España hizo un partido de vergüenza. Una vez más, nada es lo que parecía. Nos llenamos la boca hablando de un equipo distinto, de un estilo atrevido, de un entrenador como ningún otro. Aventurábamos emociones hasta el final, no escatimar un solo esfuerzo y morir de pie, si acaso, ante Brasil. Decíamos que nadie jugaba tan bien como nosotros. Y resulta que todo era mentira. Resulta que, cuando el Mundial se puso Mundial, el invento se vino abajo y la Roja se convirtió en ese equipito del montón que cayó en octavos ante Rusia hace cuatro años sin un solo atisbo de fútbol que llevarse a la boca. A la hora de la verdad volvimos a hacer el ridículo, del que solo nos salvó Alemania, no sin tener que pagar el peaje de ese sufrimiento que creíamos desterrado para siempre.

Todo, desde el minuto uno, nos remitió al pasado más tenebroso. Un entrenador que hace cambios que nadie entiende, un rival que se mete con once defensas atrás para esperar el milagro y un ritmo cansino, exasperante, al traqueteante compás de Busquets. Cuando el azulgrana regaló su segundo balón en defensa por absoluta dejadez no habían pasado diez minutos de juego. Quedaron claras las intenciones del grupo, maquilladas con un gol tempranero de Morata en la única ocasión que generó España en todo el partido.

Los experimentos de Luis Enrique fueron desastrosos. Intervino, sin venir a cuento, su línea defensiva y los japoneses hallaron un auténtico filón. Balde demostró que está demasiado verde. Salió retratado en el gol de Alemania y volvió a mostrar su bisoñez en el primero de Japón. Con Pau Torres, uno de los terrores de la afición, más de lo mismo. Su presencia es casi testimonial porque nunca está donde se supone que debería aparecer. Rodrigo se volvió loco echando carreras cada vez que un japonés salía de la trinchera con una granada en la mano. Poco se vio de Williams, al que el Mundial viene muy grande. Los nuevos no tuvieron toda la culpa, pero alteraron la dinámica de un equipo que funcionaba. Luis Enrique intentó virar tras el desastre de los dos zarpazos japoneses, pero se vio superado. Retiró a Morata cuando los suyos empezaron a colgar balones al área y volvió a echar mano de un Ferran que no hace una sola cosa bien. Cinco cambios para empeorar el juego del equipo, si es que ello era posible. Un despropósito que lo deja en muy mal lugar y con una España, por momentos apeada del campeonato, incapaz de generar una sola ocasión a once esforzados asiáticos metidos atrás como antaño hicieran Irán, Marruecos, Rusia y todos los demás. Para este viaje, no hacía falta tanto twitch.

Lo visto podría servir de lección. Parece evidente que hay que buscar una alternativa a los permanentes coqueteos de Simón con el suicidio. Es lógico pensar que Ferran y Williams han agotado sus oportunidades. Alguien debería sentarse con Busquets a explicarle que tiene que espabilar y poner una marcha más. Es de esperar que la defensa no se vuelva a tocar y Laporte y Alba jueguen aunque sea en silla de ruedas.

El problema es que parece difícil que el seleccionador tome nota. Los personajes mesiánicos tienen muy claro su destino y no admiten dudar de su fe. La soberbia pocas veces deja hueco para el cambio de opinión. No se le puede negar, con todo, a Luis Enrique que tiene suerte. A pesar del desastre, gozará de una segunda oportunidad. Alemania hizo por nosotros lo que nosotros no hicimos por ellos. Quizás ahora que empezamos a no creer, aparezca ese equipo que, de momento, solo existe en nuestra imaginación.