El 13 de febrero de 1972, horas antes de su repentina muerte en un Valencia-Atlético, el gerente del Valencia CF Vicente Peris dejaba escrito, en el editorial del programa de mano de aquel encuentro, un alegato cuya vigencia resistiría y ya sería eterna en el club de la acequia de Mestalla: «La identificación de la gran familia valencianista con las inquietudes del club es siempre importante. Lo es muchísimo más en los momentos amargos (...) Hemos de repetir lo que tantas y tantas veces hemos proclamado con legítimo orgullo: que nuestro público, el público valencianista, es el mejor de cuantos fichajes hemos realizado».

Casi medio siglo después, Merchina Peris, su hija, formaba parte de la marea de más de 5.000 seguidores del Valencia que ejerció su soberanía en una marcha histórica, transcurrida en un ambiente festivo y pacífico, para recuperar el club. Bajo el lema «El futur és nostre», el valencianismo reclamó la inmediata salida del club del máximo accionista Peter Lim, que ha conducido a la entidad a la peor crisis en sus 102 años de existencia. La «gran familia valencianista» se ha pronunciado y no hay vuelta atrás en un proceso que por primera vez ha provocado las primeras señales de debilidad y nerviosismo en Meriton, tras siete años de gestión y pese al escudo de su mayoría accionarial. El viernes fueron las declaraciones arrogantes de Lim en el Financial Times sintiendo «compasión» por «el pequeño problema» que le ocasionaba una hinchada cuya poderosa respuesta obligó anoche al Valencia CF a emitir un mensaje en el que entendía el «descontento» y confesaban que «podemos y debemos hacerlo mejor».

El desencanto es irreversible y desvela dos verdades: como consecuencia de su nefasta gestión, el único legado positivo de Lim será el de unir a todas las facciones de un mestallismo al que ha despreciado. Una docena de colectivos de distintas sensibilidades se sumaron a la movilización de ayer. Y, por otro lado, la reacción abrumadora garantiza que, con independencia de donde acabe conduciendo el colapso societario actual, el Valencia dispondrá de una masa social entregada, capaz de regenerar su querido club.

Los cánticos mayoritarios de la manifestación, con el entusiasmo ambiental de una gran final, fueron dirigidos a Lim y el todavía presidente, Anil Murthy. Pero cada uno de los presentes tenía una misión íntima y única, como la de defender una militancia, honrar un legado. Ese cometido llevó a Merchina a la plaza de Zaragoza, y también al veterano Vicente Montesinos, cuyo padre formó parte de la caravana de seguidores que acudió en tren a la primera final de Copa en 1934 en Montjuïch, donde el Valencia granate y con senyera escapulada perdió ante el Madrid. Era también la misión de las decenas de peñas llegadas en procesión comarcal. Era el encargo de Libertad VCF, cuya defensa del club en este amargo trance ha internacionalizado la causa valencianista y la ha modernizado en la nueva batalla global en la que los seguidores quieren recuperar la propiedad de sus equipos Todos eran herederos de la primera gran marcha de la afición, en septiembre de 1924 para bendecir la bandera y conquistar el futuro. Y todos y cada uno defendieron la máxima que, allá por los tiempos oscuros del descenso de 1986, proclamó Arturo Tuzón, mientras por los altavoces de Mestalla sonaba «It must be love» de los Madness: «El Valencia Club de Fútbol será lo que los valencianos quieran». Una frase que ya es proverbio y que ayer, los memoriosos miembros de «Últimes vesprades a Mestalla» lucieron en una gran pancarta.

Pancarta alusiva al histórico presidente Arturo Tuzón. eduardo ripoll

Hubo, de hecho, centenares de pancartas. Muchas de ellas en inglés, que encontraron un fulgurante eco expansivo en las ediciones digitales de los periódicos ingleses, norteamericanos y asiáticos, asediando como un mosquito molesto el sueño de Mr Lim. «Lim, your horror show is over. Take your puppets and go far away» (Lim, tu show del horror está acabado. Coge tus mascotas y vete muy lejos), era otra de las pancartas que algunos simpatizantes portaban, junto a otras como «A football club is not a business» (Un club de fútbol no es un negocio).

Hubo pancartas, pero también un océano de banderas y la indumentaria que los hinchas recuperan para las ocasiones distinguidas, como las camisetas de los ídolos de infancia, con los dorsales descoloridos de Fernando Gómez, Pablo Aimar o los patrocinios de entidades financieras que ya desaparecieron. Al grito de «Peter, vete ya», «Anil, canalla, fuera de Mestalla» y con los cánticos de los días de partido huérfanos desde hace año y medio, la comitiva fue avanzando por la Avenida de Aragón, dejó atrás la ubicación del Camp d’Algirós y llegó a su fortaleza sagrada, Mestalla, a eso de las 19:30 horas. En un clima de euforia, unos pocos amagaron con la idea errónea de invadir el estadio, inspirados en los acontecimientos de Old Trafford de hace una semana, pero miembros de Libertad VCF y Curva Nord impidieron que se ejecutara. José Antonio Pérez fue el encargado de leer el manifiesto final: «Es un día histórico. Es el primer día de una nueva era para el Valencia. Porque sí, los sátrapas caerán y el club volverá a ser de quien siempre ha sido, de sus aficionados. Tenemos que ser conscientes que si hoy nos hemos reunido aquí no es por un escudo, no, y tampoco es por un equipo de fútbol. Si hoy nos hemos reunido aquí es por un sentimiento más grande que cada uno de nosotros». Es el inicio del Valencia del futuro.