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Mark Fenwick, 'padre' del Nou Mestalla: "Un estadio que se va de precio puede arruinar a un club"

El cofundador de Fenwick Iribarren Architects, que también participó en la primera licitación del Camp Nou, aspira a poner su firma en tres estadios en el Mundial 2030, como sucedió con Catar en 2022

Mark Fenwick

Mark Fenwick / SD

Denís Iglesias

Cuando uno entra en la sede de Fenwick Iribarren Architects, firma fundada en 1990 por los arquitectos Mark Fenwick y Javier Iribarren, se sumerge en un parque temático de sueños y pasiones. Materias primas que han empleado desde 2003 para levantar estadios como el RCDE Stadium, la pasarela de Fenwick hacia el complejo mundo de imaginar el fútbol como un aficionado. Entornos sin distancias, capaces de coger el aliento de los hinchas para convertirlo en una respiración propia. Una de tantas ideas que desarrolló en el pasado World Football Summit que reunión a la industria del deporte en Madrid.

Es la sensación que dejó el 974 de Catar, una suprema obra de ingeniería desmontable -cuya futura ubicación se revelará pronto- que vibró con cada gol. Y lo mismo sucedió con el nuevo estadio del Espanyol que provocó un traslado bañado en lágrimas, pero que ha terminado por darle al club una plataforma idónea para celebrar su 125 aniversario. Igualmente, como un patio desde el que recuperar la historia, se ha concebido el Nou Mestalla tras una larga espera que nadie debería asumir para recibir su nueva 'casa'.

Porque no hay peor sensación que el nomadismo o el destierro, dos sensaciones que combaten los proyectos de Fenwick, que han sido galardonados con premios de excelencia arquitectónica, como el complejo de oficinas Helios, la sede de L'Oreal o la Torre Caleido. Después de lograr un hat-trick (tres estadios como sede) de adjudicaciones en Qatar 2022, esperan repetir la goleada en el Mundial 2030, con la necesaria inclusión de Mestalla junto al hogar del Espanyol y Alvalade, territorio del Sporting de Portugal.

Pregunta. Usted iba para ingeniero aeronáutico, pero acabó diseñando estadios por todo el mundo. ¿Cómo se produjo ese giro?

Respuesta. Mi padre era piloto y yo tenía muy claro que quería seguir su camino. Había conseguido plaza en la Universidad de Londres para estudiar Ingeniería Aeronáutica. Pero aquel verano, entre julio y agosto, me cambió el chip. No sabría decir por qué. Creo que visité una escuela de arquitectura, vi algo que me removió y me enteré de que había una plaza libre en Kingston University. Fui, hice la entrevista y me aceptaron. No se lo conté ni a mi madre. Simplemente giré el rumbo de mi vida sin saber por qué. Fue un mes de auténtica convulsión. Me gustaban los aviones, sí, pero algo me empujó hacia la arquitectura. Y todavía hoy no sabría explicarlo.

P. ¿Cómo fueron esos primeros pasos en la arquitectura?

R. Este estudio empieza cuando, después de diez años trabajando fuera, conocí a mi mujer y vine a España. Entré en un estudio de arquitectura que se llamaba Junquera Pérez-Pita, bastante conocido en su momento. Estuve allí una década. Cuando el estudio empezó a cambiar y a tomar nuevas decisiones, sentí que era el momento de hacer mi propio camino. Tendría unos 35 años. De hecho, ahora cumplimos 35 años como despacho. Fue ese momento vital de “ahora o nunca”. Ellos se mudaban de oficina y yo aproveché para alquilar un pequeño local y montar mi propio estudio.

Poco después firmé un acuerdo con un estudio inglés, Geoffrey Reid Associates, porque entendí que necesitaba una cierta proyección internacional. Así formamos Reid Fenwick Architects. Aquello duró varios años, hasta que Geoffrey Reid vendió su estudio y entonces fundamos Fenwick Iribarren Architects. Eso debió de ser hace unos veinte años, más o menos. Aunque, si lo pienso, todo comenzó antes: en los ochenta, cuando empecé a trabajar aquí. El tiempo pasa volando.

P. ¿Cuál fue el primer proyecto importante que asumieron desde el estudio?

R. Hubo varios pequeños encargos, pero el primer gran proyecto fue la sede de Hewlett-Packard en Sant Cugat. Lo ganamos en concurso y fue un éxito. A partir de ahí vinieron más edificios dentro del mismo campus, luego centros comerciales, viviendas… Poco a poco el estudio fue creciendo. Cuando nos dimos cuenta, ya estábamos entre los cinco o seis despachos más importantes de España, junto a nombres como Lamela o Rafael de la-Hoz. Todo empezó desde cero.

P. Y entonces llega el fútbol a la actividad de Fenwick Iribarren.

R. Sí. En 2003 ganamos el concurso del nuevo estadio del Espanyol. Fue un punto de inflexión absoluto. El club no quería un estadio que se fuera de precio: necesitaba un hogar funcional, ajustado a su presupuesto y emocionalmente sólido. Venían de años difíciles, casi en el destierro. Nuestra misión era, metafóricamente, abrir el Mar Rojo y llevarles a su nueva casa.

P. ¿Cómo se gesta el proyecto del RCDE Stadium?

R. Trabajamos muy cerca del club. Ellos estaban en Montjuïc, que era un desastre para el fútbol: un estadio de atletismo, viejo, frío, sin servicios. Cornellà-El Prat era otra historia. El ayuntamiento puso a disposición un terreno que se podía combinar con un centro comercial, lo que ayudaba a financiar la obra. FCC, la constructora, fue muy flexible, y conseguimos levantar un estadio magnífico con materiales muy simples: hormigón, una cubierta metálica y una fachada de vidrio coloreado. Nada de grasa. Un estadio funcional, directo, limpio. El coste final fue excelente.

P. La UEFA lo llegó a señalar como ejemplo de buena práctica.

R. Exacto. Cuando vinieron a verlo quedaron fascinados por la cercanía del público al campo y por la acústica. Hicimos una especie de 'rebote' del sonido hacia el césped que generaba una atmósfera muy intensa. Aquello se convirtió en una referencia para la UEFA. De hecho, organizaron una de sus conferencias técnicas en el estadio y a partir de ahí me pidieron escribir una guía sobre diseño de estadios.

P. La UEFA Stadium Design Guide, que ahora utilizan todo tipo de clubes.

R. Sí. La escribí con Guy Oldfield y fue una experiencia fantástica. Nació con la idea de ayudar a clubes pequeños, que no tienen los recursos de los grandes ni acceso a los mejores arquitectos. Queríamos explicar paso a paso cómo se planifica un estadio: desde las cuestiones legales y comerciales hasta el diseño arquitectónico. Al final, la UEFA decidió publicarla como manual oficial para todas sus federaciones. Se tradujo a ocho idiomas -ruso, japonés, portugués, español…- y sigue vigente más de una década después. Es curioso: fue pensada como una guía práctica y acabó convertida en una referencia mundial.

P. Luego llegó el Mundial de Qatar, que lo cambió todo.

R. Totalmente. La crisis de 2008 nos obligó a mirar fuera. En septiembre de aquel año se nos cancelaron mil proyectos de un día para otro. Pero en chino, la palabra “crisis” se forma con dos caracteres: uno significa peligro y el otro, oportunidad. Así que fuimos a buscarla. Estuvimos en Dubái y, por casualidad, conocimos a una persona de la familia real catarí. De ahí nació una reunión con el príncipe heredero, que nos pidió algo insólito: un sistema móvil para seguir carreras de camellos.

P. ¿Un 'camellódromo'?

R. Exactamente. Las carreras de camellos son una tradición milenaria en Catar, pero habían tenido que sustituir a los jinetes niños por robots. El problema era que los coches que controlaban los robots circulaban junto a la pista, y aquello era un caos: choques, polvo, peligro... El príncipe nos pidió diseñar una grada móvil, con capacidad para unas 500 personas, que se desplazara paralela a la pista a unos 35 km/h, como si fuera un tren aéreo. Lo desarrollamos junto a Siemens, con un sistema de raíles y amortiguadores de goma. Era una idea tan loca como brillante. Se lo tomó muy en serio. De hecho, aquello nos abrió las puertas del país y, poco después, al Mundial. Cuando trabajas en un entorno así, entiendes que la innovación no siempre viene de lo evidente. A veces nace de un proyecto excéntrico que demuestra lo que eres capaz de hacer.

P. ¿Cómo llegó la llamada de la FIFA para empezar el camino hacia el 'hat-trick' del Mundial de Catar?

R. Participamos en la candidatura de Catar. Fui uno de los pocos arquitectos presentes en la presentación ante la FIFA, junto a Norman Foster. Mostramos maquetas y un prototipo de refrigeración instalado en el estadio Al-Sadd, en Doha, que mantenía el interior a unos 19 grados. La FIFA quedó impresionada: demostramos que era posible climatizar un estadio abierto. Fue el germen del Education City Stadium.

P. Fueron pioneros en el enfriamiento de estadios, fundamental para todos los eventos al aire libre que se llevan a cabo en Oriente Próximo.

R. Sí, absolutamente. Desarrollamos un sistema que combina ventilación subterránea, conducción de aire frío y disipación solar mediante materiales reflectantes. Fue el primer estadio enfriado del mundo, y cambió la percepción de lo que se podía hacer en climas extremos. A partir de ahí, todos los estadios de Catar adoptaron versiones del mismo principio. Técnicamente fue un logro enorme, pero también una idea de sostenibilidad: si puedes enfriar solo la zona útil, ahorras energía y reduces emisiones. Esa idea de “enfriar lo necesario” ha sido muy influyente.

P. Después vinieron el Al Thumama y el Estadio 974, la gran disrupción en este tipo de instalaciones, por su naturaleza desmontable.

R. Sí. Participamos en la candidatura de Catar. Fui uno de los pocos arquitectos presentes en la presentación ante la FIFA, junto a Norman Foster. Mostramos maquetas y un prototipo de refrigeración construido en Doha, que mantenía el interior a unos 19 grados. La FIFA quedó impresionada: demostramos que era posible climatizar un estadio abierto, algo que se probó también en el Jassim Bin Hamad Stadium (Al-Sadd) antes del Mundial. Fue el germen del Education City Stadium.

Más tarde llegó el Al Thumama Stadium, que partió de una idea del propio príncipe: quería un símbolo de la juventud catarí, e inspirarlo en la ghafiya, el gorro tradicional que visten los niños. Lo desarrollamos junto a Fenwick Iribarren y Arab Engineering Bureau, y trabajamos con los ingenieros de schlaich bergermann partner (sbp) —responsables de la cubierta—, Thornton Tomasetti —estructura y fachada—, y Hilson Moran —ingeniería MEP—. Conseguimos trasladar esa geometría textil a una estructura de acero y fibra.

Luego llegó el Stadium 974, el recinto desmontable. Queríamos romper con el concepto del “elefante blanco”: diseñamos un estadio formado por 974 contenedores marítimos, totalmente desmontable y reutilizable. La FIFA lo consideró una innovación ética y sostenible, símbolo de una nueva manera de entender los estadios tras el torneo.

P. La otra gran aventura de Fenwick Iribarren es el Nou Mestalla. Demasiado larga.

R. Muy larga. Tenemos la historia de Salvador Alonso, arquitecto y director del proyecto (está al otro lado del espejo durante esta conversación). Entró en el estudio jovencísimo para trabajar en este estadio: se casó, tuvo un hijo… Ese hijo ha terminado el colegio, ha empezado la universidad y está previsto que, cuando se gradúe, se inaugure el estadio. Su vida ha ido en paralelo al proyecto, lo cual refleja bien lo que ha sido: una historia de tenacidad y constancia, con muchas idas y venidas.

Hemos pasado por distintos presidentes, alcaldes y contextos, pero siempre hemos seguido ahí, a pie de obra. El Valencia nunca ha perdido la voluntad de hacerlo; simplemente, las condiciones económicas eran diferentes. Ahora la obra ha arrancado y la previsión es terminar en 2027. Lo que tenemos entre manos es un proyecto de última generación. Si en Catar “creamos estadios”, el Mundial 2030 va de transformarlos. Hay que adaptar los recintos a los nuevos requisitos -también los de la FIFA- y a una ingeniería mucho más avanzada que la de hace veinte años.

P. ¿Cómo ha ido evolucionando el proyecto de Mestalla desde la idea inicial hasta la que verá la luz en 2027?

R. Partíamos prácticamente de un papel en blanco, lo que nos ha permitido introducir usos que garantizan actividad durante todo el año. Siempre digo que hoy los estadios son lugares donde a veces se juega al fútbol, no al revés. En Valencia hemos incorporado espacios compatibles con el deporte y con la vida diaria, y lo hemos hecho con un presupuesto realista, porque un estadio que se dispara puede arruinar a un club. Ha pasado en Inglaterra, por ejemplo.

El nuevo Mestalla será espectacular y diferente al proyecto original. Quizá no tenga la misma fachada, pero ha mejorado en muchos aspectos. El diseño anterior era más cerrado y opaco; ahora apostamos por un modelo más mediterráneo, abierto, con terrazas que miran tanto al campo como a la ciudad. Ya no concebimos estadios clausurados: deben dialogar con su entorno. La cubierta translúcida permitirá la entrada de luz natural y la tecnología es fantástica. Tampoco es un proyecto low cost, como se ha dicho -hablamos de unos 312 millones de euros—, pero sí un estadio ético, sostenible y funcional, con más dotaciones, más usos y plena viabilidad urbana.

P. Uno de los grandes retos de cualquier estadio es, precisamente, la convivencia con el entorno. Más si cabe en los estadios plenamente urbanos. ¿Cómo trabajarán esto con Mestalla y cómo lo han hecho con anteriores proyectos?

R. No será un edificio que 'moleste' cada quince días, sino un espacio útil los 365 del año. Estamos muy contentos, también por la tenacidad del club. Ha habido etapas mediáticamente complicadas, pero el resultado será brillante. El bowl (el anillo de las gradas) el día de la inauguración se va a ver impresionante. El traslado siempre tiene una carga emocional. En el caso del Espanyol fue más fácil, porque se pasó de algo precario a algo nuevo, aunque muchos lloros.

En Valencia será distinto: Mestalla es muy sentimental, hay generaciones de aficionados ligadas a él, pero la diferencia en confort y visibilidad será enorme. El nuevo estadio ofrecerá una visión perfecta desde cualquier punto, mejores accesos, más aseos y mejores servicios. Estoy convencido de que será un estadio muy querido y que la transición funcionará bien. Además, el nuevo Mestalla estará mejor integrado en la ciudad. A diferencia del Metropolitano, -sé que me van a matar los 'atléticos'- que queda más aislado, este seguirá conectado con el tejido urbano: transporte público, accesos a pie, zonas comerciales y restaurantes en la base… Queremos que sea un lugar de encuentro, no solo un recinto deportivo.

P. También participaron en la licitación del Camp Nou. ¿Qué proyecto presentaron?

R. Sí y no. Participamos cuando la licitación de Acciona. Estuvimos con ellos y no fue exitosa. Pensamos que sí, porque estábamos a punto de ganarlo, pero ganó la propuesta turca de Limak, por temas de plazos. Nosotros avisamos de lo que pasaría a este respecto... Nosotros proponíamos mejoras sustanciales en las gradas, por ejemplo. Posiblemente han hecho lo mismo; no lo sé. No conozco el proyecto actual. Me dio pena no ganarlo. Tenía pocas esperanzas: siendo el arquitecto del Espanyol, es complicado que te den el del Barça. En fútbol eso influye.

P. Antes citó dos aspectos clave como la ambientación sonora y la ubicación, que han sido críticos en el nuevo Bernabéu. ¿Cómo se logra potenciar la atmósfera mientras se convive con el vecindario?

R. Madrid es un ejemplo: la ley fija un nivel sonoro difícil de cumplir. Si quieres un estadio acústicamente cerrado, debe serlo desde el inicio; sin aperturas. El Bernabéu cierra el techo y eso ayuda, pero se podría hacer sin cerrarlo. El problema no es solo acústica, hay que tener en cuenta la logística que hay alrededor de estos eventos. Un concierto dura dos horas, pero el montaje mueve cientos de camiones. Por ejemplo, en el concierto de Taylor Swift había más de un centenar. Esto exige una relación de retos. Porque el ruido en sí no es un problema y esto sucede con IFEMA, pasará con la Fórmula 1... Lo importante es mitigar al máximo el impacto y hacerlo desde el principio.

P. ¿En qué proyectos de estadios están ahora mismo implicados?

R. En Belgrado el Estadio Nacional de Serbia está terminado y tiene final previsto, igualmente, para 2027, al igual que en Valencia. Además, será la sede de la Expo 2027, cuyo recinto ferial tambien diseñamos nosotros. Es uno de los proyectos más grandes de Europa. En Portugal, con el Estadio Jose Alvalade, del Sporting Clube de Lisboa, la experiencia también está siendo muy buena. Allí empezamos con una 'cirugía', algo similar a lo que hicimos en Vallladolid con Zorrilla, reformando su 'foso de los leones'.

Por poco dinero, puedes transofmrar un estadio por completo. Costó convencerles y tuvimos que hacerlo en verano, pero funcionó. Llevamos la misma constructora, se inauguró y quedaron encantados: eliminamos el foso, bajamos ligeramente el campo y acercamos al público. También hicimos el museo y otras mejoras. Ahora tenemos nuevo encargo para seguir interviniendo allí. La experiencia ha sido muy buena. En 2022 hicimos un hat-trick y en 2030 esperamos repetirlo, con Valencia incluido. No se puede dejar a Valencia sin un estadio nuevo de 70.000 espectadores.

P. ¿Y cómo estáis posicionados de cara al Mundial 2034 en Arabia Saudí? La experiencia de Qatar habrá posicionado bien a Fenwick Iribarren Architects de cara a una cita que ha recibido la mejor puntuación histórica de la FIFA.

R. Estamos presentes en Arabia Saudí. Participamos en un concurso que no ganamos, aunque ahora han hecho una criba de 18 estudios a cuatro finalistas. Estamos muy bien considerados por el Ministerio de Deporte; muchos de los técnicos de Catar están ahora allí y nos conocen. En Catar seguimos con otros proyectos, sobre todo centros de entrenamiento. En Al-Ula (Arabia) hemos ganado uno importante y estamos cerrando otro con el Al-Ittihad de Benzema. No puedo dar detalles por cláusulas, pero también estamos concursando para dos nuevos complejos en Al-Qiddiya (la nueva capital del entretenimiento saudí). Son academias, sedes de club y pequeños estadios que componen verdaderos ecosistemas deportivos. Puede que no tengamos un hat-trick de estadios allí como en Qatar, pero sí en training centers.

P. ¿Qué siente Mark Fenwick al entrar en un estadio que ha concebido?

R. Es una sensación brutal y muy emotiva. Lo que sucedió con el del Espanyol fue especialmente intenso: la gente venía de un sitio muy precario y lloraba de emoción. Piensa que todo empieza con un papel en blanco, un lápiz, un gesta y acaba convertido en ladrillos, en un lugar donde alguien entra con su abono o entrada. Es impresionante. Recuerdo un partido, el Argentina - Polonia del Mundial de Catar, en el que un periodista que seguía a la albiceleste se enteró de que el estadio 974 donde se jugaba el partido era nuestro. Me entrevistó allí mismo. En un momento, la grada metálica se movió un poco y él dijo: “No, no, está respirando, está vivo. Has hecho un edificio con alma”. Me puse a llorar. Tenía razón: es un edificio con alma.

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