Con dos goles (uno a medias con Aridane) y un sinfín de regates alegres, Gonçalo Manuel Ganchinho Guedes confirmó en el temible Sadar su regreso, con honores, al máximo nivel futbolístico. El delantero portugués, de vuelta a aquel otoño mágico de 2017, lideró la autoritaria victoria (1-4) contra Osasuna, cuya proverbial combatividad no fue suficiente ante un Valencia que, restablecido como bloque, ve cómo empieza a florecer su calidad, el talento de los Soler, Maxi y Guedes, el Guedes más gambeteador y decisivo, solapados todos ellos entre la grave crisis societaria que sigue instalada en Mestalla. En el caso del luso, influye mucho la mano de Bordalás, la tranquilidad de un proyecto estable, la confianza de darle la responsabilidad de jugar con libertad de movimientos, como segundo punta, para que el fútbol vuelva a abrirse paso.

El Valencia, con 10 puntos de 12, con 9 goles a favor y 2 en contra, volvió a ganar fuera de casa tras ocho meses, y espera al Real Madrid en Mestalla con toda las expectativas, con todo el apetito de los partidos grandes que parecían olvidados. Luce la obra de Bordalás, con imágenes como la que dejaba el 1-4, con el técnico chocando la mano de todos los suplentes, de la familia a la que en el entrenamiento del viernes mandó fundirse en docenas de abrazos.

Osasuna obsequió al Valencia con una tormenta de bienvenida a un Sadar con el eco de los decibelios disparados, con la coqueta nueva cubierta. Acostumbrado a entrar en los partidos como dominador, el ímpetu osasunista tambaleó a los de Bordalás. En el minuto 7, centro de Manu Sánchez con llegada al remate de Rubén García. Hugo Guillamón se anticipa al setabense, pero la acción confunde a De Burgos Bengoetxea, que pita penalti. El VAR evidenció el error del colegiado, pero aumentó un par de grados la temperatura ambiental del estadio. Empujado por su hinchada, y también por la mayor autoridad en el medio de Darko y Lucas Torró, apenas un minuto después Osasuna desató otra furiosa oleada. Darko abría a la derecha y Jon Moncayola remataba de primeras, muy seco, raso y cruzado, haciendo inútil la estirada de Mamardashvili, de nuevo titular pese al debate constante con Cillessen.

El Sadar rugía como antes de la pandemia, como si no hubiese cambiado el mundo. Bordalás, desde la banda técnica, se ajustaba las gafas para observar bien la confirmación de un presagio: Osasuna había atacado al Valencia con sus propias armas, con agresividad y verticalidad. Con todo el viento en contra, el Valencia, el mismo Valencia que se diluye como un azucarillo en la última década cada vez que encaja el primer gol en el feudo pamplonica, aguantó de pie. Se recompuso con actitud, entrando ganador en más duelos, pero también con más fútbol. El de Guedes, que empezó a caracolear con el balón pegado al pie, deshilando la defensa osasunista por las dos bandas y con conducciones por el centro. Su disparo en el minuto 16, repelido por Sergio Herrera, fue el inicio de la furiosa réplica del Valencia, el prólogo de su gran partido. En el 17, de nuevo Guedes se marcaba otro eslalom delicioso, pero nadie adivinó su pase final. En el 18 se animaba Wass desde la media distancia y Maxi Gómez, con ganas de acción, salía de su posición para ofrecerse a golpear desde fuera del área. Y si cada vez que ataca Guedes suenan los Rolling Stones, las incorporaciones de Carlos Soler tienen la elegancia de un tango. El 10 valencianista, camino del minuto 26, dibujaba un centro perfecto, como un traje a medida, al primer palo. Por allí entró el Expreso de Paysandú, Maxi Gómez, que empataba el encuentro.

El festival de Guedes

Osasuna encajó con entereza el golpe, agitando los minutos finales de la primera parte, confusos con la lesión de Cheryshev y los centros laterales en dirección a Kike García. Fue una buena noticia que acabase el primer acto. Recompuesto con Foulquier y Hugo Duro, por el lesionado Cheryshev y un Gayà que forzó para llegar al partido, el Valencia asestó los dos golpes casi definitivos al partido, con Guedes convertido en un gigante. En el 50 emergió por la izquierda y su disparo hacia al segundo palo, tocado en Aridane, se le atragantó a Sergio Herrera. Si quedaba alguna duda de la autoría del segundo gol, Guedes las resolvió en el minuto 55. Esta vez entró gambeteó por la derecha y definió con maestría. El partido era suyo, el Valencia será lo que él se proponga.

El marcador era holgado, pero quedaba mucho tiempo, demasiado como para prever la última palabra de Osasuna, que apretó, que siguió presionando cada pelota y forzando indecisiones, como hizo Darko con Alderete y Mamardashvili para provocar un error infantil que colocaba el 2-3 en el marcador. Nadie protestó, porque se interpretó como una pifia, pero la precisión quirúrgica del VAR anuló el tanto, ya que el meta georgiano tenía el balón controlado con las dos manos. La decisión frustró mucho a Osasuna, que finalmente cayó a la lona con el cabezazo a la salida de un córner del guaraní Alderete. Un saque de esquina provocado, por cierto, por Guedes, que había peleado una pelota imposible en la que nadie creía.