No sale el Valencia de su laberinto, que no es solo clasificatorio, también futbolístico y anímico, sin sacudirse el frío de encima. El equipo de Gennaro Gattuso no pudo sumar más que un empate ante el Almería, que por dos veces logró neutralizar la ventaja de los blanquinegros, que atravesaron un duelo curtido en reveses. Un penalti en contra incomprensible, goles anulados, penaltis invalidados y ventajas desperdiciadas en distracciones. Sin despejar interrogantes, los valencianistas encaran el jueves uno de los partidos que definen una temporada. Ante el Athletic Club cambia el escenario, hablan otros intangibles. Interviene la historia, Mestalla recupera la tradición. Será distinto al paisaje de una Liga cada vez más sombrío.

El Valencia atacó el partido sin reservas, con una presión muy agresiva, entrando muy pronto en calor, con la idea clara de no dejar que el partido languideciera como ante el Cádiz. El gol pudo llegar muy pronto, a los cinco minutos el Valencia ya se había acercado en una jugada ensayada y en otra doble oportunidad en la que primero Kluivert, que tenía a Cavani solo, y luego el delantero uruguayo, entrando al primer palo pero con el ángulo cerrado, empezaron a exigir a Fernando Martínez, dispuesto a demostrar por qué es uno los porteros revelación del campeonato.

Después de ese soufflé inicial, el partido cayó durante quince minutos en otra fase más fría, de dominio territorial del Valencia, sin dejar desplegarse a su rival con una gran presión tras pérdida, con una autoridad de central astuto de Cenk, pero con serias dificultades para finalizar las jugadas. Cavani es un jugador cuyo cerebro es tanto o más decisivo que su remate. El atacante de Salto no paraba de ofrecer desmarques, o de arrastrar a contrarios para liberar espacios, pero faltaba un punto de entendimiento con jugadores como Samu Lino y sobre todo Justin Kluivert, con una naturaleza más individual y regateadora. Apretaba los dientes Cavani en cada uno de esos lances incompletos. O como cuando en el minuto 9 fue desequilibrado por el central en el intento de hacerle un sombrero para perfilar el remate. Una jugada que admitía debate, quizá con una rigurosidad que a Gil Manzano no le influyó en la jugada decisiva de la primera parte, y que despertó a un Mestalla calado de frío y humedad: el penalti surrealista señalado a Gabriel Paulista.

Era el minuto 43 cuando, en una contra almeriense, un remate de El Bilal Touré rebotó entre las piernas de Paulista y reimpulsado sobre el césped hacia arriba, una carámbola que acabó tocando la mano del central brasileño. Una acción apenas protestada por los visitantes, pero llamada a consultas por el VAR. A pesar de la más que evidente involuntariedad, se decretó la pena máxima. Touré y Ramazzani discutieron sobre quién lo tenía que tirar, en la misma portería en la que hace 25 años discutían Farinós y el Burrito Ortega para lanzar otro penalti. Fue Ramazzani quién tomó la iniciativa, pero la ajustó en exceso, rebotando en el poste. Paulista gritó el fallo como un gol, al igual que Gayà, al igual que un Mestalla que entró en combustión para los cuatro minutos que quedaban de tiempo extra.

Era una lástima que justo en ese momento efervescente se cortase el ritmo, pero el Valencia salió igual de activado tras el descanso. A los tres minutos de la reanudación, Kluivert abría el marcador con un espléndido aguijonazo de cabeza, en carrera, en una espléndida asistencia de André Almeida. No le dio tiempo a Mestalla a saborear la renta porque a los 54 minutos, un gran saque de esquina de Robertone fue cabeceado sin oposición por Chumi, que silenció al estadio, que veía reproducirse las pesadillas de los últimos partidos. Pero el revés solo hizo que incrementar la perseverancia de un Valencia enrabietado, tomado por el carácter de su entrenador. El equipo blanquinegro insistió pese a los obstáculos. Un penalti sobre Cavani que, a instancias del VAR, Gil Manzano hizo bien en anular. Un gol de Samuel Lino de cabeza, igualmente invalidado al tirar líneas por un ligero “offside” con el brazo, en otro ejemplo por el que poco a poco muta este deporte. A la tercera llegó la vencida, en el 64. Triangulación entre Lino, Kluivert, con pared sobre Musah y remate final del neerlandés. Fernando dejó suelto el rechace y fusiló Gayà, metido a delantero como en las noches extremas (ya dejaron hace tiempo de ser tranquilas en estos lares).

El Valencia se había quitado un enorme peso de encima, respiraba sin tanta agitación, comenzó a gestionar el partido con una tranquilidad que puede inducir a las distracciones. La que tuvo Cenk, en su único lunar. El central turco se despistó en la salida de pelota, acunada por Melero para que Portillo, recién salido, ajustase a la cepa del palo. Un golpe anímico inesperado y que dejó al Valencia a merced de un Almería valiente, como es el sello de Rubi, tratando de tumbar al gigante que se tambaleaba. En un Mestalla muy resignado, el desenlace no obsequió una intentona heroica. Solo un cabezazo en el 96 de Castillejo combatió la resignación ambiental de un equipo y un club heridos.