equipo de Di Stéfano asiste en Buenos Aires a la explosión de la nueva estrella del fútbol argentino - La selección juvenil marca tras un penalti de Kempes a Diego, pero neutraliza Subirats ? El 10 albiceleste, refugio espiritual de un país en dictadura

El duelo entre Mario Alberto Kempes y Diego Armando Maradona, las dos grandes estrellas del firmamento del fútbol argentino, quedó en tablas, en el Monumental de Buenos Aires. Los hombres de Di Stéfano actuaron a medio gas, sin arriesgar y dejando jugar al combinado juvenil argentino. Solo tras el gol (penalti de Mario a Diego), se picaron, abrieron líneas, empataron por obra de Subirats e incluso pudo ganar el Valencia. Manzanedo detuvo otro penalti y Maradona (19 años, vigilado siempre por Bonhof) fue la gran atracción.

Al final del encuentro, Kempes y Maradona intercambiaron camisetas y piropos. Qué jugador Maradona. Dotado de una zurda que parece una mano, con la que acaricia el balón, firma pases increíbles, regatea de forma inverosímil y dispara con una colocación endiablada.

Bullanguera, ruidosa, vital durante las 24 horas del día, acogedora, destartalada, inconmensurable, Buenos Aires y sus gentes hablan más de Maradona que de ninguna otra persona, animal o cosa. El martes, a mediodía, en pleno corazón de la ciudad, un banquero caía muerto víctima de un atentado montonero en el que también perdieron la vida dos de los guerrilleros. La prensa dedicó al hecho un despliegue inusitado, con fotos y reportajes escalofriantes. Los bonaerenses no se inmutaron. Asumen su condición de ciudadanos gobernados por un régimen militar con una franqueza y honestidad admirables: «Los militares han logrado algo muy importante: la paz -me comentaba un industrial de altos vuelos-. Se ha pagado el alto precio de la inflación, del endeudamiento público, del caos económico, pero eso no importa. El pueblo vive mal pero con absoluta seguridad y tranquilidad». Obviamente, el concepto de «paz» de este ciudadano es bastante restringido. Tal vez, la tradición constitucional argentina sitúa a sus habitantes dentro de un mundo muy real carente de complejos y vergüenzas ante el visitante. Por eso, la invariabilidad política del fútbol permite a su pueblo entregarse a él en cuerpo y alma.

Buenos Aires puede permitirse el lujo de no llorar por nadie. Tiene a Maradona de patrón y a la riqueza espiritual de su gente abierta como garantía. El Valencia fue testigo de primera mano.

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