Leyendo el precioso reportaje que ayer publicó nuestro diario se hizo inevitable el recuerdo vivido en la niñez de aquel inolvidable domingo de los transistores Telefunken, con el Carrusel Deportivo y el «Anís La Asturiana, su presencia siempre agrada» de Juan de Toro. Cuando los corresponsales usaban los teléfonos de hilos y hablaban de fútbol. Aquel día que, a pesar de perder en Sarrià, el Valencia conquistó el título por el empate entre Atlético y Barcelona, el Tío Carambet, que de joven vendía limonadas en el viejo Mestalla y en la plaza de toros, el más valencianista que pueda imaginarse, salió a la plaza del pueblo con la bandera blanca y el escudo llorando como un niño. Efectivamente el gol de la liga fue el de Forment en el límite del tiempo contra el Celta. Un empate hubiera eliminado al Valencia de la lucha final por el título. Aquella victoria histórica en la liga, conseguida casi un cuarto de siglo después del equipo de Mundo y Gorostiza supuso que se colgara de la pared del Casino del pueblo un cuadro con las fotos de los héroes y que estuvo presente hasta que, no sabemos las razones, una noche desapareció con la excusa de unas obras.

En aquella lejana niñez de los años 60 y 70, en la escuela del pueblo todos los niños eran del Valencia. Ser del Madrid o del Barcelona era un estigma, un señalamiento de traidor a la causa obligada por nacimiento. Así fue más o menos hasta la imagen del aquel niño que en la final de la Copa de Europa, en la tanda de penaltis, mostraba a las cámaras de todo el mundo a la Geperudeta, a la que se encomendaba entre lágrimas.

Y llegó la época globalista; llegó la Liga Profesional, la televisión de pago, los millones para las primeras figuras, y se fue diluyendo el sentido de las partidas de nacimiento. Y con él, el sentido de la identidad. Y llegaron los Messi y los Cristianos, y otros muchos que estaban por encima de sus clubes. Ellos eran los protagonistas, los que acaparaban portadas y minutos de radio y televisión por encima del escudo al que mercenariamente servían con la excusa de su «profesionalidad». Ronaldo vino del Manchester, pasó por el Madrid y ahora está en la Juventus. Messi, ha sido al único que se le ha perdonado no hacer el esfuerzo de hablar una frase en catalán, en el club que representa los valores de la catalanidad.

Y los niños de los colegios valencianos jugaban en los patios a ser Messi y a dar el saltito de Cristiano cuando metían un gol. Y preguntabas a la clase cuántos eran del Valencia y sólo un niño levantaba medio avergonzado la mano. Les aseguro que ese niño era un valiente en tiempos del triunfo de Madrid y Barça… Y esa imagen, añadida a la del abandono de la burguesía valenciana que permitió la venta del club de la identidad a un asiático, simboliza la decadencia del espíritu de Puchades cuando rechazó marcharse al Madrid, de Guillot y de Claramunt que siendo lo que fueron no dejaron de ser «hortelans», gentes con raíces profundas al pueblo. Hoy presumen con toda legitimidad de ser parte de la conciencia histórica de un club que fue grande cuando fue valenciano.