19 de mayo de 2013
19.05.2013

Don Francisco Javier Aguilar Solaz - Ensayo de José Miguel Giménez Guarinos

El comportamiento heroico y la tragedia de un maestro de la Escola de Russafa en su 150 aniversario.

19.05.2013 | 05:30
Los huérfanos del maestro Aguilar (1863).

Mi padre y mis tíos se educaron en el Grupo Escolar Balmes, una de las primeras escuelas graduadas de Valencia, situada en el barrio de Ruzafa, en la calle del Maestro Aguilar. Siempre me incitó la curiosidad el origen de la denominación de esa calle, lo consulté hace algunos años con mi padre, y me refirió una historia que a su vez le contó el suyo, referente al maestro Aguilar, trataba en un tono melodramático del hundimiento de una escuela hacía muchos años, del fallecimiento del maestro y de varios niños.

Le propuse retornar a la realidad esa historia, conocer lo cierto de aquella tradición verbal, la personalidad del citado maestro, averiguar la época del suceso, las circunstancias del infortunado desenlace y, si fuera posible, darlo a conocer.

Después de ciertos avatares conseguimos contactar con un tataranieto del maestro Aguilar, nos facilitó información significativa, la fotografía de los huérfanos del malogrado docente y, lo más interesante, pudimos ubicarlo en su época. Faltaba fundamentar el relato, para ello indagamos en las fuentes documentales que aportan los archivos y hemerotecas, referentes a padrones, actas y reseñas periodísticas de la época.

Con esta exposición se pretende elaborar un artículo sobre D. Francisco Javier Aguilar Solaz, un maestro de primeras letras, honesto, afable, un héroe anónimo que, en el año 1863, sacrificó generosamente su vida en el hundimiento de su querida escuela unitaria1 de Ruzafa2, intentando salvar la de sus párvulos.

Nacido en Chelva, el 25 de enero de 1817, hijo de Xavier Aguilar Estevan y de Francisca Solaz Aliaga, bautizado en la iglesia parroquial de la villa por el entonces vicario D. Joaquín Aliaga.

Inscripción bautismal de D. Francisco Javier Aguilar Solaz
Contrajo matrimonio en Valencia con una maestra de primeras letras, Dña. María Martínez Andreu, fruto del cual nacieron: Francisco Javier, en 1844; Francisco de Borja, en 1848; Remedio, en 1853 y María de la Soledad, en 1855.

Hacia mediados del siglo XIX, Ruzafa contaba con Ayuntamiento propio y una escuela pública de niños que regentaba desde 1841, como titular y maestro de primera enseñanza, D. Francisco Javier Aguilar Solaz. El mestre de Russafa, como era conocido entre la población, era respetado por su honradez, seriedad y conocimientos, siendo requerido su consejo frecuentemente, por las clases más desfavorecidas, para multitud de asuntos administrativos que desconocían, por no saber de letra, relativos a requerimientos, contribuciones, quintas, expropiaciones, etc.

Motivado por las ordenanzas relativas a la clausura de los cementerios parroquiales, entre abril y mayo de 1.861 fue designado por el municipio para que tutelara la dirección y vigilancia de las operaciones de exhumación y traslado de los restos sepultados en el cementerio parroquial de San Valero de Ruzafa, al General de Valencia. En parte del solar resultante se construyó de nueva planta la escuela de niños de Ruzafa, que sería dos años más tarde la causa de la tragedia y del fallecimiento del maestro3.

Según informaciones transmitidas por sus familiares, D. Francisco Javier Aguilar detectó al poco de inaugurarse la escuela algunos síntomas que hacían dudar de la seguridad de su fábrica, haciendo partícipe de este hecho a las autoridades locales sin ningún resultado. La misma mañana del trágico suceso hizo que se personaran el alcalde de Ruzafa D. Salvador Aleixandre y un alguacil, para que inspeccionaran el local y ordenaran su desalojo, petición que fue desoída. Lamentablemente, al cabo de media hora el recinto estaba en ruinas.

Este luctuoso suceso conmovió la ciudad de Valencia en la mañana del día 2 de Junio de 1863. El local de la escuela de niños de Ruzafa, construido cinco meses antes, se desplomó repentinamente causando numerosos heridos, la muerte del maestro y de diez de sus alumnos.

Han transcurrido 150 años, era patente la ausencia de referencias rigurosas, por consiguiente, recurrimos a las actas del Ayuntamiento de Ruzafa y a lo publicado por la prensa local que hacía referencia a este infortunio. A nivel nacional, se hicieron eco de esta noticia, entre otros, los periódicos La Correspondencia Española, La Discusión, El Clamor Público, La Época, La España, La Concordia y La Esperanza. En el ámbito local cubrieron la noticia, El Mercantil, La Opinión y el periódico de Instrucción Pública Cervantes.

El diario El Mercantil de Valencia publicaba el suceso el día 3 de Junio de 1863, en el apartado Gacetilla General, titulando el artículo Terrible catástrofe, del cual se cita un extracto:

La escuela pública de niños del vecino pueblo de Ruzafa, es hoy un montón de ruinas, y muchas familias lloran la pérdida de hijos queridos o velan en el lecho del dolor heridos inocentes, que se han salvado milagrosamente de la muerte.

Serían las nueve de la mañana cuando se desplomaron las paredes y el techo del local de la citada escuela. Tan terrible noticia corrió por el pueblo con la rapidez del rayo, y los vecinos consternados se dirigieron al sitio de la catástrofe, con el objeto de salvar si era posible a los niños que se hallaban en la escuela. A medida que se separaban los escombros se iba accediendo a los funestos resultados del desplome; el cadáver del maestro, el de diez de sus alumnos y una porción de heridos fueron encontrándose sucesivamente, convirtiendo los tristes presagios que abrigaban todos los corazones en dolorosas realidades.

Un maestro interino que se hallaba fuera del local de la escuela, repasando la lección a un corro de alumnos, fue el primero que se apercibió del movimiento del edificio; dio la voz de alarma al maestro, y éste, que se hallaba en el testero del aula, se dirigió a la puerta que estaba en el extremo opuesto gritando a los alumnos que salieran. Pero el infeliz no pudo salvar la vida, al llegar a dos pasos de la puerta el desplome del inmueble lo dejó cadáver.

[...] Uno de los primeros mensajeros de la catástrofe, fue un niño que acababa de salvar milagrosamente la vida. El desplome no le había ocasionado ninguna lesión grave, y viendo cerca de sí un boquete que habían dejado las vigas, se salió por él al aire libre y se dirigió corriendo a esta capital, en busca de su padre.El susto había ocasionado al niño un arrebato de sangre, y hubo necesidad de auxiliarle con una sangría. Poco después el padre guiaba a los exploradores al sitio de la catástrofe.

Los profesores de cirugía que acudieron al lugar del siniestro, inmersos en el socorro de los heridos, desempeñaban con gran celo su misión en medio de este cuadro desgarrador, y los lamentos de las inocentes víctimas de esta dolorosa catástrofe, destrozaban el corazón de los circunstantes.

En el local se hallaba el Sr. Gobernador Civil, atendiéndolo todo, previniéndolo todo, con una solicitud verdaderamente paternal [...] los facultativos Sr. Chomón y Serrador prestando su asistencia a los heridos que les presentaban a cada momento, el Sr. Juez del distrito del Mercado, instruyendo las oportunas diligencias y el Sr. Comandante de fusileros [...] El Sr. Arzobispo de la diócesis se presentó inmediatamente [...] y se le veía prodigar sus evangélicos consuelos de casa en casa, a las familias que tenían alguna desgracia que lamentar [...]4.

Separados los escombros, apareció a metro y medio de la puerta, cadáver, el profesor de la escuela D. Francisco Javier Aguilar y sucesivamente fueron descubiertos hasta diez niños también cadáveres, inmediatos a la plataforma [...] cuatro aparecían sin lesión alguna, como víctimas de la asfixia [...] se trasladó al maestro a su habitación y los niños fueron depositados en una salita reducida junto al deslunado de la escuela.

La autoridad judicial procedió sin demora a la formación de la oportuna causa criminal y también el Sr. Gobernador D. Casto Ibáñez de Aldecoa instruyó en el acto otro expediente gubernativo, para averiguar la culpabilidad que pueda recaer sobre cuantos han intervenido en la construcción de la escuela.

Al día siguiente 3 y a las ocho de la mañana fueron llevados los once cadáveres, a la iglesia parroquial, siendo colocado en el centro el desgraciado profesor, cuatro niños al frente, cuatro detrás y uno a cada lado, rodeado por doce grandes blandones y veinticuatro cirios5.

Los testimonios insisten en reconocer la actitud heroica del maestro, dirigiendo la evacuación urgente de sus discípulos hasta que el desplome de una viga le ocasionó la muerte y la de uno de los pequeños que llevaba en brazos. Tenemos el perfil de un hombre bueno y de un trabajador honorable en el que las personas de su entorno confiaban. El diario, después de describir detalles dantescos que nos permitimos omitir, en un párrafo que titula Pormenores, expone como D. Francisco Javier Aguilar, mientras los niños huían pudo haberse salvado, pero en su afán de que escaparan sin peligro continuó dentro del aula para disponer su desalojo, pero advirtiendo que dos párvulos de muy corta edad se hallaban paralizados por el terror, los tomó en brazos, llegando con ellos hasta la puerta. Milagrosamente uno de los niños pudo salvarse, el otro murió al lado de su maestro. Don Francisco Javier Aguilar terminó su vida con un acto de heroísmo y de abnegación del que hay muy pocos ejemplos.

La tragedia
En el ejemplar del periódico Cervantes del día 25 de junio se expresan las condiciones del edificio escolar: Sobre cuatro meses antes de la catástrofe ( un mes posterior a la inauguración de la escuela), la parte lateral derecha del cielo raso comenzó a desprenderse dando entrada a las aguas, por lo que hubo necesidad de practicar un reparo por el interior de la escuela, cubriendo con yeso la longitud entreabierta, y suponemos también que el reparo se extendería a inspeccionar la parte exterior del techo que daba entrada a las aguas, porque si no, inútil era la recomposición interior.

En los meses sucesivos, es decir durante mayo, vieron algunos niños desprenderse unos pequeños terroncitos, y en especial a últimos del mismo hízose bien visible la descomposición de la pared lateral izquierda por la aparición de una rendija que podía dar holgadamente el paso a la luz. Ignoramos si se reparó esta abertura, que fue en aumento después del último temporal.

Mediante las explicaciones posteriores del pasante de la escuela, alumnos y familiares, se ha elaborado, siguiendo al periódico Cervantes, lo que debieron ser los trágicos instantes anteriores al siniestro: El día 2 de junio, día de la catástrofe asistían 130 niños a la escuela y sobre las ocho y cuarto, el desgraciado profesor Sr. Aguilar, como recelando justamente por las observaciones anteriores que el peligro se mostraba más evidente en la parte izquierda, dijo al pasante D. Juan Viana "separe usted los niños de esa pared, porque de hoy no pasa sin que se venga al suelo". A esa misma hora comenzó la caída de terroncitos con tanta frecuencia que el profesor tuvo por conveniente salir de la escuela en busca del Señor alcalde, con quien, y un alguacil, regresó a poco tiempo, para informarle del peligro que amenazaba.

El pasante no menos solícito y receloso obedeció en el acto la orden y principió con sus niños el repaso de las lecciones, en el propio local de la escuela; más a las nueve y media, según palabras textuales del mismo, tuvo como una inspiración producida por el temor de algún mal, y recordando que hasta las diez y media no era costumbre salir con los niños de su cargo a estudiar en el deslunado fuera del local de la escuela, pidió permiso al profesor para marchar a aquél punto con unos veinte niños pertenecientes a la clase 3ª de lectura, permiso que en los ocho años de pasante no había solicitado: a esta ocurrencia feliz e inspirada, debiose que este grupo de pequeñuelos quedara salvo en el acto de la desgracia.

El profesor, siguiendo su explicación preguntaba a los niños qué era pronombre, cuando, a las nueve y media y cinco minutos se desprendió con bastante ruido un gran trozo de yeso del cielo raso: el pasante nuevamente receloso se acercó a la puerta, a tiempo que el profesor, bajando de la plataforma, le interrogaba diciendo "que es eso Juan"- "que esto está muy malo, contestó el pasante" – Eso ya lo decía yo, añadió el profesor, como confirmando sin duda con estas palabras que había obrado con acierto al avisar del peligro, y ambos se pusieron a examinar el punto de la ruina: el pasante desde la puerta y el profesor desde el centro de la escuela.

Los niños que formaban círculo en la plataforma, al separarse de ellos el maestro, comenzaron como es propio a hablarse y a dar indicios de que también temían algo, después de tales señales habidas: creciendo el murmullo se oían voces de "tu escóndete ahí, - yo romperé los cristales, - pongámonos bajo la mesa del maestro,- yo me tiro por la ventana" y otras exclamaciones propias en unos del miedo, de la imprevisión en otros, de juego en no pocos (pues no faltaban las risas tampoco) y de ganas de bullicio y movimiento en los demás.

El maestro comprendió cuan inminente era el peligro, por cuanto repentinamente desde el centro de la escuela extendiendo sus brazos, exclamó con voz fuerte "! niños fuera ¡". Más era tarde: como si este mandato hubiera sido la señal del hundimiento, las dos paredes laterales se desplomaron a derecha e izquierda: el techo vino al suelo con horroroso crujido, y el profesor y unos 110 alumnos quedaron envueltos entre escombros y ruinas.

Una idea del diseño del edificio escolar, que coincide con el plano conservado en el Archivo de la Diputación de Valencia, lo recoge el diario La Opinión de Valencia ; constaba de un cuerpo principal de dos pisos, en el que se ubicaba en su planta baja la escuela de niñas y en el piso superior la casa-habitación del maestro y de la maestra. Otro edificio con una sola planta, separado del anterior, comprendía un espacioso salón en el que daban clase los niños. De esta parte del edificio cedieron hacia el exterior las dos paredes laterales, con el consiguiente desplome del techo, que tenía la misma forma que el de las barracas de nuestra huerta.

Bajo la mesa del profesor se hallaron seis niños escondidos y a salvo. Entre los escombros corrían desorientados y aterrorizados otros muchos, entre ellos, un hijo del infortunado profesor.

La ceremonia fúnebre en la iglesia parroquial de San Valero fue seguida por numeroso público en el interior y alrededores del templo, pues además del pueblo de Ruzafa se habían congregado gentes procedentes de la ciudad de Valencia y de las alquerías y barracas de su extensa huerta. Comenzó con una misa a toda orquesta, concluida la cual se dijo otra para los niños más pequeños, con orquesta y órgano.

El libro registro del Cementerio General de Valencia, correspondiente al 3 de enero de 1863, manifiesta el ingreso de 11 cadáveres fallecidos a consecuencia del derrumbe de la cubierta del salón de la escuela de Ruzafa. Aparecen las identificaciones y edades de las víctimas del desgraciado infortunio, el maestro D. Francisco Javier Aguilar Solaz de 47 años de edad y 10 de sus alumnos, llamados: Manuel Borrás March, de 4 años; José Castro Herrero, de 4 años; Manuel Pardo Micó, de 4 años; Antonio Montalbán Castro, de 5 años; Agustín Mareli, de 6 años; Ventura Esperáfico Clavero, de 8 años de edad (hijo de la maestra de niñas de Ruzafa Dña. Buenaventura Clavero Arévalo); Vicente Ferrer Puchades, de 9 años; Pelegrín Gimeno Carbonell, de 9 años; Severino Roca Lladró, de 10 años y José Fillol Cabanes, de 10 años.

En los libros de actas del Ayuntamiento de Ruzafa, correspondientes a esa época se reflejan una serie de acontecimientos relacionados con el accidente, tendentes a mitigar la desgracia:

Esta fatal desgracia ha dejado sumida en la miseria a la familia del maltratado maestro D. Francisco Javier Aguilar, víctima de su deber y del entrañable amor que profesaba a sus discípulos. Veinte y dos años hacía que se hallaba desempeñando el Magisterio en esta población con la mayor honradez y exactitud, pudiendo augurarse que había logrado nivelar la instrucción de este pueblo a la de las grandes poblaciones, a cuyo establecimiento concurrían alumnos de varias comarcas. Por sus virtudes se hizo acreedor del alto concepto que disfrutaba; y merece la mayor consideración su desinterés, pues son escasísimos los ahorros que ha dejado en el trascurso de tantos años.

3 de junio de 1863. [...] Que con el mayor sentimiento se ve en la precisión de ser el conducto para participar oficialmente a este Municipio la terrible catástrofe acaecida en el día de ayer, y consignar una página de luto y de llanto en la historia de este moderno y joven pueblo. Sobre las nueve y media a las diez horas de la mañana, hallándose el maestro de instrucción primaria haciendo la clase con sus discípulos, se vino al suelo repentinamente todo el techo del local, cogiendo bajo de sus ruinas al mismo maestro D. Francisco Javier Aguilar y Solaz y a más de ochenta de aquéllos; y a pesar de la presteza con que acudieron las autoridades, padres, madres y todos los vecinos que había en el pueblo, y de emplear cuantos esfuerzos han sido posibles, tenemos que lamentar la desgraciada muerte del maestro y de diez inocentes discípulos con mas de treinta entre heridos y contusos; sobre cuyo hecho entiende el juzgado de primera instancia del distrito, que con la mayor presteza se constituyó en este pueblo, habiéndose presentado también el Señor Gobernador Civil de la Provincia, Excmo. E Ilmo. Sr. Arzobispo y muchos facultativos de la capital.

Esta fatal desgracia ha dejado sumida en la miseria a la familia del maltratado maestro D. Francisco Javier Aguilar, víctima de su deber y del entrañable amor que profesaba a sus discípulos. Veinte y dos años hacía que se hallaba desempeñando el Magisterio en esta población con la mayor honradez y exactitud, pudiendo augurarse que había logrado nivelar la instrucción de este pueblo a la de las grandes poblaciones, a cuyo establecimiento concurrían alumnos de varias comarcas. Por sus virtudes se hizo acreedor del alto concepto que disfrutaba; y merece la mayor consideración su desinterés, pues son escasísimos los ahorros que ha dejado en el trascurso de tantos años; por lo que por conducto del que tiene el honor de dirigir la palabra, el Señor Alcalde D. Salvador Aleixandre propone a la Municipalidad, que en uso a las facultades que le concede el número trece del Artículo ochenta y uno de la Ley de ocho de Enero de mil ochocientos cuarenta y cinco, se sirva acordar una pensión a la viuda e hijos del desgraciado maestro D. Francisco Javier Aguilar y Solaz. Puesta a discusión por el Señor Presidente la anterior proposición, se acordó por mayoría de votos suscribir la consideración del Municipio, y en su consecuencia se acuerda conceder a la viuda e hijos del citado Maestro Aguilar una pensión anual de dos mil quinientos reales de vellón con cargo al Art. 4º del capítulo 9º del presupuesto con respecto a los que se formen en lo sucesivo, y en el que se halla formado para el año económico 1863-64 con cargo a los que resultan de los servicios consignados y al de imprevistos; y con la condición que esta pensión cesará en el acto en que la citada viuda deje de serlo de D. Francisco Javier Aguilar y cuando sea ordenado de sacerdote el hijo mayor del mismo D. Francisco Javier Aguilar y Martínez. Los regidores D. Gregorio Sorlí y D. Vicente Quilis no se conforman con este acuerdo pidiendo que conste en este acta su disentimiento.

7 de junio de 1863. Se preparó con urgencia un local para acoger la escuela de niños, propiedad de D. José Puchades Martínez por 600 reales anuales de alquiler, aunque lo cedería gratuitamente si el Ayuntamiento se hac cargo de las obras de ensanche precisas (No debía de estar en mejor situación de construcción el edificio de las niñas, ya que la maestra Dña. Ventura Clavero Arévalo, madre de uno de los niños fallecidos en la catástrofe, se dirige al Gobernador Civil el 20 de octubre de ese año, manifestando que desde el 2 de junio aún no se ha habilitado un local para escuela de las 150 alumnas matriculadas).

Se da cuenta de la solicitud del pasante de la escuela pública de niños de este pueblo D. Juan Viana y Esteban, en la cual pide certificación de su conducta y comportamiento en la enseñanza, en especial en lo relativo al cumplimiento de sus deberes en el pasado día dos de junio a consecuencia del hundimiento de la escuela. Se acuerda su expedición en los términos siguientes: D. Juan Viana y Esteban se halla desempeñando desde el año 1855 la plaza de pasante de la escuela de niños del casco de Ruzafa con la mayor exactitud y a satisfacción del malogrado maestro D. Francisco Javier Aguilar, de esta corporación municipal y Junta de Primera Enseñanza, por lo cual y por su honrado comportamiento, intachable conducta observada y por el amor que profesa a los niños se ha granjeado las simpatías de este vecindario, y muy especialmente a consecuencia de la terrible catástrofe acaecida en la mañana del día dos de los corrientes por el hundimiento del edificio de la escuela, en cuyo terrible acto demostró sus humanitarios sentimientos, pues como testigo ocular fue el primero en pedir socorro y en lanzarse al fatal edificio, todavía arruinándose, a prestar sus auxilios a los inocentes sepultados debajo de los escombros, debiéndose al mismo la salvación de veinte niños, que por un acto de secreta inspiración, nunca acostumbrado, sacó al atrio de la escuela a darles lección, los cuales no podían experimentar los efectos de la horrorosa desgracia, por cuyo hecho este Municipio le considera digno de la mayor recompensa, y en prueba de ello le ha encargado la dirección de la escuela interinamente y hasta que por la autoridad competente resuelva lo que proceda.

12 de julio de 1863. Se cuantifican los gastos ocasionados por el derrumbe de la escuela de niños en 217 reales. El techo de la obra antigua en la escuela de niñas se inspeccionó, comprobándose su deterioro al igual que la escuela de niños, comprobándose que su aseguramiento no entraba en la subasta ni en el proyecto, por lo que no debía responsabilizarse al contratista. En esa misma acta se gestiona una dote para cuando tome estado a un hijo del maestro Aguilar, gestionada por el Arzobispo de Valencia ante el director de la Agencia General La Conyugal, solicitando aplique los beneficios del Art. 12 de sus estatutos.

16 de agosto de 1863. Se refleja un oficio del Gobernador Civil de 24 de julio sobre adjudicación de una pensión a la viuda e hijos del maestro Aguilar, quedando la viuda e hijos en la mayor miseria, pues no se le conocen bienes en Valencia ni en Chelva de donde era natural, residiendo en esta población su madre y familia. Quedaba probado que estuvo desempeñando el cargo de maestro de Instrucción Primaria durante más de 22 años, habiendo fallecido en acto de servicio, considerando la honradez y exactitud con que ha desempeñado dicho cargo, pudiendo asegurar que había conseguido nivelar la instrucción del pueblo de Ruzafa con la de las grandes poblaciones y que por sus virtudes se hizo acreedor del alto concepto que disfrutaba. Acuerdan por unanimidad que la viuda e hijos del desgraciado maestro Aguilar, Doña. María Martinez y Don Francisco Javier, Remedio, María de la Soledad y Francisco Aguilar Martínez, merecen la mayor consideración de este Municipio, y en uso de las facultades que les concede el número trece del artículo 81 de la Ley de 8 de Enero de 1945, y según lo dispuesto en los artículos 6 y 7 del mencionado Real decreto de 2 de Mayo de 1858, les conceden una pensión anual de mil ochocientos treinta reales de vellón, que no excede de la tercera parte de los cinco mil quinientos reales de dotación que obtenía el predicho maestro; la cual solamente disfrutarán por término de cinco años a contar desde el día dos de Junio del presente año, en que tuvo lugar la fatal desgracia, si antes no pasa a segundas nupcias la viuda y se ordena de sacerdote el hijo mayor Don Francisco Javier que sigue la carrera eclesiástica; pues en el acto que se consuma uno de los mencionados hechos cesarán de percibir la referida pensión. Y hallándose en ejercicio el presupuesto municipal del año económico actual, se solicitará la correspondiente autorización para poder consignar la predicha pensión en el presupuesto adicional, si tuviese cabida, y si no se propondrá su pago del resultado de las economías, que se calcula serán suficientes para ello; y en los sucesivos presupuestos se consignará en el Art. 4º del cap. 9º.

22 de noviembre de 1863. Se aprueba por el Gobierno Civil la iniciativa del Ayuntamiento de Ruzafa de 16 de agosto sobre reconocimiento de una pensión de 1830 reales a la viuda y huérfanos del maestro Aguilar.

Indagando sobre este trágico suceso, se halló en el Archivo Municipal de Valencia, una copia de la sentencia ejecutoria6 sobre el hundimiento de la escuela de niños de Ruzafa, publicada el 7 de noviembre de 1.867, en la que se condenaba al contratista que construyó el local D. Carlos Lambrandero y Rocher, entre otras disposiciones, a abonar al Ayuntamiento de Ruzafa 1.410 escudos por reparación del daño causado al edificio y 248 escudos por el deterioro en el material de la escuela. En el ámbito penal existe constancia que dicho individuo, en septiembre de 1.865, estaba preso en las Torres de Serranos.

Según manifiesta un descendiente del heroico maestro, se dispone de documentación sobrada para afirmar que estamos ante un caso, si no de corrupción, cuanto menos de negligencia administrativa. Ello era frecuente, porque la legislación educativa de aquellos años trasladaba a los ayuntamientos obligaciones que éstos difícilmente podían desempeñar, no tanto por falta de recursos económicos como de ilustración.

Hay que ubicar esta gesta del maestro Aguilar, acaecida en los inicios de una normativa educativa primordial para la nación, la Ley Moyano (1857), ya que el Ministro de Fomento en esos días era Don Claudio Moyano Samaniego, cuando la Instrucción Pública era un proyecto utópico en la rudimentaria vida civil española del siglo XIX, la primera ley que recopiló y actualizó toda la anterior legislación dispersa en materia de educación. Establecía esta reforma, entre otros preceptos, la obligatoriedad de la primera enseñanza y la gratuidad para quien no pudiera pagarla, con escuelas municipales unitarias, la mayor parte de ellas constituidas por una sola aula, sin el necesario mobiliario, sin apenas ventilación, con un ratio ínfimo de espacio por alumno7, donde se hacinaban en los bancos niños cuyas edades comprendían un abanico entre los 4 y los 14 años.

En el Art. 97 se establecía que las escuelas públicas de primera enseñanza serán mantenidas por los propios pueblos, pero se consignará en el Presupuesto del Estado una dotación de un millón de reales, para auxiliar a los municipios que no puedan costear sus escuelas.

En un informe de 1892, la sociedad altruista "La Agrícola", solicita se dote de escuelas nocturnas al distrito de Ruzafa. La inspección, en su contestación alega: "que existen en Ruzafa un total de 18.757 habitantes, de ellos, 6.635 pertenecen al casco del antiguo pueblo, mas 12.122 dispersos por la huerta y caseríos adyacentes, y que para ellos existen escuelas nocturnas en el edificio de Artesanos, pero que visto el interés de los obreros y agricultores por aprender cuestiones básicas, se solicitará la creación, en diferentes locales, de cuatro escuelas nocturnas de adultos". 8

Sobre el incumplimiento de la escolarización obligatoria, deben de tenerse en consideración dos factores decisivos, las actitudes populares de indiferencia y de rechazo ante la obligatoriedad de la enseñanza, y además las familias dejaban de contar con la ayuda que proporcionaba el trabajo de los menores.

Juan Patiño, inspector de primera enseñanza de Valencia, con motivo de la Fiesta Escolar de 1911, apunta: "falta de interés y de la acción perseverante de las autoridades locales, encargadas del fomento de la instrucción pública. Negligencia de los padres de familia, extraños, la mayoría, a todo estímulo intelectual. Escasas condiciones higiénicas de los locales donde están instaladas las escuelas." 9

El porcentaje de absentismo en las escuelas valencianas en alumnos entre los 6 y los 12 años, en el curso 1907-1908, se cifraba en el 33,70%, permitido en parte, por la falta de cumplimiento de la Ley Moyano, aunque establecía multas a los padres que no escolarizaban a sus hijos 10.

Tanto las ausencias esporádicas, como el abandono de la actividad escolar sin haber finalizado el curso, era motivado frecuentemente por la necesidad de contribuir con su trabajo a la economía familiar.

Estas causas motivan que durante muchos años existieran unas tasas de analfabetismo altas. En el índice nacional, Valencia ocupaba el lugar catorce, con un 72,16 % de personas que no sabían leer ni escribir.

Posteriormente la ciudad de Valencia reconocería la proeza del maestro, dando su nombre a la antigua calle del Cementerio, donde estaba su escuela, denominándola Calle del Maestro Aguilar. Actualmente, en el solar que ocupaba la derruida escuela de Ruzafa se levanta un remodelado edificio educativo, construido en 1913, el CEIP Jaime Balmes, un colegio del siglo XXI, del que seguramente se sentiría orgulloso el mestre de Russafa D. Francisco Javier Aguilar Solaz.

Parte de este artículo formó parte del libro De "La Escuela de Ruzafa" al Balmes: Un Colegio en el tiempo, editado por la Generalitat Valenciana, sobre la historia del Grupo Escolar Balmes, en el cual participé como coautor. Pero quedaba inconcluso dicho trabajo, si esa proeza de un maestro de primeras letras del siglo XIX, en su ciento cincuenta aniversario, no fuera conocida ni recordada por la ciudad de Valencia y especialmente su Ruzafa.

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