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VITA DA MEDIANO

El porvenir del pasado

Una partida de ajedrez, en una vieja librería. El deporte y el marco escogidos ya nos avisan que esta es una historia clásica, que nos habla de tradición y paciencia, de una manera artesanal de entender el fútbol y la vida. Un aficionado del Benfica y otro del Ajax, frente a frente. Avanza el tintineo del reloj y, con cada movimiento, cada jugador nombra un ídolo histórico de cada club. Zlatan, Di María son los primeros, luego van cayendo peones con cada leyenda nombrada nacida de sus canteras, con cada alusión a la pasión popular que levantan como clubes, con cada recuerdo del tiempo en el que llegaron a dominar Europa. Los golpes finales, Eusebio y Cruyff, casi nada. En su anuncio conjunto, Benfica y Ajax nos querían decir que su partido, anoche en Da Luz, era un duelo entre iguales. Y que en un tiempo en el que ya no cuentan como favoritos para conquistar la antigua Copa de Europa de Clubes, nos recuerdan que el fútbol es identidad, territorio, memoria: las voces de nuestro pasado que nos explican quiénes somos y nos proyectan al futuro.

Ese mismo anuncio habría sido una magnífica promoción del Valencia-Athletic de Copa. Dos rivales que llevaban 55 años sin coincidir en un torneo que llegaron a gobernar, en el que se han medido en cuatro finales o en la mejor semifinal de-todos-los-tiempos. Ya no ganan ligas, como tampoco se levantan Champions en Lisboa y Amsterdam, pero el fútbol no se puede entender sin sus legados. Me imagino al ajedrecista blanquinegro nombrando no solo a Claramunt, Kempes o Mestalla, sino también a Guerendiain, Juan Ramón, Iturraspe, Mundo, Gorostiza, Eizaguirre, Epi, Sol, Koldo Aguirre, Zubizarreta o Mendieta, cada vez que su rival moviese un peón recordando la pureza vasca de San Mamés. En cambio, seguimos asistiendo a una pelea vulgar y desmemoriada, en la que todo vale y tipos como Dani García menosprecian la figura de Ricardo Arias.

Me comenta Rafa Lahuerta que todos sabemos con exactitud qué representa el Athletic, pero que sin embargo aún se desconoce qué es el Valencia. Una ignorancia demostrativa (me dice) de cómo se imponen relatos y en la que la culpa (añado) quizá no sea solo de un mediocentro rival. La reflexión empieza por nosotros mismos, de por qué un presidente solventase con un «no me hables de la guerra, que lo que debo hacer es rebajar la deuda», cuando este periódico reconstruyó toda la trayectoria deportiva y vital de Rodríguez Tortajada, el presidente no reconocido y condenado a muerte. Por qué cada acto del (antiguo) Fórum Algirós tuviese una acogida y una repercusión casi clandestinas. «No podemos seguir viviendo del pasado», decía Bordalás, tomando como escudo la mediocridad en la que Peter Lim ha empequeñecido la entidad, con cada gesto feudal.

Y justo por esa razón, por la prolongación de la condena anunciada por Anil Murthy a medios internacionales, nunca como ahora ha sido tan necesario sentarse ante un tablero de ajedrez y recordarnos, como hizo don Luis Suárez en la SER el otro domingo entre gol y gol del Barça, que del «pueblo de Puchades» siempre sacamos buenos jugadores. Evocar la historia no es una batallita melancólica, refrescará la exigencia feroz ante el fracaso de la media tabla (aquí, tan exquisitos, que hemos silbado terceras plazas y a presidentes honrados). Apelar al pasado, al club que fuimos, es la esperanza para imaginar un futuro sin Meriton, será la certeza de que cada aficionado, entrenador, periodista y turista de paso conozca que este club sorteó a una dictadura para visitar al exilio mexicano, una epopeya que en otros escudos tendría ya hasta serie en Netflix. Tomando prestado el título a Benedetti, será el porvenir del pasado el que remediará toda amnesia con nuestros veteranos y el que llenará Mestalla ante el Athletic Club el próximo miércoles. Aunque sea el espejismo de una partida de ajedrez de 90 o 120 minutos, nadie dudará, en Algirós, Bilbao o Singapur, de qué es lo que en realidad representa el Valencia CF.

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