A lo largo de la última semana se han desvelado algunas de las incógnitas planteadas durante el verano y alentadas, meses atrás, por el optimismo compulsivo de la alcaldesa de Valencia. Había cierta expectación, pues, por escuchar lo que tenía que decir a la vuelta de las vacaciones, pero sus palabras y sus silencios han resultado cuanto menos desalentadores. Todo lo que puede considerarse novedad respecto al parón de los últimos meses es la retirada de los coches oficiales y los escoltas, una medida que llega tarde y a regañadientes.

Parque Central. Una de las incógnitas era el Parque Central y la convocatoria del Consejo de Administración esta misma semana disparó las alertas. Sin embargo, la noticia es que el jardín en la parte de Russafa (el resto seguirá ocupado por las vías «ad eternum») se retrasa otro año y que la pasarela de Amparo Iturbi será accesible. Poco botín para tanto proyecto. No es de extrañar que el presidente del consejo, el secretario de Estado de Infraestructuras, Rafael Catalá, se quitara de enmedio.

Marina Real. Se miraba también a la Marina Real Juan Carlos I, cuyo gestor, el Consorcio Valencia 2007, ya ha sido renovado y trabaja en la cesión de la dársena a la ciudad. Julio era una fecha importante en ese sentido, pero todo indica que las cosas de palacio van despacio. Preguntada por este asunto, Rita Barberá prefirió dejar los micrófonos al director del Consorcio, Pablo Landecho, una cesión, esta sí, significativa.

Otra ciudad. Se ve gravemente amenazada incluso la ampliación del Palacio de Congresos, cuestionada ya públicamente por la Confederación Empresarial Valenciana. Parece claro, por tanto, que el modelo de grandes inversiones y obras para la posteridad tendrán que esperar a un mejor momento, que seguro que llegará. Ahora toca volver la mirada sobre las personas, los barrios, la cultura, el medio ambiente, las nuevas tecnologías y darle a la ciudad un equilibrio que había perdido en los últimos años. Pronto se abrirá un centro de salud en Convento Jerusalén. A eso me refiero.