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El centro histórico

Al rescate del color de Ciutat Vella

El libro «El color de Valencia» recorre cinco barrios del centro histórico para analizar las distintas tonalidades de las zonas antiguas de la ciudad - El objetivo de la investigación es defender una gama cromática que está desapareciendo con algunas rehabilitaciones

Ciutat Vella.

Ciutat Vella. / Fernando Bustamante

Mónica Rosvalencia

Cada ciudad tiene su color. Un color propio que tiene su origen en la propia tierra. En las arcillas, en las cales empleadas, en los mármoles, en las canteras de donde se extrae la piedra... En el pasado, el propio territorio era la materia prima para la construcción de las ciudades.

Por ello, de la tierra de Valencia nació el color de la ciudad. Y ese color es el que quieren recuperar, más bien «rescatar», cuatro investigadores del Instituto de Restauración del Patrimonio —Jorge Llopis, Ana Torres y Ramón Vilaplana, coordinados por la catedrática Ángela García Codoñer— con el libro «El color de Valencia. El centro histórico», una edición de la Universidad Politécnica que analiza e investiga el color de los barrios del casco antiguo de la ciudad, tras dos décadas de intenso trabajo.

Y es que Valencia, poco a poco, pierde esa esencia que la diferencia del resto al presentar colores que ni son suyos, ni la caracterizan, ni la diferencian.

Los colores protagonistas del paisaje urbano de Valencia son los ocres, en toda su gama de claroscuros, brillos, intensidades o tonos. Sin embargo, no es cualquier ocre. «Se trata de un ocre nuestro, de nuestras canteras, no el ocre albero de Andalucía, que es muy fuerte. Es un ocre más dorado, más tranquilo, muy bonito y que todavía existe en las fachadas que están todavía sin tocar como en la antigua plaza de San Esteban, donde estaba el antiguo conservatorio», explica García Codoñer en lenguaje sencillo. En segundo lugar, se sitúan los almagras y aquellas tonalidades que recuerdan a la tierra o al óxido de hierro. Nada que ver con el blanco y gris de algunas de las últimas restauraciones que se han llevado a cabo en algunos edificios del casco histórico de la ciudad, principalmente de los que se han pintado en gris, algo que el equipo del Instituto de Restauración del Patrimonio calificó de «una auténtica barbaridad cromática».

«No sé si es por miedo al color o simplemente por desconocimiento, pero se está pintado la ciudad con color blanco o más bien de un color vainilla clarito que no compromete a nada y que siempre queda bien. Y eso es una barbaridad, directamente. Porque al igual que respetamos la estética, la tradición y la tecnología de un tiempo determinado cuando restauramos la forma, también tenemos que respetar la estética y la tecnología cromática para que haya una coherencia entre la forma y el color», explica la profesora García Codoñer. Y añade: «Eso es lo que queremos rescatar, el color de Valencia. Nos lo están cambiando, y dentro de 20 o 30 años no se sabrá qué color tiene nuestra ciudad, porque los están adulterando. Y en las restauraciones de edificios antiguos están pintando encima colores que no son los que tocan». La batalla está más que clara: «Hay que reivindicar el color de Valencia, porque lo están secuestrando. Debemos defender el aspecto original».

Pero color y forma son inseparables y en la estética del pasado estaban, además, tan estrechamente relacionados que no pueden desprenderse sin alterar el significado de la obra en su conjunto. Por ello, el libro que investiga el color de la ciudad realiza también un análisis tipológico de la arquitectura patrimonial ya que tras los estudios realizados «ahora sabemos que hay colores que responden a ciertas tipologías constructivas. Ellas nos cuentan, desde la tecnología, la historia cromáticas de nuestras fachadas».

El trabajo de investigación llevado a cabo ha consistido en identificar los edificios históricos, extraer muestras de las diferentes capas de pintura y materiales de la fachada, dibujar la misma y confeccionar una carta de color, que recopila las variedades cromáticas que se dan en cada zona de los barrios que forman el centro histórico de la ciudad de Valencia. Cada edificación analizada por los expertos cuenta con una ficha que refleja las características históricas de la fachada a estudio, el análisis actual de la misma y la propuesta cromática global para su rehabilitación, que quedan recogidos en esta publicación.

Casa plebeya y casa señorial

De esta forma el libro explica que existen varias edificaciones en el centro histórico, que han evolucionado a los largo del tiempo desde la época medieval. En el mismo escenario conviven tipologías artesanales, vecinales y señoriales.

En primer lugar destaca la edificación artesanal obrador, es decir, la de la casa plebeya que reunía en un mismo espacio la vivienda y el taller. Es muy abundante en el centro histórico y caracteriza a los barrios del Carmen, Velluters, Mercat y Seu-Xerea. Solo el barrio de Sant Francesc supone una excepción ya que sufrió profundos procesos de transformación urbana a finales del siglo XIX y principios del XX. En las casas obreras la fachada apenas supera los 5 metros (la longitud lógica de una viga de madera). La austeridad formal y la desnudez ornamental son las características de la casa obrera.

Desde el punto de vista cromático, los reyes son las gamas derivadas de los óxidos de las tierras, es decir, ocres y almagras. Estos pigmentos eran baratos de conseguir y los más usados en construcciones modestas.

La edificación señorial es el tipo arquitectónico que refleja la complejidad de las diferentes épocas. La ubicación de este tipo de construcción en la ciudad es variada. En ocasiones se concentran en entornos urbanos destinados a la nobleza, como la calle Caballeros. Sin embargo, lo más normal es la dispersión de los mismos en una trama urbana donde coexisten edificios nobiliarios con las modestas edificaciones residenciales. Tras los siglos XVIII y XIX la simplicidad desaparece para dar cabida a nuevos estilos.

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