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Quién quiere ser director general

Quién quiere ser director general

Quién quiere ser director general

Perdimos una preciosa oportunidad de crear un formato transmedia con el que retransmitir, en vivo y en directo, un conflicto futbolístico desde su seno, desnudando las entrañas, al aire. La productora de Piqué toma este producto y lo convierte en un viaje con Anil Murthy y Mateu Alemany enchufados en pleno vuelo a un streaming, sometidos al periscope de preguntas. ¿Iba a dimitir o le iban a dimitir?, ¿han sido discrepancias fruto de una visión distorsionada en torno a los fichajes o más bien los fichajes son el pretexto para una guerra entre bloques queriendo ganarse el favor del propietario?, ¿aprovechando el aval de la Copa el bloque astur con ascendencia balear quiso certificar su preeminencia en la toma de decisiones?, ¿los gobernadores civiles de Lim temían quedar reducidos a lo decorativo?, ¿el propietario tenía motivos para sentir que su mandato vertical estaba siendo carcomido?, ¿estamos ante una teoría de la manta donde resguardarse la cabeza con profesionales solventes ha hecho destapar los pies de un organigrama directivo disfuncional?, ¿por qué todos los frentes dejaron que la crisis pública estallara en lugar de procurar resolverla?, ¿o es que era indispensable un estallido en abierto para que Lim tomara cartas en el asunto? Blancinegre Mirror.

Sin eso, nos tuvimos que conformar con el conato de distopía, una muchedumbre de quince personas ante una suerte de croma de Singapur colocado al final de Micer Mascó. Finalmente, una sensación angustiosa: en el Valencia la comunicación entre la gestión deportiva y la propiedad requiere aplicar toda la fuerza del entorno, utilizar como palomas mensajeras (porque los SMS de Lim no son suficientes) a una militancia de miles de votos emocionales ejerciendo el sufragio universal. La mediatización del conflicto ha sido el mecanismo para resolver si a izquierda y derecha se podía seguir estirando de la cuerda. Esta tregua resuelta con medias tintas se asemeja a un pacto de mínimos para no desgarrar la cuerda.

De fondo, un enfrentamiento clásico: cuando dos bloques en el interior del club luchan por acoger la soberanía frente al otro. Aquí se agrava por lo asimétrico: una parte, Alemany y Marcelino, ha demostrado tener criterio y proyecto (también una querencia arriesgada por concentrar el máximo poder posible); la otra parte, cuando lo intentó, fue incapaz de armar un equipo digno, montó un popurrí de jugadores, con criterios no únicamente deportivos.

Entre los espectadores extranjeros del serial, un comentario: el Valencia es incapaz de escapar al caos; los líos de Mestalla; la falla que se quema y otros tópicos del montón. Entre los espectadores internos, una sensación facilona: ¡qué tendencia al suicidio la de este club! Bien, niego la mayor melodramática. Lo que le ocurre al Valencia es lo contrario: sobrevive con un coraje único después de superar la peor plaga bíblica (presidentes queriendo desmembrar presidentes), que dejó el esqueleto mermado, el organismo débil, condenado a elegir entre malas o peores opciones. Otro club sin esta fuerza estaría descendido y desarticulado. En éste, en cambio, la discusión aparatosa es por garantizar el ciclo de estabilidad.

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