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Opinión

¿Y si no hubiera tocado en Hugo Duro?

Con una diferencia tan milimétrica del 2-2 al 3-1, ¿sería justo que las conclusiones del año entre uno y otro escenario fueran tan dispares?

¿Y si no hubiera tocado en Hugo Duro?

¿Y si no hubiera tocado en Hugo Duro?

El Valencia-Getafe (¿cuál? pues ése) estaba a punto de suceder hace un año, en mitad del páramo de la desafección. Ya no sé cuántas veces he escuchado todas las narraciones disponibles. Cuántas veces he visualizado el remolque definitivo desde la pérdida de Kang In, el pelotazo a Duro, la excitación ambiental al comprobar que la ruleta rusa concedía la última oportunidad, y el empuje pélvico del definitivo de Rodrigo, una suerte de gol por crowdfunding.

El partido es ya una superstición porque supuso un exorcismo. Refundó el año. Es una obra de arte por todas las variables que interpreta. Expóngase. Un soliloquio del club con el club. El poder de sostenerse, mantenerse erguido. Con la virtud de un guión que se rompió antes de interpretarse. Era el Getafe y no un rival canónico para la lírica. Jorge Molina aguó al minuto la calentura preliminar. Todo para que no ocurriera nada.

La coreografía más nítida de la diferencia entre que la pelota quede a esta parte de la red o la acabe venciendo. Punto de partido. El arrebato de Rodrigo en el segundo. La frialdad de Gameiro correteando hacia el centro cavilando el tercero. Diakhaby a punto de salir de la costilla de David Navarro. Parejo y Marcelino fusionados en un mismo cuerpo. Paulista y Garay ensangrentados tras una vil agresión (ah no, chocaron entre ellos). La paleta de azules emborronada entre los cuerpos policiales y los jugadores del Getafe, qué bodegón.

Y en cambio, un pensamiento inevitable: ¿y si no hubiera tocado en Hugo Duro? Qué le habría ocurrido al año tras ese 2-2. No se trata de hacer ficción, aunque invariablemente ese resultado iba a tener efectos decisivos. Tampoco de vislumbrar si aquello propició una transformación ascendente (apenas días antes el grupo estaba alicaído y en duda) o si se hubiera dado la debacle de no llegar a semis (extraño en un equipo escasamente alterable ante las penalidades).

Dudo de si el 3-1 fue la consecuencia de una actitud larvada o fue el catalizador de una nueva manera de encarar el futuro. Fue, en cualquier caso, el aleteo que provocó la alteración global del club y su sociedad.

Imaginar si no hubiera tocado en Hugo Duro sirve, sobre todo, para sacudir el exceso de solemnidad en los análisis. Con una diferencia tan milimétrica del 2-2 al 3-1, ¿sería justo que las conclusiones entre uno y otro escenario fueran tan dispares?, ¿es razonable un viraje tan grande a partir de un lance tan minúsculo? Estar tan expuestos a lo aleatorio es, definitivamente, lo más excitante de este negocio.

Por eso, lo mejor del año, fue su alegato de la templanza para cuando -como sucede la mayoría de veces- el balón no toca en Hugo Duro.

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