Sí, volver al centro. Esa debería ser nuestra consigna, sobre todo en época de crisis como la actual. Recuperemos los cascos históricos de las ciudades, muchos de ellos abandonados a suerte durante los años de burbuja inmobiliaria, cuando constructores y especuladores se dedicaron al dinero fácil de las urbanizaciones con jacuzzi y piscina.

No permitamos que nuestros centros urbanos, antes rebosantes de vida, se vuelvan ciudades fantasmas como el de Los Ángeles o de tantas otras urbes norteamericana, donde caminar resulta casi sospechoso. No dejemos que se conviertan en refugio de yonquis y alcoholizados.

Sancionemos ejemplarmente, como corresponde, los comportamientos inciviles, las pintadas que todo lo afean y atraen nuevas pintadas, la suciedad en las calles, que obligan a la labor incesante de los servicios de limpieza que pagamos entre todos. Y veremos cómo se produce rápidamente el efecto opuesto.

Rehabilitemos los viejos barrios, hagámoslos habitables para todo tipo de personas, ancianos, niños o minusválidos, antes de que progrese su deterioro y la recuperación resulte mucho más costosa para todos cuando no sencillamente imposible.

Peatonalicemos cuantas calles y plazas sea posible para que vuelvan a ser espacios de sociabilidad, de convivencia, como lo fueron durante siglos, y convenzamos al comercio minorista, que tantas veces siente la peatonalización como amenaza, de que, a la postre va a verse beneficiado, como lo demuestra la experiencia de tantas ciudades del norte de Europa, donde no tienen siquiera la ventaja de nuestro clima.

No permitamos que el automóvil domine nuestras vidas hasta el punto de que no podamos hacer nada, aunque sólo sea ir a por el periódico al quiosco de la urbanización donde vivimos, si no es al volante.

Animemos a nuestros gobiernos locales y regionales a fomentar los transportes públicos y exijamos que éstos cumplan además sus horarios. Facilitemos al mismo tiempo el uso de la bicicleta, un medio de transporte limpio como ninguno y perfectamente adecuado para ciudades llanas, con el trazado de los oportunos carriles para evitar así sustos y atropellos lo mismo de ciclistas que de peatones.

Volvamos a hacer nuestras compras en los pequeños comercios del barrio en lugar de ir una vez por semana para llenar el frigorífico a las grandes superficies, que tanto contribuyen a la decadencia de los centros urbanos y a la destrucción de empleo en el sector de los servicios aunque muchas veces sus responsables afirmen lo contrario.

Fijémonos en barrios que se han rehabilitado de esa manera como puede ser el de Chueca en Madrid, durante muchos años en rápido proceso de degradación y cierre de comercios por el tráfico de drogas y la prostitución callejera, pero donde, tras su recuperación por la comunidad gay, han surgido, junto a los comercios tradicionales, restaurantes especializados, tiendas de productos macrobióticos y locales de todo tipo, frecuentados por una clientela joven y desenfadada.

Veamos que en los países más avanzados se ha impuesto ya ese cambio de tendencia, esa vuelta desde la periferia al centro. Y tal vez la crisis, con todos sus efectos perniciosos, tenga para nosotros ese efecto positivo: el cambio de mentalidad y, con él, de estilo de vida.

La estética urbana, el medio ambiente, la salud individual y colectiva, la sociedad en su conjunto y las generaciones que vengan después, todos saldrán sin duda ganando.