11 de marzo de 2020
11.03.2020
Levante-emv
Valencia CF34Atalanta

Ilicic golpea en el silencio

El Valencia, de nuevo vulnerable en defensa, se despide de la Liga de Campeones ante la imponente pegada de la Atalanta liderada con cuatro goles por el mediapunta esloveno - En un Mestalla vacío, Gameiro (2) y Ferran Torres maquillan el fracaso

11.03.2020 | 01:14
Ilicic golpea en el silencio

Apelar a la pureza del silencio de Mestalla, más que un auxilio milagroso, fue la confirmación de la melancolía que aturde a este Valencia. Nunca se dejó de correr, pelear y disparar por una eliminatoria imposible, dominada por la pegada imponente de la Atalanta Bergamasca Calcio, aliada también en la vulnerabilidad de los valencianistas, eliminados de Europa y alejados de su identidad competitiva. Una realidad en la que martilleó hasta cuatro veces Josip Ilicic, como lo hicieron en el pasado Daniel Fonseca con el Nápoles, Francesco Totti con la Roma o Edgar Schmitt con el Karlsruher. El mediapunta esloveno regaló a la ciudad de Bérgamo, azotada por el coronavirus, una noche que jamás olvidará. Los dos goles de Kevin Gameiro y la vaselina de Ferran Torres no alteraron el silencio. Para el ruidoso pueblo de Mestalla, el silencio, recordémoslo, consiste en soportar periódicamente trances y verdugos similares. Es un fracaso, pero la Champions volverá a estremecer el viejo campo, aunque la de ayer no fuese la noche ni esta temporada sea el año.

«Un estadio vacío es un esqueleto de multitud, un eco fantasmal de esa misma muchedumbre cuando ruge o aplaude o insulta o agita banderas». Cuando Mario Benedetti escribió su relato «El césped», sin imaginarlo, se propuso hablar de Mestalla, anticipaba una velada como la del Valencia-Atalanta. No hacía falta la ocurrencia distópica de que el club instalase un hilo musical con cánticos grabados, ni que se habilitase una preciosa pancarta («l'ànima i els nostres cors sempre estan a Mestalla»). Bastaba con la estatua de Vicent Navarro, guardián de la militancia, con escuchar el verbo encendido de Maxi Gómez desde el palco o atender, por encima de todo, al rumor heredado de los 96 años, 9 meses y 18 días de un santuario que ni una guerra, ni una riada, ni operaciones urbanísticas alocadas han logrado derrumbar ni sustituir.

El plan, surrealista, ilógico, 100% mestallista, estaba definido. Marcar lo más pronto posible, que los sismógrafos detectasen el rugido de la ciudad y que la Atalanta se diluyese en un Mestalla vertiginoso y profundo como los círculos del infierno de Dante. Pero la «Dea» no se iba a dejar impresionar por el escenario. La Atalanta está en ese momento, en ese feliz presente, del recién llegado que quiere comerse el mundo. Y no respeta ni galones, ni legados históricos. Como aquel Valencia de Héctor Cúper, en el que todo era inocencia, que abrasaba a sus rivales solo con una convicción que tumbaba todo pronóstico. En esa determinación también se explican los golpes de suerte que han acompañado a la Atalanta durante toda la eliminatoria. En su pegada en San Siro y con los dos penaltis en los instantes psicológicos, en los minutos 2 y 42, con los penaltis intolerables de Diakhaby, metáfora de un Valencia destartalado.

Pero incluso con el 0-1 quedaban 88 minutos oceánicos por delante para intentar forzar la prórroga. Con los envíos largos de Cillessen, el Valencia entendió que la pelota debía habitar el campo rival, territorio en el que al cuadro de Gasperini le cuesta pensar y le asaltan las dudas. Rodrigo buscó desde la media distancia los nervios de Sportiello, titular por sorpresa por una luxación de dedo de Gollini. En noches así son necesarios, más que los buenos jugadores, los más listos. Tipos como Kevin Gameiro, que esperó el error de Palomino en un rechace para anotar el empate, tras un preciso pase entre líneas de Parejo. Quedaba tiempo, 70 minutos, para una remontada de época. En el 29 Rodrigo amagaba desde la frontal y disparaba alto. La eliminatoria navegaba en mar abierto, el riesgo era imperativo y se asumía que la Atalanta contaría con espacios y opciones. Lo que ningún espectador imaginó, desde las casas y los bares, era con que Diakhaby volviese a perpetrar un penalti por una mano infantil. Ilicic batía de nuevo a Cillessen.

Era un deber, más psicológico que táctico, retirar a Diakhaby en el descanso. Entró Guedes y en el 50 marcaba de nuevo Gameiro de cabeza, a centro de Ferran. El Valencia siguió sudando, siguió esforzándose. No era fe en una eliminatoria herida, era un ejercicio de dignidad, de respeto al escudo y a una competición en la que siempre hay que honrar una historia también escrita por murciélagos. Otra vez Parejo mandó un envío perfecto, a Ferran Torres, que batía por alto, con un toque sutil, a Sportiello Con 3-2 ¿eran posibles tres goles en 23 minutos? El debate lo enterró Ilicic, que marcó el tercero en una contra provocada tras una pérdida de Kondogbia y el cuarto (ya cojeando), para que su nombre se recuerde en la memoria del dolor de Mestalla. De haber habido espectadores, como recordó Santi Cañizares en la retransmisión televisiva, aquellos que se hubiesen quedado habrían aplaudido su despiadada pegada. Al menos dejaron de escucharse cánticos enlatados y la noche de Mestalla conectó con el consuelo del eco fantasmal de los estadios vacíos de Benedetti.

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