Hace ahora cuarenta y siete años, en 1964, en las páginas de este periódico y el actual firmante de esta crónica ya publicó un extenso reportaje tras visitar en Burdeos el conocido como «Solar español», un centro creado en aquella población francesa en 1920 y que estaba destinado a acoger y ayudar a la entonces muy nutrida colonia española que había emigrado a aquella ciudad, mundialmente conocida por la denominación de origen de sus vinos. Y queremos recordar aquella creación, pues quienes pudieron leerlo entonces tal vez no lo recuerden…

Fueron dos religiosos galos de la compañía de Jesús, apellidados Simón y Fabre, que estaban sorprendidos por las necesidades espirituales y sociales de la importante colonia de inmigrantes del país del sur. Pronto se adhirió y se entregó a esta tarea otro jesuita español, el padre Ascunce, y entre los tres emprendieron la tarea, que no parecía fácil por lo costosa, pero que pronto encontró la mano de un benefactor, Diodoro Gutiérrez de las Cuevas, allí residente pero encariñado con nuestro país. Este mecenas adquirió un solar de casi cinco mil metros cuadrados que puso a disposición de la nueva empresa benéfica, y en1924 ya estaba construido un enorme inmueble y era oficialmente reconocida la obra social, con un patronato que presidía el rey de España.

Como la colonia española, en su mayoría trabajadores y algunos buscadores de empleo, estaba diseminada, se montó delegaciones en barrios limítrofes, e incluso en localidades próximas, como Pau y Toulouse.

El «Solar español» tenía una múltiple finalidad en la atención a nuestros compatriotas en el primer cuarto del siglo XX —y a lo largo de toda la centuria—; así, aparte de la atención religiosa y espiritual, estaba la de atenderles laboralmente; muchos de ellos, de los emigrantes, no tenían trabajo, otros estaban faltos de techo, y todo ello trató de facilitárseles esta nueva empresa desinteresada, que, según nos contaron casi medio siglo después cuando lo visitamos, se vio recompensada con la gratitud de los beneficiarios; pues nos contaron los entonces dirigentes que la gran mayoría de cuantos estaban gratuitamente acogidos, cuando con el tiempo se abrieron paso en la vida acudían con su ya medio saneada economía a reponer lo que en su día no se les exigió. O sea que, además de atenderles materialmente, se les sembró la virtud de la gratitud.

El «Solar español» iba a más; años después, montaron un edificio, con parque y jardines, para colonia infantil, situado a orillas del río Garona e incluso en sus bajos una hospedería para españoles allí residentes.

La finalidad de esta institución, desde el primer momento, fue de apoyo social a nuestros compatriotas allí residentes; pero ello llevaba consigo una actividad religiosa, con la creación en su sede de una parroquia que tenía vasta actividad y que mantenía en la fe a quienes habían emigrado.

Cuando tuvimos la ocasión de visitar aquel establecimiento, estaban al frente del mismo el director, padre Pedro de Lezama, con los jesuitas padres Félix Zabala e Ignacio Laymo, y los hermanos Mariano Navascués y Lucas Maíz. Y nos fueron relatando cómo desde ese establecimiento creado para españoles se gestionó miles de documentaciones que había que actualizar, se les redactaba las cartas de correo en el idioma que necesitaran los acogidos —español o francés—, más de trescientas jóvenes fueron colocadas como fijas o temporales en diversas familias de Burdeos, se atendió miles de comidas y cenas, numerosas limosnas en dinero o en ropa, y dos millares y medio de españoles durmieron en el establecimiento. Aparte, se mantenía un servicio médico en un dispensario para españoles allí residentes y lo mismo había un servicio de guardería y escuela infantil para los hijos de nuestros emigrantes que tenían las horas ocupadas con el trabajo que habían encontrado gracias al «Solar español», situado en el número 120 de la rue Dubourdieu.

Dieciocho lustros después de su creación, hemos querido revivir esta iniciativa a favor de nuestros emigrantes, que evitó muchas desgracias a quienes, por una razón o por otra, a lo largo del siglo XX, cruzaron los Pirineos buscando nuevos medios de vida.