La escena todavía se conserva fresca. La temporada pasada, en el partido del Valencia en Balaídos, José Luis Gayà y Kang-In Lee mantuvieron un pequeño rifirrafe a la hora de lanzar una peligrosa falta desde la frontal del área. En ese lance rivalizaban la jerarquía y la veteranía del lateral de Pedreguer con la irreverencia juvenil del mediapunta surcoreano. Era el tiempo del Valencia heredado por Javi Gracia, un equipo repleto de códigos desdibujados después de la salida en tromba del club de los referentes de la Copa de 2019, en un club que aspiraba a implantar nuevas leyes en contra de la lógica natural de un vestuario. En el momento de esa falta en Vigo estaba muy presente la controversia inducida por el club con la polémica del dorsal 10, que reclamaba Carlos Soler pero no le hicieron caso, que Kang-In Lee no pidió pero se lo quisieron adjudicar, y que finalmente nadie lució para acabar firmando la foto movida del Valencia de Peter Lim.

Los tiempos y méritos del fútbol difícilmente se alteran, y menos aún se mercadean. La trayectoria de Gayà en el primer equipo del Valencia se ha moldeado en siete lentos años en que las ha vivido de todos los colores. Desde una irrupción notable, a épocas de lesiones y hasta alguna fase de incomprensión que, vista con la perspectiva del tiempo, parece ciencia ficción barata, como cuando quedó señalado por Prandelli por «falta de humildad» y se propuso el fichaje de Patrice Evra para invierno. Entre medias, Gayà rechazó una oferta del Real Madrid y sigue dispuesto a renovar a pesar de los volantazos del proyecto de Meriton. El capitán no es solo un lateral izquierdo en la cima de su carrera, con tanta trascendencia que ha llegado a erigirse hasta en goleador, sino que además sabe que es uno de los escasos puentes que evita la desconexión emocional del mestallismo con su club.

La paciencia y la prisa

Frente al gol liberador de Gayà, murciélago del escudo; el Valencia-Mallorca contrapuso el partido de Kang-In Lee, con las virtudes y los excesos de un jugador del que se ha escrito más sobre sus expectativas que del fútbol que ha tenido tiempo de mostrar, que con solo 20 años (se nos olvida ese matiz) sigue en una lógica fase inicial. El atacante dejó destellos de fantasía, como en la jugada del primer gol, algunas conducciones y pases al espacio, pero también faltas y gestos ásperos que le valieron la expulsión y que el propio fútbol, con su maceración lenta, tendrá que ir corrigiendo. El Mallorca representa el escalón intermedio perfecto, en un club con tradición pero con focos menos deslumbrantes, para disparar su proyección. Pero, como ha quedado demostrado con Gayà, se deberán respetar los tiempos y aprendizajes.

El fútbol no se deja domar y ayer en Mestalla hubo más ejemplos. La hinchada combinó la presión sobre el partido con los cánticos contra la propiedad, una dualidad que se llegó a vender como incompatible, pero que en el estadio se compaginó con naturalidad, con el estadio entendiendo el tempo de cada situación, dirigiéndose al palco justo antes de empezar y nada más finalizar el partido y presionando mientras la pelota estuvo en juego y Gayà mandaba que aquí no se rendirá nadie.