El Valencia de José Bordalás, el club fallido de Meriton Holdings, se desploma partido a partido. Ni el amor propio de un bloque comprometido y que se vacía en el esfuerzo llega a ser una garantía competitiva suficiente, cuando el proyecto está cogido con pinzas. Los blanquinegros llegan a sumar puntos (a veces arañándolos) contra rivales de media tabla, pero capitulan sin oposición ante potencias fuertes y contra las que solo puede contraponer el abolengo del viejo hidalgo arruinado. El saludable Betis de Manuel Pellegrini, con un Villamarín lleno, goleó a placer a los valencianistas, que encadenan solo 3 puntos de 21 y que ya llevan encajados 17 goles en 11 partidos. Las limitaciones estructurales son conocidas y es un argumento que debería invitar a la reflexión a Bordalás. Los tropiezos del Valencia se parecen, como si se reprodujesen sobre un papel de calco. La apuesta táctica atrevida del técnico alicantino se resquebraja con la alarmante fragilidad en la contundencia en el repliegue y en cualquier disputa. El Valencia está tocado y del propio vestuario dependerá su recuperación. La inspiración no llegará desde la dirigencia que ha devaluado hasta mínimos históricos a una entidad con grandeza.

Todas las buenas intenciones del Valencia y sus ganas de competir se desvanecen por su alarmante falta de contundencia en el repliegue. El patrón ya se repite en cada partido, en el que toca remar a contracorriente ante todas las facilidades que se conceden al rival. Aún sin la presencia de Carlos Soler, reservado para llegar en plenitud contra el Villarreal, el planteamiento de salida volvió a ser atrevido. La apuesta del doble lateral por la izquierda con Gayà de 3 y Jesús Vázquez de extremo empezaba pronto a carburar. Una triangulación entre el capitán y Hugo Duro acabó en los pies de Vázquez. El joven zurdo recortó y fusiló seco ante Bravo. El remate salió mordido por el rebote en la pierna de Víctor Ruiz y acabó impactando en el rostro del guardameta chileno.

El Valencia seguía transmitiendo una sensación amenazante, al tiempo que el Betis encontraba, mediante William Carvalho, la manera de deshacer con alarmante sencillez cada nudo valencianista en el centro del campo. Los locales empezaron a articular contragolpes con muchos hombres al remate sin que los de Bordalás aplicasen siquiera faltas tácticas. La contundencia se aplicó tarde y mal como se vio en la jugada del penalti de Alderete a Borja Iglesias. El central paraguayo entró abajo con una temerosidad desmedida y cazó al Panda, que se encargó de ejecutar el penalti.

El partido entró en un correcalles en el que el Betis, que se siente muy confiado en sus posibilidades, se sentía a gusto. Si en el 20 Marcos André, estorbado por Montoya, no conectaba un remate a pase de Guedes, en la contra posterior Cillessen aplazaba la llegada del segundo gol cubriendo con el cuerpo la definición de Canales. Las pérdidas en la medular condenaban al Valencia. En el 25 de nuevo el meta neerlandés, con la punta de los guantes, desviaba lo justo un disparo al palo lejano de Fekir, antes de impactar en el palo. En el 29, en una nueva llegada en superioridad, el disparo desde la frontal de Borja Iglesias rebotó en Foulquier y engañaba a Cillessen. Eran ya dos goles en contra, pero podían ser más.

A pesar de todas sus limitaciones, el Valencia es un bloque muy honesto en el esfuerzo, que no desparece de los partidos. Se vio ante el Granada, Athletic o Mallorca y pasó contra el Betis. En el 39, un córner cerrado al primer palo fue recogido por Paulista, muy atento para forzar el error garrafal de Bravo. El gol tuvo doble mérito porque el central brasileño trotaba aturdido por el campo tras un choque fortuito de cabezas con Fekir. A los pocos minutos de marcar, volvió a marearse y con toda lógica médica y en contra de su voluntad, fue retirado para dar entrada a Diakhaby. Un ejemplo de compromiso.

El Valencia había sobrevivido a una primera parte vertiginosa y en la reanudación Bordalás no demoró tanto los cambios. El mensaje fue el de ir a por el partido vitaminando los extremos con Yunus Musah y Hélder Costa. Era el minuto 60 y acabó siendo fatídico. Un saque de esquina para los verdiblancos en el que Pezzella se anticipó a todos sus imaginarios marcadores para cabecear al palo contrario, imposible de alcanzar para Cillessen. El duelo entraba en un terreno muy peligroso, teniendo enfrente a un Betis alegre, con un apetito voraz, con un proyecto coherente que disfruta de un presente feliz con Pellegrini. Juanmi convertía el cuarto con el Villamarín de fiesta. El objetivo pasaba por limitar daños, por retirar a futbolistas frustrados, como Guedes. El Betis no quiso hacer más leña del árbol caído.