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Kang in te excita

Kang in te excita

Kang in te excita

En el último partido, contra el Mallorca (que el Mallorca vuelva a visitar Mestalla es como haber regresado a un tiempo civilizado), ocurrió el despropósito: a los ocupantes de las graderías se les olvidó hacer la regla de tres, blandir la tabla del excel, y calcular con exactitud decimal el grado de apoyo que debían brindarle a un adolescente despampanante como Kang In Lee. No quedarse cortos, pero no pasarse. Trazar la hipotenusa del halago.

Si al meu país la pluja no sap ploure, en nuestro estadio tampoco. Una riada desbordó el caudal de las previsiones al recibir a Kang In. Anegó las mentes empíricas, incapaces de comprender cómo quien todavía no demostró nada acumula mayores tasas de afecto que la media experimentada. Un pasecito, un dribbling, una mirada€ y una grada como el cachorro ante las primeras muestras de amor.

Hay molestias que no se resuelven con la lógica. Kang In excita. Lo hace por el diferencial de su juego, evidentemente por la promesa de aquello que, sin destetar, aparenta la gloria. Es la conexión que todos tenemos con el deseo de una inocencia que una vez perdida nunca se revierte. Kang In se toma los minutos residuales como batallas finales y su juego parece ajeno a cualquier tentación de contemporizar.

La exageración del recibimiento, los efluvios del deseo, son como una ola mexicana en agosto. Pero cabría preguntarse€ ¿por qué tomarse como un problema lo que parece una ventaja? La gente se alegra cuando ve a Kang In, siente diferente. No habría que pedir perdón por la irracionalidad de los latidos.

La grada está para tener prisa, para desearlo todo y desearlo ahora. Incluso para dar por hecho lo que todavía solo se presupone. Preferiblemente el entrenador está para ejercer de contrabalanza, para domar el tiempo, para encontrar el momento. Todo en orden.

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